Morena: la incógnita que puede cambiar la elección

El Radar por 

Jesús Aguilar X @jesusaguilarslp

Hay silencios que dicen más que los discursos. Y hoy, en San Luis Potosí, hay uno particularmente revelador: el silencio incómodo que rodea a Morena. No porque no exista, sino porque no termina de acomodarse en la narrativa dominante. Una narrativa que, con demasiada prisa, empieza a repartir el 2027 como si ya fuera historia escrita.

Ahí está el primer error.

Porque Morena, en San Luis, no es una certeza… pero tampoco es una anécdota. Es otra cosa: una incógnita poderosa, de esas que en política no se pueden ignorar sin pagar costo.

Los datos duros obligan a detenerse. Morena es el partido con mayor padrón de militantes en México, con más de 2.3 millones validados por el INE. En San Luis Potosí, su base formal ronda los 37 mil afiliados. No es una maquinaria arrolladora, pero tampoco es un cascarón vacío. Es una estructura real, con piso territorial y, sobre todo, con una marca que ya probó que puede competir.

Y aquí viene el dato que incomoda a más de uno: Morena no está fuera de la pelea en San Luis Potosí. Está dentro. Y en varias mediciones, incluso arriba.

Las encuestas —con sus matices, sus metodologías y sus intereses— coinciden en algo: Morena aparece sistemáticamente en el bloque puntero rumbo a 2027. Hay estudios donde encabeza con márgenes claros y otros donde el escenario se cierra hasta rozar el empate técnico con el Partido Verde.

Pero el punto no es quién va primero hoy. El punto es que no hay margen para dar por muerto a Morena.

Y eso, en política, lo cambia todo.

Ahora bien, si uno baja un nivel más profundo en el análisis, aparece un dato todavía más interesante: Morena en San Luis tiene marca… pero no tiene todavía un rostro dominante.

Y en esa aparente debilidad, hay una oportunidad.

Porque mientras otros proyectos parecen depender de equilibrios internos, estructuras consolidadas o decisiones ya tomadas, en Morena el tablero sigue abierto. Y en ese tablero, en los hechos, hay una figura que avanza con claridad: Rita Ozalia Rodríguez.

No necesariamente por arrastre electoral consolidado —eso aún está por verse—, sino por una razón más simple y más poderosa: no tiene competencia interna real estructurada.

En términos prácticos, hoy Morena en San Luis camina hacia un escenario donde su dirigente estatal se perfila sola en la ruta de la candidatura. No porque haya una designación formal, sino porque no hay otro liderazgo que haya logrado construir viabilidad política equivalente dentro del partido.

Y aquí entra un factor que muchos están subestimando.

Cada vez que aparece un actor que intenta “agitar las aguas” dentro del morenismo local, en realidad no necesariamente fortalece el escenario interno. A veces ocurre lo contrario: lo fragmenta, lo expone… o lo contamina.

El caso más evidente es el de Gerardo Sánchez Zumaya.

Su activismo político —ruidoso, disruptivo, mediáticamente visible— podría parecer, en la superficie, un intento por posicionarse. Pero en el fondo abre una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia realmente ese ruido?

Porque mientras más se tensan las aguas, más inevitable se vuelve la auscultación pública. Y en política mexicana, hay una regla no escrita pero siempre vigente: todo liderazgo que crece bajo ruido también crece bajo escrutinio.

Y ese escrutinio no siempre es amable.

En distintos espacios periodísticos y conversaciones políticas ya circulan cuestionamientos sobre el origen y crecimiento de ciertas fortunas, así como posibles vínculos con prácticas altamente sensibles como el huachicol, además de cercanías políticas que, en el contexto actual, pueden convertirse en pasivos más que en activos.

No se trata de sentencias —que corresponderían a otras instancias—, sino de percepción pública. Y en política, la percepción pesa tanto como la realidad.

Por eso, paradójicamente, el exceso de movimiento puede terminar debilitando más que fortaleciendo. Porque al final del día, lo que define candidaturas no es quién grita más fuerte, sino quién llega con menor carga de vulnerabilidad.

Y en ese escenario, la ruta de Morena parece más clara de lo que muchos quieren admitir.

Pero hay un factor todavía más determinante: el contexto nacional.

Claudia Sheinbaum mantiene niveles de aprobación cercanos al 70%. No es un dato menor. Es, de hecho, uno de los activos políticos más importantes del país en este momento.

Y San Luis Potosí no es ajeno a ese fenómeno. Las mediciones muestran que la presidenta tiene una evaluación particularmente sólida en la región noreste, donde incluso ha crecido su respaldo.

Eso, traducido al lenguaje electoral, tiene nombre y apellido: arrastre.

El mismo que ya generó inquietud incluso entre aliados de Morena en el debate nacional. El mismo que podría inclinar balanzas en elecciones concurrentes. El mismo que convierte a Morena, otra vez, en un jugador de alto impacto.

Aquí es donde el análisis se vuelve más fino.

San Luis Potosí no es hoy un territorio de dominio único. Es un campo de fuerzas:
— Un Partido Verde con estructura, gobierno y presencia territorial.
— Una oposición que busca reconfigurarse y encontrar viabilidad.
— Y un Morena que, aun sin candidato definido, tiene marca, base y respaldo presidencial.

Ese triángulo es, en sí mismo, la elección.

Por eso, el mayor riesgo estratégico no es perder contra Morena. Es subestimarlo.

Porque la historia electoral mexicana está llena de derrotas que empezaron así: con la certeza anticipada de que el adversario no alcanzaba.

Hoy, Morena en San Luis no es todavía una candidatura. No es todavía una estructura perfecta. No es todavía una certeza de triunfo.

Pero sí es algo mucho más peligroso:

una posibilidad real.

Y en política, cuando una posibilidad se cruza con una marca fuerte, con un liderazgo presidencial bien evaluado y con un escenario abierto de candidaturas… deja de ser posibilidad.

Empieza a convertirse en amenaza.

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