El Radar por Jesús Aguilar
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A 13 meses de la elección de 2027, San Luis Potosí empezó a entrar en una fase distinta del juego político. Aún no es tiempo de candidaturas formales, ya sabemos quien es la única gallina de los huevos verdióro. Ni siquiera la de los otros nombres, fuera de lo que ya viene representando Galindo desde el principio.
Lo que comenzó esta semana es algo más profundo: la batalla por definir las reglas emocionales, matemáticas y narrativas con las que se competirá por el poder.
Y eso explica por qué, detrás de declaraciones aparentemente técnicas sobre alianzas o candidaturas comunes, lo que realmente estamos viendo es el nacimiento de tres modelos de estado a razón de espejearse en el paí… y de tres formas distintas de entender el futuro político potosino.
Porque mientras unos quieren competir solos para medir fuerzas reales, otros entienden que el nuevo sistema mexicano ya no premia purezas ideológicas sino capacidades de acumulación territorial. Y otros más intentan sobrevivir reconstruyendo bloques que hace apenas unos años parecían inevitables… pero hoy lucen desgastados.
La discusión no es cualquier cosa, apunta a un debate intenso.
Es la antesala de la elección más importante que tendrá San Luis Potosí desde la alternancia de 2021.
El primer viraje lo hizo Movimiento Ciudadano. Marco Gama lanzó una idea que, aunque parece democrática, también es profundamente estratégica: que todos los partidos compitan solos. Nada de coaliciones. Nada de sumas artificiales. Nada de alianzas de supervivencia.
El partido MC no ha crecido en San Luis Potosí, los votos que sí tuvieron en la fiebre por Maynez en las nuevas generaciones pasó de noche por acá y en esa lógica, nos preguntamos a quien le beneficia que no quiera aliarse… pues a los que quieren mantener el poder.
El mensaje tiene lectura múltiple.
Por un lado, MC busca instalarse como el partido “anti sistema de alianzas”, aprovechando el desgaste ciudadano hacia coaliciones que muchas veces terminan siendo contradictorias o pragmáticas. Pero también hay una lectura matemática: un escenario fragmentado favorece a fuerzas medianas que pueden crecer capturando voto huérfano sin quedar atrapadas entre dos grandes bloques.
En otras palabras: MC quiere una elección de identidades.
El PAN, en cambio, parece estar entrando en una fase de reconstrucción doctrinal. Rubén Guajardo y Verónica Rodríguez dejaron ver una tesis que se escucha cada vez más fuerte dentro del panismo nacional: las alianzas con PRI y PRD ayudaron a competir… pero también desdibujaron al partido.
Rubén es el último de los panistas de cepa que sigue vivo en el tablero real y con posición local importante, lo de Verónica ya lo hemos tratado, su lejanía real, falta de resultados e intermitencia en el doble papel que tiene como dirigente estatal panista y Senadora se queda a la mitad del camino.
Ahí hay un diagnóstico importante.
El PAN observa que en muchos estados terminó perdiendo narrativa propia. Que la ciudadanía ya no distinguía qué defendía Acción Nacional y qué defendía la coalición. Y por eso hoy la apuesta parece ser recuperar identidad antes que sumar estructuras.
Pero el problema del PAN es otro: competir solo obliga a tener candidato competitivo, estructura real y narrativa emocional. Y hoy el panismo potosino mantiene un respaldo urbano inusitado… pero todavía no logra demostrar que puede ganar sin alianzas en una elección estatal completa.
Ahí aparece el nombre que nadie termina de soltar ni de asumir del todo: Enrique Galindo.
Porque el alcalde capitalino se convirtió en la paradoja más incómoda del proceso. El PAN lo reconoce como aliado moral y político. Ayer mismo en una entrevista en mi noticiero de MG Radio lanzó la frase, “ mi partido moral es el PAN” y dejó claro que su obligación primaria es cumplir con ellos, esperando evidentemente reciprocidad.
Mientras tanto el Verde observa todo eso con paciencia.
El diputado y líder verde en el Congreso Héctor Serrano dejó ver la verdadera lógica del grupo gobernante: no cerrarse a nada. Ni alianza total. Ni ruptura absoluta. Ni candidatura adelantada. El gallardismo entiende algo que pocos partidos han entendido en México: las alianzas ya no son ideológicas, son territoriales, emocionales y funcionales. Pragmatismo con mano izquierda pues…
Por eso el Verde hoy parece apostar a una estrategia híbrida:
mantener músculo propio mientras deja abierta la posibilidad de negociar desde posición dominante.
Y ahí está probablemente la clave central rumbo a 2027:
el partido que llegue con mayor capacidad de imponer condiciones será quien defina las alianzas… no quien más las necesite.
Morena, mientras tanto, vive su propia contradicción.
Carlos Arreola dejó clara la línea del movimiento: ampliar la alianza, sumar sectores y construir mayoría social más allá del voto duro.
El problema es que Morena en San Luis Potosí todavía enfrenta un dilema estructural:
tiene marca nacional poderosa… pero no termina de consolidar liderazgo estatal hegemónico.
Por eso insiste en coaliciones amplias. Porque entiende que solo con identidad obradorista quizá alcance para competir… pero no necesariamente para gobernar.
Y mientras eso ocurre, lo que queda del PRI parece haber aceptado una realidad brutal: solo no alcanza.
Sara Rocha prácticamente confirmó que el priismo buscará reeditar esquemas opositores aunque el contexto ya no sea el mismo. El tema es que no le queda mucho con quien aliarse, tal vez el PT que quedó huérfano y sin nada de peso pueda buscar algo inédito acá y generar un matimonio disfuncional temporal con tal de mantener el registro.
Pero ahí aparece el gran problema de la oposición mexicana contemporánea:
las alianzas sirven para resistir… pero no necesariamente para enamorar.
Y las elecciones modernas ya no se ganan únicamente con estructuras. Se ganan con emociones, percepción de futuro y sensación de inevitabilidad.
Eso explica por qué esta discusión aparentemente legislativa importa tanto.
Porque el proceso de 2027 probablemente no se definirá primero por candidatos… sino por el modelo de competencia que sobreviva.
¿Elección fragmentada?
¿Dos grandes bloques?
¿Elección a tercios?
¿Coaliciones parciales?
¿Candidaturas ciudadanas?
¿Una mega alianza oficialista?
¿Un outsider?
Todo eso ya empezó.
Y quizá la frase más importante de toda esta discusión no fue dicha explícitamente por nadie… pero flotó en todas las declaraciones:
nadie quiere llegar débil a la mesa de negociación.
Porque en política, las alianzas no se construyen desde el cariño.
Se construyen desde la fuerza.
Y San Luis Potosí acaba de entrar exactamente a esa etapa.