Más que una enfermedad infantil: los riesgos a largo plazo del sarampión

El sarampión no siempre termina cuando desaparece la fiebre y las manchas en la piel. Aunque muchas personas lo consideran una enfermedad común de la infancia, este virus puede dejar daños que aparecen años más tarde e incluso poner en riesgo la vida. Algunas complicaciones surgen tiempo después del contagio, cuando aparentemente todo ya había pasado.

Una de las consecuencias más graves es la panencefalitis esclerosante subaguda, un padecimiento neurológico que puede desarrollarse entre siete y diez años después de haber tenido sarampión. Esta enfermedad provoca deterioro mental progresivo, movimientos involuntarios y, finalmente, la muerte. También pueden presentarse problemas respiratorios crónicos, como bronquiectasias, que dañan de forma permanente los bronquios y generan tos constante con flemas e incluso sangre. En casos severos, el daño pulmonar obliga al uso permanente de oxígeno y afecta el funcionamiento del corazón.

El virus puede permanecer en el organismo o dejar lesiones estructurales que se manifiestan en la juventud o adultez. Por eso, quienes padecieron sarampión en los primeros meses de vida tienen mayor riesgo de sufrir complicaciones a largo plazo.

Durante la infancia, especialmente en menores de cinco años, el sarampión puede causar efectos inmediatos que marcan el desarrollo físico. Uno de ellos es la llamada “amnesia inmunológica”, que ocurre cuando el virus debilita el sistema de defensas y borra parte de la memoria inmunológica, dejando a los niños vulnerables a otras infecciones durante varios años. También puede provocar neumonía grave, considerada una de las principales causas de muerte asociadas a esta enfermedad.

Entre otras secuelas que pueden comenzar desde la niñez se encuentran la encefalitis, que es una inflamación del cerebro que puede causar convulsiones y discapacidad intelectual permanente. Además, las infecciones de oído pueden derivar en sordera irreversible y, cuando se combina con deficiencia de vitamina A, el virus puede causar lesiones en los ojos que llevan a la ceguera.

El sarampión afecta principalmente al sistema inmunológico, al cerebro y a los pulmones. Ataca las células encargadas de las defensas, inflama el tejido cerebral y daña las vías respiratorias. También puede afectar ojos y oídos, comprometiendo la vista y la audición.

La forma más efectiva de prevenir estas complicaciones es la vacunación. Aplicar las dosis correspondientes en la infancia ayuda a evitar el contagio y reduce de manera significativa el riesgo de secuelas graves. Existen esquemas que incluyen una dosis preventiva en bebés de seis a once meses en zonas con brotes, una primera aplicación al cumplir un año y un refuerzo meses después para asegurar protección duradera. También se recomienda que adolescentes y adultos que no completaron su esquema se vacunen.

Mantener la vacunación al día es clave, ya que algunas complicaciones del sarampión pueden ser mortales una vez que se presentan los síntomas neurológicos. Por ello, la prevención sigue siendo la herramienta más importante para proteger la salud a corto y largo plazo.

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp