POPOL VUH 290

Por Mario Candia

8/1/26

ARTE El arte contemporáneo mexicano atraviesa una de sus etapas más hipócritas. Nunca había hablado tanto de crítica, poder y política, y nunca había estado tan cómodamente alineado con ellos. La figura del artista “incómodo” se ha convertido en una etiqueta decorativa, útil para museos y curadores, pero incapaz de producir verdadero conflicto. En ese paisaje, la obra de Rodrigo Ímaz es ejemplar, no por su audacia, sino por su docilidad disfrazada de provocación.

CRÍTICA Aquí conviene decirlo sin rodeos: Ímaz no es solo un artista joven que trabaja con objetos y discursos políticos. Es el hijo de la presidenta de México. Y esa condición no es anecdótica ni secundaria; es el eje desde el cual debe leerse su trayectoria. No porque invalide automáticamente su obra, sino porque la vuelve inseparable del poder que dice cuestionar. Un arte que presume crítica, pero nace y circula dentro del núcleo más protegido del sistema, no es disidencia: es simulación.

CAPRICHO Sus piezas recurren al manual básico del arte político contemporáneo: objetos cotidianos, metáforas ecológicas, alusiones a la fragilidad, gestos morales previsibles. Balones desinflados, macetas, gravedad, reciclaje. Todo está ahí, como un catálogo de obviedades progresistas. Nada sorprende, nada incomoda, nada pone en riesgo al artista ni a las instituciones que lo exhiben. La provocación se queda en capricho estético, en gesto infantil que jamás se convierte en problema real para nadie.

AI WEI WEI Compararlo con Ai Weiwei desnuda la impostura. Ai no “habla de política”: choca frontalmente con el poder. Sus objetos no ilustran ideas; son restos materiales de violencia estatal. Su obra tiene consecuencias: cárcel, exilio, persecución. En Ímaz no hay consecuencias porque no hay confrontación. No se puede incomodar al poder cuando se es parte de él. No se puede fingir marginalidad desde el centro mismo del privilegio.

POLÍTICO El problema no es solo Ímaz, sino el ecosistema que lo rodea. Museos, curadores y críticos que callan lo evidente y prefieren celebrar la “sensibilidad” antes que preguntar por las condiciones de posibilidad de esa carrera. Exposiciones individuales relevantes que se multiplican justo cuando su apellido alcanza el máximo peso político. ¿Casualidad? Tal vez. Pero en crítica cultural las casualidades reiteradas se llaman estructura.

MEDIOCRE Aquí la palabra correcta no es “polémico”, ni “controvertido”. Es mediocre. Mediocre no como insulto personal, sino como diagnóstico artístico: una obra que no desplaza el lenguaje, que no produce pensamiento nuevo, que no altera el campo en el que se inscribe. Un arte que necesita discurso para sostenerse y poder para circular.

ARTE CONTEMPORANEO Damien Hirst llevó el mercado al extremo hasta volverlo obsceno. Gabriel Orozco convirtió el gesto mínimo en una forma de pensamiento radical. En ambos casos, la obra se sostiene sola. En Ímaz, la obra necesita apellido, contexto y explicación.

PODER El arte verdaderamente incómodo siempre paga un precio. Cuando no lo paga, cuando se exhibe sin fricción, cuando es celebrado por el mismo poder que dice cuestionar, deja de ser crítica y se convierte en ornamento ideológico. Y eso, por más buena intención que tenga, no es arte político. Es administración simbólica del poder.

Hasta mañana.

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp