La maratónica carrera al 27

El RADAR 

Por Jesús Aguilar

El calendario dice 2027.
La política real del Valle del Tangamanga, no.

San Luis Potosí ya está metido en una elección adelantada. No formal, pero sí real. Y como ocurre en estos escenarios, lo primero que se rompe es la forma tradicional de leer el poder.

Porque quien siga viendo esta elección sólo desde los partidos… ya la está leyendo mal.

Hoy, el dato duro —el que no admite interpretación— obliga a replantear todo:

De acuerdo con registros oficiales del INE, el padrón de militantes en San Luis Potosí muestra una fotografía muy distinta a la narrativa política dominante. Morena encabeza con más de 218 mil afiliados, equivalente a más del 56% de la militancia total en el estado, mientras el PVEM ronda los 145 mil afiliados, cerca del 37.5%

Incluso en cifras más conservadoras, el Verde se mantiene como una de las fuerzas más grandes con alrededor de 99 mil militantes, seguido por Morena con cerca de 37 mil afiliados activos, y muy por detrás PRI, PAN y MC. 

Traducido al lenguaje real:
Morena es hoy la marca política más grande en San Luis Potosí.

El Verde es la estructura más eficaz, eficiente y ordenada y con incidencia electoral más práctica.

Enrique Galindo, sea postulado por quien sea es de facto, ya el candidato opositor a la 4T, único y con posibilidades.

Y sin embargo… nada está escrito, y nadie tiene condiciones tan claras para saber quien jugará sus cartas mejor a 14 meses de la elección.

Ahí es donde empieza la verdadera historia.

Porque cuando la elección baja del logotipo al nombre, aparece una anomalía política: el partido más grande no necesariamente es el mejor posicionado para ganar.

El Verde, sin tener la mayor militancia, tiene algo más valioso en este momento: orden político. Decisión vertical y una apuesta de continuidad con aprobación suficiente.

Ruth González no sólo lidera su bloque interno con claridad; en los escenarios de careo —donde la política deja de ser abstracta— aparece compitiendo al frente o en empate alto.

Y eso conecta con una regla básica de la ciencia electoral.

Como lo plantea Roy Campos:
“la identificación partidista no gana elecciones; las ganan los candidatos que logran apropiarse de esa identificación”.

Hoy, en San Luis, esa apropiación no está en el mismo lugar que el volumen partidista.

Morena tiene más gente.
El Verde tiene, por ahora, más claridad y mucha más potencia efectiva.

Pero hay un tercer elemento que está creciendo fuera del foco principal… y que puede redefinir todo: Enrique Galindo.

Porque mientras Morena y el Verde disputan la narrativa central, Galindo empieza a consolidarse como algo más que un aspirante:
una tercera vía con lógica propia.

No es el más fuerte en militancia.
No es el más fuerte en estructura nacional.
Pero sí es el único que puede articular un voto distinto: el de quienes no se identifican ni con la continuidad verde ni con la subordinación morenista.

Y en un escenario tripartita, ese espacio importa.

Como explica el analista Jorge Buendía:
“cuando hay tres polos competitivos, el voto deja de ser automático y se vuelve estratégico”.

San Luis empieza a entrar exactamente ahí.

Ahora bien, hay otro dato que tampoco puede ignorarse: el punto de partida del gobierno.

Ricardo Gallardo no llega debilitado a la sucesión. Llega con niveles de aprobación funcionales que le permiten algo clave: transferir capital político.

Y eso cambia todo.

Porque no es lo mismo competir desde el desgaste que desde la operación.

Como lo sintetiza el consultor Alejandro Moreno:
“los gobiernos que llegan con aprobación competitiva sí pueden influir en la sucesión; los que no, pierden el control del proceso”.

Hoy, en San Luis, esa influencia existe.

Por eso el Verde ya habla de competir solo.
Por eso la narrativa de continuidad ya está en marcha.
Por eso la elección ya empezó.

Pero aquí viene el punto clave —el que separa análisis de propaganda—:

La militancia no está alineada con la candidatura.

Morena domina el padrón.
El Verde domina, por ahora, la definición.

Y Galindo aparece como el posible punto de ruptura.

Tres realidades distintas conviviendo al mismo tiempo.

Una estructura grande pero dispersa.
Una candidatura clara pero con menor base.
Y una tercera vía que puede capitalizar el desgaste de ambos.

Eso es lo que realmente está pasando en San Luis Potosí.

No una elección de partidos.
No una elección decidida.
No una elección simple.

Sino una elección donde el que entienda primero cómo convertir estructura en voto…
y voto en decisión…

no sólo va a competir mejor.

Va a definir el futuro del estado.

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