POPOL VUH 294

Por Mario Candia

14/1/26

ELECCIONES Durante años, décadas enteras, la sociedad civil mexicana y la oposición al viejo régimen repitieron una consigna hasta el cansancio: el gobierno no puede organizar sus propias elecciones. No era un capricho, era una lección aprendida a golpes. Cuando el poder administra las urnas, la democracia se convierte en una escenografía. Por eso nació el IFE, luego el INE. Para sacar las manos del gobierno del conteo de votos y ponerlas en una institución autónoma, incómoda, vigilante.

REFORMA Hoy, esa historia parece estorbar. En la reciente reunión entre el INE y la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, Pablo Gómez —un político formado en la izquierda crítica, no en el autoritarismo— dejó ver algo inquietante: una desconfianza abierta hacia la independencia del organismo electoral. No habló como árbitro, habló como patrón inconforme. Como si el problema del INE no fuera técnico ni presupuestal, sino político: que no obedece.

PARADOJA Y ahí está la paradoja. Quienes ayer exigían autonomía hoy la miran con recelo. Quienes denunciaban elecciones de Estado hoy coquetean con la idea de volver a controlarlas. La tentación autoritaria no siempre llega con botas; a veces llega envuelta en discursos de “austeridad”, “eficiencia” o “voluntad popular”.

DEMOCRACIA José Woldenberg lo ha dicho con una claridad que incomoda: debilitar al INE es debilitar la democracia. No porque el instituto sea perfecto —no lo es—, sino porque es el resultado de una construcción colectiva para evitar que el poder se juzgue a sí mismo. Woldenberg no defiende una burocracia, defiende una línea roja: la separación entre quien gobierna y quien arbitra. Lo preocupante no es solo el tono de Pablo Gómez, sino lo que revela: la impaciencia del poder con los contrapesos. El árbitro estorba cuando el partido en el gobierno quiere jugar sin silbato.

VETO Este clima no es exclusivo del ámbito federal. En San Luis Potosí, el gobernador Ricardo Gallardo vetó la llamada “Ley Gobernadora”, una reforma que, bajo el noble discurso de la paridad, olía demasiado a dedicatoria. El veto fue presentado como un acto de responsabilidad democrática, pero deja una estampa reveladora: las reglas electorales se mueven, se empujan, se tensan, según a quién beneficien o perjudiquen.

JUEGO Ese es el verdadero hilo conductor de esta discusión: la normalización de cambiar las reglas del juego desde el poder. Hoy se cuestiona la autonomía del INE; mañana se justifica “ajustarla”; pasado mañana se lamenta su inutilidad. Es el camino clásico de toda regresión democrática, solo que ahora se recorre con lenguaje progresista.

PELIGRO La democracia mexicana no está en peligro por una reforma en sí misma, sino por la idea que empieza a instalarse: que las instituciones deben alinearse al proyecto político dominante. Y cuando eso ocurre, la historia —esa que algunos prefieren olvidar— suele repetirse. Porque controlar las elecciones nunca ha sido señal de fortaleza democrática. Siempre ha sido el síntoma previo de algo mucho más grave.

Hasta mañana.

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