Por Jesús Aguilar
No todo crecimiento es progreso.
En una ciudad como la nuestra, la inercia de décadas arrastra a un dilema, sobrevivir apenas administrando un caos o formalizar nuevas condiciones.
San Luis Potosí lleva años expandiéndose. Nuevos fraccionamientos, zonas comerciales, desarrollos verticales, vialidades que intentan alcanzar a la ciudad que se estira. A simple vista, podría parecer una historia de dinamismo.
Pero no lo es del todo.
Porque el crecimiento no ha sido parejo. Ni ordenado. Ni planeado con la profundidad que exige una ciudad que ya rebasa el millón de habitantes en su zona metropolitana.
Ese es el dato de fondo.
San Luis creció… pero no necesariamente se organizó.
Hoy lo vemos en lo cotidiano: tiempos de traslado cada vez más largos, vialidades saturadas en horas pico, colonias que nacen sin servicios completos, presión sobre el agua, sobre la movilidad, sobre la seguridad.
La ciudad se extendió más rápido que su capacidad de sostenerse.
Y eso tiene consecuencias.
Porque cuando una ciudad crece sin planeación, lo que genera no es desarrollo… es desigualdad territorial. Hay zonas bien conectadas, bien iluminadas, bien abastecidas. Y otras donde todo cuesta más: moverse, vivir, acceder a servicios básicos.
Ahí empieza la fractura urbana.
Y esa fractura ya no es sólo técnica.
Es política.
Porque el ciudadano no vive en planes de desarrollo. Vive en su trayecto diario, en su colonia, en su tiempo perdido en el tráfico. Y esa experiencia se convierte en evaluación directa del gobierno.
Por eso este tema ya está en el Radar.
Porque rumbo al próximo proceso electoral, la ciudad —cómo funciona, cómo se mueve, cómo responde— será uno de los principales criterios de voto.
No importa cuánto se anuncie.
Importa cuánto se siente.
Y hoy lo que se siente es una ciudad que avanza… pero con fricción.
Que crece… pero con desorden.
Que se moderniza en partes… pero se rezaga en otras.
El reto no es menor.
Ordenar una ciudad no es construir más.
Es entenderla mejor.
Y eso implica decisiones incómodas: densificar donde se pueda, frenar donde se deba, invertir donde realmente impacta y dejar de simular crecimiento donde sólo hay expansión.
Porque una ciudad mal planeada no colapsa de golpe.
Se desgasta poco a poco.
Hasta que un día… deja de funcionar.
Y cuando eso pasa, ya no hay discurso que alcance.