Por Mario Candia
AÑO NUEVO Arranca 2026 y Venezuela vuelve a ser el espejo roto donde cada quien se mira y se excusa. El 3 de enero, Donald Trump anunció una operación militar en Caracas que terminó con la captura y traslado de Nicolás Maduro a Estados Unidos, bajo cargos de narcotráfico. Trump habló, sin rodeos, de “administrar” Venezuela mientras se construye una transición. Un libreto viejo con utilería nueva: fuerza especial, relato moral y, al fondo, el olor persistente del petróleo.
CRONOLOGÍA Conviene una cronología mínima, para no perdernos en la espuma ideológica. Desde diciembre de 2025, Washington había endurecido la presión sobre el régimen chavista, cerrando rutas financieras y petroleras. Entre el 31 de diciembre y el 1 de enero se ejecutó la fase decisiva del operativo. El 3 de enero se confirmó la detención de Maduro y se abrió una etapa de tensión regional, con gobiernos celebrando la caída del autócrata y otros denunciando un acto de “imperialismo”.
MÉXICO En México, el episodio tuvo tres actos y un protagonista que vuelve del silencio solo cuando le conviene. Andrés Manuel López Obrador reapareció en su cuenta de X para condenar la ofensiva estadounidense, calificar la detención como “secuestro” y advertir a Trump que no escuchara a los “halcones”. El ex presidente decidió hablar de soberanía venezolana mientras el país seguía esperando —todavía espera— un pronunciamiento suyo sobre el descarrilamiento del Tren Interoceánico, obra insignia de su sexenio, asesorada orgullosamente por su hijo Gonzalo López Beltrán, tragedia que dejó 14 personas muertas y más de un centenar de lesionados. La congruencia, otra vez, fue atropellada por la vía férrea del silencio.
PROTESTAS El segundo acto fue la movilización automática de Morena y sus matraqueros. Primero frente a la Embajada de Estados Unidos; después, el rebote simbólico frente a la Embajada de Venezuela. Un centenar de manifestantes, ninguno venezolano, desató consignas, empujones y pintas. No era solidaridad: era utilería política. En paralelo, las redes sociales se llenaron de defensores de la revolución desde la comodidad del café, la bohemia y la trasnoche, resurrectores del romanticismo de izquierda y del resentimiento antiyanqui, guerrilleros de teclado que confunden likes con épica.
PETRÓLEO Pero hay una arista que el discurso oficial omite deliberadamente: el petróleo venezolano. Durante décadas, el régimen chavista utilizó el crudo como moneda de cambio geopolítica, sin transparencia ni rendición de cuentas. Con petróleo compró el respaldo de China y Rusia, financió su supervivencia diplomática y se erigió en padrino de fuerzas de izquierda en todo el mundo. Pagó la deuda pública de Argentina en tiempos de Néstor Kirchner, regaló petróleo a Cuba y Nicaragua, lubricó proyectos políticos en España y extendió su influencia en México. Todo, sin que el pueblo venezolano supiera con claridad cuánto entraba, a dónde iba y quién se beneficiaba.
TRANSPARENCIA Decir que Trump quiere el petróleo es, en el fondo, cambiar de patrón sin cambiar el problema. Los venezolanos nunca fueron informados de manera transparente del uso de los recursos provenientes de su principal riqueza. Ni con Chávez, ni con Maduro. El saqueo no siempre lleva bandera extranjera; a veces usa uniforme revolucionario y discurso antiimperialista.
PELIGRO Y aquí aparece la tercera y más incómoda pregunta: ¿qué va a pasar ahora? La decisión de Trump no es correcta desde el derecho internacional y abre un precedente peligrosísimo. Pero también es cierto que, para una parte significativa de los venezolanos, fue una acción necesaria, una salida abrupta ante un régimen que cerró todas las demás. Esa es la tragedia: cuando la tiranía cae por mano ajena, la libertad llega hipotecada.
ADVERTENCIA México y el mundo deberían estar preocupados. No por defender a Maduro ni por aplaudir a Trump, sino por el mensaje que se normaliza: la violencia como trámite político, la soberanía como discurso selectivo y la moral como herramienta desechable. La historia latinoamericana es clara: cada vez que el poder se ejerce sin transparencia, alguien termina pagando la cuenta. Casi nunca son los que mandan.
Feliz año, hasta mañana.