Aunque muchas veces se piensa en la leche materna únicamente como alimento, la ciencia ha demostrado que es mucho más que eso. Con el paso de los años, los estudios han revelado que no se trata solo de proteínas, grasas y azúcares para el crecimiento, sino de un fluido complejo que cumple funciones de defensa y regulación en el organismo del recién nacido.
La evidencia científica ha relacionado la lactancia con una menor probabilidad de infecciones respiratorias y gastrointestinales, así como con menos riesgo de obesidad y diabetes en etapas posteriores. Esta protección no depende únicamente de las calorías, sino de compuestos inmunológicos y prebióticos que actúan desde los primeros días de vida. Vista de esta forma, la leche materna funciona como un sistema de protección biológica que ayuda al bebé no solo a desarrollarse, sino a resistir enfermedades.
Uno de los aspectos que más llama la atención es que la leche humana es un fluido dinámico. No mantiene la misma composición todo el tiempo, sino que cambia conforme pasan los días, según la edad del bebé e incluso dependiendo de su estado de salud. Cerca del 88% es agua, pero el resto está formado por sustancias bioactivas que cumplen tareas específicas dentro del cuerpo infantil.
Cuando un recién nacido llega al mundo, su sistema inmunológico aún está en desarrollo y no cuenta con experiencia para enfrentar virus, bacterias o alérgenos. En ese contexto, la leche materna actúa como una primera barrera de defensa. Contiene inmunoglobulina secretora A, un anticuerpo que recubre las mucosas del bebé, como las vías respiratorias y el intestino, y ayuda a bloquear la entrada de patógenos.
También existen proteínas que van más allá de nutrir. Algunas, como la lactoferrina, tienen propiedades antimicrobianas. Otras facilitan la absorción de minerales y participan en la regulación del sistema inmune. Incluso hay componentes menos conocidos, como el alfa-aminonitrógeno, asociado a aminoácidos libres que se absorben con mayor rapidez y pueden contribuir a la protección frente a infecciones y alergias.
Otro hallazgo importante tiene que ver con los oligosacáridos de la leche humana. Aunque son azúcares, el bebé no los digiere directamente. Su función principal es alimentar a las bacterias benéficas del intestino, favoreciendo la formación de una microbiota saludable. Este ecosistema temprano se relaciona más adelante con una mejor respuesta inmunológica y menor riesgo de diversas enfermedades.
Especialistas describen la leche materna como un tejido biológico líquido con una composición única. Cristina Chuck Hernández, investigadora del Tecnológico de Monterrey, ha señalado que cada gota contiene una combinación de nutrientes y moléculas que trabajan de manera coordinada para proteger al bebé. En sus palabras, se trata de un fluido mucho más complejo de lo que tradicionalmente se pensaba.
A pesar de su relevancia para la salud pública, la leche materna sigue siendo menos estudiada que otros productos alimentarios. De acuerdo con la investigadora, el número de artículos científicos dedicados a este tema es considerablemente menor en comparación con alimentos comerciales. Esto abre la puerta a nuevas investigaciones sobre un elemento clave en las primeras etapas de la vida.
Lejos de ser solo una fuente de energía, la leche materna es un sistema vivo que combina nutrición y defensa. Sus componentes “invisibles” no solo ayudan al crecimiento, sino que construyen una base inmunológica que puede influir en la salud a largo plazo.