El Radar
Por Jesús Aguilar
X @jesusaguilarslp
Cada 8 de marzo se repite el mismo ritual en México.
Marchas multitudinarias, consignas, debate público, incomodidad en algunos sectores, solidaridad en otros. Y al día siguiente, la misma pregunta vuelve a aparecer en voz baja en muchas conversaciones masculinas:
¿De verdad es tan grave la situación de las mujeres?
La respuesta incómoda es sí. Y no por percepción ideológica, sino por datos.
Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) muestran que 7 de cada 10 mujeres mexicanas han vivido al menos un episodio de violencia a lo largo de su vida. No se trata de casos aislados ni de un fenómeno marginal: es una experiencia mayoritaria.
En San Luis Potosí, el retrato no es muy distinto.
Los datos de la ENDIREH indican que 68.6% de las mujeres potosinas han sufrido algún tipo de violencia, y más del 41% la experimentó en el último año.
Es decir: para millones de mujeres, la violencia no es un evento excepcional. Es un contexto.
La violencia que no vemos
Cuando se habla de violencia contra las mujeres, la conversación pública suele concentrarse en los casos extremos: feminicidios, desapariciones, agresiones brutales.
Pero el problema real empieza mucho antes.
La misma encuesta nacional muestra que 39.9% de las mujeres ha sufrido violencia por parte de su pareja en algún momento de su vida. No necesariamente golpes visibles. Muchas veces es control, humillación, chantaje emocional, aislamiento o violencia económica.
En el trabajo, casi una de cada cinco mujeres ha sufrido discriminación laboral.
En la calle, más de 40% ha vivido violencia sexual, desde acoso hasta agresión.
Es un mapa completo de hostilidad cotidiana.
Y ese mapa explica por qué los feminicidios no aparecen de la nada.
El extremo del horror
México registró más de 700 feminicidios en 2025, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Pero la cifra real podría ser mayor, porque muchas muertes violentas de mujeres siguen clasificándose como homicidios comunes.
Ese detalle técnico es en realidad un problema estructural.
Cuando el sistema no reconoce la violencia de género, también dificulta investigarla.
El feminicidio es la última estación de una cadena que suele empezar con celos normalizados, control emocional, violencia psicológica y agresiones previas que nunca fueron atendidas.
La tragedia silenciosa de las madres buscadoras
Hay otra dimensión que el país apenas empieza a entender.
México supera ya las 130 mil personas desaparecidas.
En esa tragedia, las madres buscadoras se han convertido en el rostro más digno —y al mismo tiempo más doloroso— del fracaso institucional.
Porque cuando el Estado no encuentra a los desaparecidos, son ellas quienes salen a buscarlos.
Cavan con picos, recorren desiertos, revisan fosas clandestinas, levantan registros, presionan fiscalías.
Un informe reciente de Amnistía Internacional reveló que 97% de las mujeres buscadoras ha sufrido algún tipo de agresión durante su labor, desde amenazas hasta ataques directos.
Es decir: en México hay mujeres que no solo perdieron a un hijo o hija.
También arriesgan la vida intentando encontrarlo.
La raíz cultural que casi nadie quiere discutir
Pero hay una pregunta más profunda que rara vez se aborda con honestidad.
¿De dónde viene el machismo que reproduce estas violencias?
La respuesta no es simple.
No nace únicamente de hombres violentos.
Se alimenta de una cultura completa.
Durante décadas, México construyó un modelo familiar donde el hombre debía ser fuerte, proveedor, dominante y emocionalmente distante.
Y muchas veces ese modelo fue transmitido dentro del propio hogar.
No porque las mujeres quisieran perpetuar el machismo, sino porque ellas mismas crecieron dentro de ese sistema cultural.
¿Cuánto debemos DESAPRENDER los hombres para que cambiemos no solo las cifras, sino la semilla que hace germinar el machismo, la misoginia y la ausencia de empatía con todas nuestras mujeres?
El verdadero cambio no va a ocurrir solo en las leyes o en los discursos.
Va a ocurrir el día en que los hombres asumamos que la igualdad no es una concesión que damos…
sino una deuda que todavía estamos pagando.