La triple moral de Aispuro

El Radar

Por Jesús Aguilar

Hay salidas que retratan más que toda una carrera.
La de Pablo Sergio Aispuro Cárdenas es una de ellas.

Después de 19 años incrustado en el aparato electoral, el hombre que se presenta como “experto” en derecho electoral, conferencista habitual sobre imparcialidad, legalidad y ética pública, decidió despedirse exhibiendo justo lo contrario de lo que predica: el uso político de una institución que debería ser neutral hasta la obsesión.

No fue una foto casual. No fue un café privado.
Fue una reunión difundida desde las redes oficiales del INE en San Luis Potosí con “aliados estratégicos”, entre ellos Ricardo Gallardo Juárez y Fabián Espinosa Díaz de León, publicada y luego eliminada sin explicación pública, en plena antesala de su salida del cargo. Eso no es un error administrativo: es una señal política.

Ahí se rompe todo.

Aispuro no es un improvisado. No es un novato. Es alguien que ha vivido dos décadas dentro del sistema electoral mexicano (al menos en San Luis) y mucho más en la república; un tipo que sabe perfectamente que el primer mandamiento del INE es no parecer cercano a nadie. Ni a gobiernos, ni a partidos, ni a grupos de poder. Sin embargo, ahí estaba, posando cómodo con operadores políticos y luego borrando la evidencia como si la credibilidad institucional fuera una historia que se puede editar.

El problema no es Gallardo padre por sí mismo, sino lo que su presencia simboliza: un actor central del grupo político en el poder sentado, con naturalidad, junto al todavía jefe del árbitro electoral local. El mensaje no es jurídico, es simbólico: cercanía, interlocución, normalización del vínculo entre árbitro y jugador.

La posición que hoy ostenta Gallardo padre cruzó por la jurisdicción del INE, su partido fue quien más escaños ganó…

Sin embargo esto parece pecatta minuta, pues, el mayor deterioro de esta escena no es para Aispuro: es para Fabián Espinosa Díaz de León.

Espinosa, que hoy se vende como ciudadano ejemplar desde el Comité de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción, mantiene litigios activos, intereses económicos en disputa y una conducta pública marcada por la judicialización de conflictos, escándalos y señalamientos mediáticos amenazantes sin consecuencia y la politización de derrotas. Un perfil que, en cualquier sistema serio de integridad pública, sería considerado incompatible con la función que presume ejercer.

Su presencia en esa fotografía no lo eleva: lo desnuda.
Lo confirma como lo que siempre ha sido: un operador que se recicla, un migajero de la política que muta de discurso según convenga, un remedo de garante de la transparencia con agenda propia y conflicto de interés permanente.

Aispuro se va, y deja de forma tristísima una trayectoria que debía merecer más. Tenía la posibilidad de cerrar como técnico respetable. Eligió cerrar como actor político. Eligió la foto, eligió la señal, eligió el guiño. Eligio el cinismo de algo que nadie podrá saber si sucedió siempre, solo que ahora sí se publicó. Terrible.

Y con ello, se lleva algo más grave que su reputación personal: la evidencia de que incluso quienes hablan el lenguaje de la legalidad pueden terminar practicando la lógica de la simulación.

Cuando la ética no se acredita, se simula

Como ha advertido Mauricio Merino, uno de los principales especialistas en rendición de cuentas en México, la legitimidad de los órganos ciudadanos no proviene del cargo, sino de la conducta previa y de la independencia real frente al poder político y económico. Cuando esa independencia no existe, lo que se construye no es participación ciudadana: es simulación institucional.

Y como lo ha señalado María Marván Laborde, ex consejera del IFE, la credibilidad de los órganos autónomos depende de que quienes los integran no tengan incentivos personales ni agendas paralelas que interfieran con su función pública. Cuando eso ocurre, la institución puede seguir siendo legal, pero deja de ser moralmente legítima.

Eso es exactamente lo que hoy representan Aispuro y Espinosa:
dos trayectorias que terminaron pareciéndose demasiado a aquello que decían vigilar.

No es una crisis personal.
Es una postal de época: instituciones capturadas por discursos, cargos ocupados por simuladores y la ética pública convertida en utilería.

Y cuando eso pasa, ya no estamos ante fallas individuales.
Estamos ante la degradación estructural de la idea misma de ciudadanía.

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