Por Jesús Aguilar
La más reciente edición de la Feria Nacional del Libro de la UASLP no solo ocurrió: funcionó. Y eso, en el contexto cultural actual —donde convocar, sostener y llenar espacios es cada vez más complejo— no es un dato menor, es una señal.
Porque aquí no estamos hablando de percepciones. Estamos hablando de evidencia.
13,552 personas ingresaron por la puerta principal en diez días. Contador en mano. Sin considerar accesos laterales ni el flujo del Muni. Traducido: la cifra real es mayor.
Pero el punto no es solo cuántos fueron.
Es cómo estuvieron.
El éxito de esta feria no se explica por la inercia, sino por una combinación poco frecuente: curaduría, diversidad y experiencia.
56 casas editoriales, 15 instituciones educativas y 3 librerías no son solo números en un cartel: son un ecosistema. Más de 4 mil sellos editoriales implican algo clave: oferta real, no simulada.
Es decir, quien fue, encontró.
Y eso en el mundo del libro es determinante.
Su arquitecta ha sido la entrañable Patricia Flores Blavier.
Luego viene el otro dato que confirma que no fue una feria de paseo, sino de contenido:
95 eventos en total.
Pero lo relevante está en la respuesta del público.
Las presentaciones comerciales registraron un promedio de 320 asistentes por evento, una cifra que en muchas ciudades del país ya sería considerada excepcional.
Y sin embargo, el verdadero dato disruptivo está en otro segmento.
Las presentaciones infantiles, independientes y de territorios potosinos promediaron 930 asistentes en 29 actividades.
No solo asistieron.
Llenaron.
Por primera vez, ese segmento —históricamente subestimado— se convirtió en el motor de convocatoria.
Ahí está uno de los puntos finos del éxito:
La feria entendió que el futuro del libro no está solo en el lector consolidado, sino en el lector en formación.
4,517 niñas y niños participaron en actividades.
Solo en dos días, 1,840 estudiantes llenaron un teatro.
Esto no es entretenimiento.
Es política cultural bien ejecutada.
El evento también logró equilibrar lo académico, lo comercial y lo emocional.
La ceremonia de entrega de Honoris Causa convocó a 780 personas.
Las charlas con autores como Alejandro Rosas y Benito Taibo reunieron a 285 asistentes.
Y al mismo tiempo, hubo 10 eventos musicales, talleres, espacios de lectura y zonas interactivas.
Es decir, la feria dejó de ser un espacio rígido para convertirse en una experiencia transversal.
Entonces, ¿por qué fue un éxito?
No por la cantidad de stands.
No por la agenda.
Fue un éxito porque logró algo que pocas ferias culturales consiguen:
conectar con distintos públicos al mismo tiempo sin diluir su esencia.
El lector habitual, el niño que apenas descubre los libros, el visitante ocasional, el estudiante, el académico.
Todos encontraron un punto de entrada.
Y eso abre una reflexión de fondo.
En un país donde se repite que “la gente no lee”, lo que esta feria demuestra es otra cosa:
la gente sí lee… cuando hay condiciones para que quiera hacerlo.
La pregunta hacia adelante no es si la Feria Nacional del Libro de la UASLP fue un éxito.
Eso ya está claro.
La pregunta es más exigente:
¿podrá sostener este estándar… o fue un momento excepcional?
Porque en cultura, como en política, lo verdaderamente difícil no es llegar.
Es mantenerse.