LA REFORMA QUE NO FUE. EL PAIS QUE YA COMPITE POR REPRESENTACIÓN…PERO OLVIDÓ SERVIR

LA VERDAD Y EL CAMINO

POR: Aquiles Galán.

La votación de esta semana dejó claro algo que muchos veíamos venir: la política mexicana está más ocupada en repartirse espacios que en resolver problemas. La propuesta de reforma electoral presentada por Claudia Sheinbaum fue rechazada en la Cámara baja. Esa derrota no es solo un episodio legislativo: es una fotografía de las prioridades del poder hoy.

¿Por qué importa esto? Porque una reforma electoral no es un simple ajuste técnico. Cambia reglas, incentivos y, en el fondo, quién tiene más o menos voz. En esta ocasión, la propuesta tocaba puntos sensibles: recorte de gastos, cambios en la representación proporcional y posibles ajustes al entramado institucional que supervisa las elecciones. Eso activó temores y resistencias: aliados que ya no votaron en bloque, partidos pequeños que vieron en la propuesta una amenaza a su representación y oposiciones que denunciaron riesgos para la democracia. El resultado fue una pérdida de mayoría calificada y con ella, lo que algunos ya llaman un “Plan B”.

El efecto inmediato es claro: se rompió la disciplina política dentro del bloque gobernante. Cuando las bancadas de una coalición dejan de actuar como un solo cuerpo, lo que viene es una política más personalista y menos institucional. Se negocia a puerta cerrada, se buscan acuerdos con nombres y no con debates públicos.

Eso no solo erosiona la confianza en las instituciones, también cambia la agenda. Hoy muchos debates se discuten en pasillos y acuerdos privados.

Si lo vemos en términos de causa y efecto: la causa fue una iniciativa que pretendía ajustar el mapa político y el efecto inmediato fue la fractura de lealtades y la reorientación de la política hacia la conservación del poder.

El efecto más peligroso sera lento: cuando se normaliza gobernar pensando en cuántos votos se tienen y no en cuántas vidas se mejoran, la calidad del servicio público baja y el desencanto ciudadano aumenta.

Lo que ya se discute en San Luis Potosí

En lo local, la reacción no se hizo esperar. Los diputados federales potosinos tuvieron votaciones que hoy se miran con lupa, algunos votaron a favor, otros en contra, pero lo relevante es que el debate nacional abrió grietas que se ven reflejadas en las relaciones locales.

En San Luis Potosí los hilos del poder ya se están jalando con vista en 2027. Alcaldes, líderes estatales y figuras emergentes hacen apariciones públicas, entrevistas y actos que, a simple vista, parecen gestión en los hechos, son simulaciones electorales. Morena, PAN, PRI y Verde afinan estructuras, perfilan cuadros y calibran posibles alianzas.

Encuestas tempranas y estudios de preferencia marcan nombres y generan presión dentro de los partidos para acomodar candidaturas. Eso se traduce en precampañas en tiempo no electoral: fotos, declaraciones y reuniones que funcionan como ensayo general de una campaña.

¿Qué implica esto para la vida cotidiana de la gente en SLP? Primero: la agenda pública puede perder prioridad frente a la construcción de imagen. Temas reales como el abasto de agua, la seguridad y los servicios municipales pasan a un segundo plano cuando la moneda política es la visibilidad del nombre.

 Segundo: la fragmentación interna en los partidos dificulta que haya proyectos sólidos. Cuando los liderazgos compiten entre sí, las decisiones son parches y las políticas cortoplacistas.

Y tercero: la ciudadanía asiste a un espectáculo donde las promesas abundan, pero la rendición de cuentas escasea.

Crisis de identidad partidaria. Que se percibe

En todos los partidos hay síntomas parecidos: disputas internas, rupturas entre generaciones, resistencia a acuerdos y una elevación de la figura personal sobre el proyecto colectivo. Eso se expresa en dos maneras concretas:

  1. Incapacidad de unificar: los liderazgos locales y estatales muchas veces no logran ponerse de acuerdo. Las lealtades están fragmentadas y las decisiones se acercan más a quemas de liderazgo que a deliberaciones.
  2. Mercantilización del cargo: el cargo se convierte en marca personal. Se vende un perfil, no una propuesta real. Con eso, la política se transforma en consumo y la ciudadanía en público.

El peligro es obvio: partidos sin relato ni diagnóstico claro ofrecen respuestas débiles ante problemas fuertes. La política se reduce a suma de expectativas personales y negociación táctica.

Un llamado a los jóvenes: esto se cambia desde adentro y desde la calle

Como joven no quiero, ni voy a endulzar la realidad. El panorama es complejo, pero la política también es una herramienta que podemos tomar si dejamos de verla como espectáculo.

Nuestra participación. La de las y los jóvenes en la vida pública hoy no es solo importante, es necesaria. No únicamente para responder a los problemas sociales que existen, sino también para defender sus propias aspiraciones y el futuro que desean construir. Cuando la juventud se involucra, cuestiona, propone y participa en su comunidad, envía un mensaje claro: una nueva generación está lista para asumir responsabilidades y liderar el cambio. Porque el verdadero liderazgo juvenil no nace solo de señalar lo que está mal, sino de dar un paso al frente y demostrar que también se puede ser parte de la solución.

La reforma que no pasó y las precampañas que ya arrancaron nos muestran un país donde el reparto de posiciones compite con el servicio público. Eso no es un accidente, es una elección política. Podemos dejar que esa elección se convierta en norma o podemos incomodar el tablero con acciones concretas.

No se necesita un cargo para cambiar una realidad. Exigir, proponer y organizarse son formas de poder. No te resignes a ver cómo otros juegan a la política, conviértete en la razón por la que la política vuelva a ser servicio. Porque, al final, gobernar es mejorar vidas. Si no lo estás viendo, haz que lo vean.

Bonito día…

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