LÁGRIMAS

Siempre he sido muy llorona. Lloro de alegría, de melancolía, de tristeza… de todo. Confieso que lloro cuando leo, cuando veo una escena que parece no tener nada que ver conmigo, cuando aparecen en la pantalla los típicos comerciales de Navidad o del Día de la Madre. Pero un día… dejé de llorar.

Hace seis años viví un evento traumático muy significativo. Busqué apoyo emocional para poder sobrellevarlo y seguir adelante. Algo ocurrió en mí, en mis emociones y en mis sentimientos, que me secó por dentro: dejé de llorar. Me sentía como “seca”, como si nada lograra atravesar ese caparazón que me cubría. Ni una sola lágrima brotó hasta después de tres años, gracias a mucho trabajo emocional, físico y, sobre todo, al amor de mis cercanos.

Cuento esto porque sé que hay personas a quienes les pasa lo contrario: después de un evento negativo no pueden dejar de llorar. Entonces, ¿qué pasa con las lágrimas? ¿Qué son? ¿Cómo funcionan?

No siempre podemos llorar. A veces, aunque el corazón esté desbordado, los ojos permanecen secos. Y esa ausencia de lágrimas suele ser más dolorosa que el llanto mismo.

Perder la capacidad de llorar no significa que no sintamos. Muchas veces es consecuencia de haber contenido demasiado, durante demasiado tiempo. Es como si el cuerpo, en un intento de protegernos, cerrara la llave del desahogo.

La ciencia lo confirma: el exceso de estrés crónico puede alterar los mecanismos neuroquímicos que regulan el llanto. La depresión también puede secar los ojos, porque adormece la emoción y deja a la persona atrapada en un vacío sin risas ni lágrimas.

Y, sin embargo, las lágrimas siempre esperan. No desaparecen: se esconden. Muchas veces basta con darnos un respiro, para que vuelvan a fluir. Recuperar el llanto es, en cierto sentido, recuperar el permiso de sentir sin defensas.

Las lágrimas son una puerta de escape. Aunque solemos verlas como un signo de debilidad, la ciencia nos recuerda que llorar es, en realidad, es un acto profundamente humano y sanador.

Existen tres tipos de lágrimas:

  1. Basales, invisibles, que cuidan nuestros ojos a diario, manteniéndolos húmedos y protegidos.
  2. Reflejas, que aparecen cuando algo externo nos irrita.
  3. Emocionales, esas que brotan del corazón cuando algo nos desborda. Son las más necesarias.

Diversos estudios han demostrado que estas lágrimas emocionales no son solo agua salada: contienen hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol. Al derramarlas, el cuerpo libera parte de esa tensión acumulada, como si en cada gota escapara un poco de lo que nos pesa. Después de llorar, solemos sentirnos más tranquilos, livianos, incluso renovados. Esto ocurre porque el llanto activa el sistema nervioso parasimpático, encargado de devolvernos al equilibrio.

Pero llorar no solo limpia por dentro: también nos conecta con los demás. Desde que nacemos, las lágrimas son lenguaje. El primer llanto de un bebé es un llamado de auxilio y de amor.

Por eso, lejos de ser debilidad, las lágrimas son fortaleza. Nos permiten soltar, equilibrar y sanar. Son testigos de que la emoción nos atraviesa y de que seguimos siendo capaces de sentir en profundidad.

Así que… a llorar, y a dejar llorar. Derramar lágrimas es estar en el aquí y el ahora. Hoy, cada vez que siento esa humedad recorriendo mi cara, recuerdo que estoy viva. Y eso me hace feliz.

Nos leemos en redes.

MarianelaVillanuevaPonce
IG: @marianelavipo | X: @mnelav | FB: Marianela Villanueva

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