POPOL VUH 286

Por Mario Candia

31/12/25

REFLEXIÓN El cierre de un año no es solo una fecha en el calendario: es una pausa obligada. Un punto y aparte. Un momento incómodo pero necesario para revisar qué hicimos, cómo hablamos, a quién herimos y a quién dejamos de escuchar. 2025 fue, como tantos otros, un año áspero, polarizado, lleno de ruido y de certezas gritadas. Tal vez por eso, el mayor acto de rebeldía para iniciar 2026 sea algo tan sencillo —y tan difícil— como resetear la actitud.

CRÍTICA La crítica seguirá siendo indispensable. Sin ella, el poder se pudre y la sociedad se adormece. Pero la crítica sin propósito, sin horizonte, sin una mínima vocación de construcción, termina siendo solo otro combustible para el incendio. Criticar no es destruir por deporte; es señalar para corregir, incomodar para mejorar, disentir sin deshumanizar. Esa distinción parece haberse perdido, y recuperarla debería ser uno de nuestros primeros acuerdos colectivos.

UNIDAD También hemos normalizado la fractura: vivir en bandos, pensar en trincheras, escuchar solo a quien confirma nuestras creencias. El país, el estado, la ciudad —incluso las familias— no se sostienen así. La unidad no implica unanimidad; implica la capacidad de convivir con el desacuerdo sin convertirlo en guerra. No se trata de pensar igual, sino de reconocernos como parte del mismo tejido social.

BUENAS INTENCIONES En ese ánimo, propongo un decálogo mínimo de buenas intenciones para comenzar 2026 con otra disposición:

Primero: ejercer la crítica con responsabilidad, entendiendo que las palabras también tienen consecuencias.
Segundo: practicar la tolerancia como disciplina diaria, no como consigna de ocasión.
Tercero: escuchar antes de reaccionar; entender antes de juzgar.
Cuarto: ahorrar —dinero, sí— pero también energía emocional y rabia innecesaria.
Quinto: cultivar la paciencia en un mundo que nos empuja a la inmediatez y al linchamiento.
Sexto: respetar al prójimo incluso cuando pensemos que está equivocado.
Séptimo: desconfiar del dogma, venga de donde venga.
Octavo: asumir la autocrítica como una forma de higiene intelectual.
Noveno: defender la verdad sin fanatismo, con datos y con contexto.
Décimo: recordar que ninguna causa justifica la deshumanización del otro.

2026 No es un programa político ni una receta moral. Es apenas un recordatorio de lo básico. De aquello que suele extraviarse cuando el ruido es más rentable que la reflexión. Si 2026 nos encuentra un poco más serenos, un poco más atentos y un poco menos furiosos, quizá habremos avanzado más que con cualquier discurso grandilocuente. A mis lectores: gracias por estar, por disentir, por incomodar y por pensar. Que el próximo año nos encuentre críticos, sí, pero también unidos en lo esencial. Porque sin eso, no hay columna, ni ciudad, ni país que se sostenga.

Hasta el próximo año.

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp