POPOL VUH 288

Por Mario Candia

6/1/26

RENDICIÓN DE CUENTAS Venezuela entró esta semana en una zona que la historia latinoamericana rara vez ha pisado: la del poder sentado en el banquillo, observado no por su pueblo, sino por un juez extranjero. La primera comparecencia de Nicolás Maduro —más allá de sus alcances jurídicos reales— es ya un hecho simbólico de enorme calado. No se trata únicamente de un expediente penal, sino de la imagen de un régimen que por años se proclamó intocable y que hoy enfrenta, al menos en el plano internacional, un principio de rendición de cuentas.

JUSTICIA Maduro no habló como acusado, sino como lo que siempre ha sido: un sobreviviente del poder. Se dijo inocente, se asumió perseguido y volvió a la narrativa del complot imperial. Nada nuevo. Lo verdaderamente relevante no fue su discurso, sino el contexto: un presidente que alguna vez controló petróleo, ejércitos y voluntades, ahora reducido a una escena judicial que erosiona el mito de la invulnerabilidad chavista. No es aún justicia plena, pero sí es una grieta en la impunidad.

VENEZUELA Mientras tanto, Venezuela sigue sin responder la pregunta esencial: ¿qué pasa con un país cuando su líder ya no está en el centro, pero el sistema que lo sostuvo permanece intacto? El chavismo ha demostrado que puede mutar, desplazarse, incluso prescindir temporalmente de su figura principal sin soltar el control. El problema no es Maduro; es el modelo que lo hizo posible y que sigue vivo.

MÉXICO Desde México, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por el camino previsible: la doctrina de la no intervención. En la mañanera rechazó cualquier acción militar extranjera y defendió la soberanía de los pueblos. El discurso es coherente con la tradición diplomática mexicana, pero también revela sus límites morales. Porque una cosa es rechazar la intervención armada y otra muy distinta guardar distancia frente a una dictadura que ha destruido libertades, expulsado millones y convertido al Estado en aparato de represión.

ESPEJO La neutralidad, cuando se ejerce frente al autoritarismo, no siempre es virtud; a veces es coartada. América Latina ha sido experta en eso: en confundir prudencia con silencio, y soberanía con indiferencia. Venezuela es el espejo incómodo donde muchos gobiernos prefieren no mirarse.

TRANSICIÓN El caso Maduro no marca todavía el fin del chavismo ni el inicio de una transición democrática. Marca algo más modesto, pero no menos importante: el fin de la certeza de impunidad absoluta. En un mundo donde los tiranos suelen morir en la cama o huir con maletas de dinero, sentarse ante un juez —aunque sea lejos de casa— ya es una anomalía.

IMPUNIDAD La pregunta no es si Maduro será condenado o liberado. La pregunta es cuántos más en la región creen que el poder sigue siendo una póliza de inmunidad eterna. Venezuela nos recuerda que los regímenes caen tarde, mal y a veces incompletos, pero también que ninguna narrativa revolucionaria resiste para siempre el peso de la realidad. Y esa, quizá, es la verdadera noticia.

Hasta mañana.

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