Más allá del derrame: la opacidad como política pública

LA VERDAD Y EL CAMINO

POR: Aquiles Galán.

Hay silencios que contaminan tanto como el petróleo. Y a veces, incluso más.

Lo digo porque frente a un derrame como el de Pemex no solo está el daño ambiental, que ya de por sí es gravísimo. Está también algo más incómodo: la manera en que se administra la verdad cuando el poder se siente acorralado. Primero se minimiza. Luego se confunde. Después se guarda silencio. Y cuando ya no queda de otra, se reconoce lo evidente, pero tarde, con el ecosistema herido, con las comunidades golpeadas y con la confianza pública hecha pedazos.

Eso es lo que más pesa de este caso. No únicamente el derrame. También la forma en que se intentó achicar su dimensión. Como si la palabra “aislado” pudiera borrar el olor del combustible, la mancha en el agua, el daño en la costa o el golpe directo a quienes viven de pescar, de vender, de trabajar alrededor del mar. Como si una narrativa oficial pudiera cambiar la realidad.

La cronología importa porque ahí está la verdad completa. El problema no aparece cuando ya hay imágenes circulando o cuando la presión pública obliga a reaccionar. El problema empieza antes, cuando se detecta una falla y aun así la respuesta no es clara, no es inmediata y no es transparente. Ahí es donde un accidente se convierte en crisis. Ahí es donde un hecho técnico se transforma en una herida política.

Y esa herida tiene responsables.

Porque si hubo retraso en admitir lo ocurrido, si hubo versiones contradictorias, si hubo una intención evidente de controlar el relato antes que contener el daño, entonces no estamos solo ante un error operativo. Estamos ante una forma de gobernar desde la opacidad. Y eso, en un país como México, ya no es un detalle menor. Es parte del problema de fondo.

Vivimos en un país donde demasiadas veces se nos pide creer antes que preguntar. Donde se exige paciencia mientras la realidad se descompone. Donde se habla de transformación, de justicia, de cercanía con el pueblo, pero en los hechos siguen apareciendo las mismas viejas prácticas: ocultar, retrasar, maquillar, culpar a otros, mover la conversación hacia otro lado.

Y mientras arriba se disputa la narrativa, abajo se paga el costo real.                                                                                        Lo pagan los ecosistemas marinos. Lo paga el suelo marino. Lo pagan las especies que no salen en conferencia de prensa. Lo pagan las familias que dependen de un mar que ya no está limpio. Lo pagan las economías locales, que no viven de discursos sino de lo que pueden pescar, vender y sostener con su trabajo diario.

Por eso este derrame no debería leerse solo como un desastre ambiental provocado por intervención humana. Debería leerse también como una radiografía del país que tolera la opacidad, del gobierno que administra el daño con cálculo político y de una sociedad a la que muchas veces se le habla como si no pudiera entender la verdad completa.

Y sí, México tiene muchos síntomas de inestabilidad social: violencia, corrupción, cinismo, simulación, servidores públicos que aparecen más en la foto que en la solución. Pero justamente por eso estos casos importan. Porque nos recuerdan que el problema no es únicamente lo que ocurre. También es lo que se decide callar.

A mi juicio, lo más grave no es que haya ocurrido un derrame. Lo más grave es que se haya querido volver pequeño.

Porque cuando el poder miente por omisión, el daño no solo se extiende en el agua. También se extiende en la conciencia pública. Y entonces lo que se rompe ya no es solo un ecosistema: se rompe la confianza.

Y un país sin confianza, tarde o temprano, empieza a hundirse por dentro.                              Bonito día…

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp