Por Mario Candia
20/1/26
CORPORATIVISMO Durante décadas, la izquierda mexicana construyó su identidad moral denunciando al PRI y su sistema de control sindical. El corporativismo era, para ellos, la expresión más abyecta del poder: sindicatos convertidos en ejércitos electorales, líderes charros eternizados en el cargo y trabajadores usados como masa de acarreo en cada elección. La CTM, el SNTE, los petroleros, los ferrocarrileros y los burócratas simbolizaban una democracia secuestrada.
NARRATIVA Sin esa crítica constante, la izquierda jamás habría podido proclamarse distinta ni superior. Ese discurso no era accesorio; era fundacional. La condena al corporativismo priista le permitió a la izquierda construirse como alternativa moral, como fuerza regeneradora frente a un régimen que había reducido la representación política a una negociación de cuotas y lealtades. Hoy, esa narrativa se desmorona frente a una realidad que resulta imposible de maquillar.
SINDICATOS La portada del periódico Reforma del día domingo 18 de este mes, no exhibe una desviación ni una anomalía, sino una decisión política consciente. Los mismos sindicatos que durante décadas fueron pilares del viejo régimen priista hoy se alinean con la Cuarta Transformación. No hay democratización sindical, no hay renovación de liderazgos, no hay ruptura con las estructuras corruptas del pasado. Hay continuidad. Y algo peor: legitimación.
PRIVILEGIOS Los líderes son los mismos, con trayectorias que superan los treinta, cuarenta o incluso cincuenta años en el cargo. Las prácticas son las mismas: movilización corporativa, disciplina vertical, negociación cupular. Los privilegios también son los mismos: cargos, posiciones políticas, inmunidad y permanencia. Lo único que cambió fue el color del uniforme.
HERENCIA La izquierda no destruyó el corporativismo: lo heredó. No lo combatió: lo administró. No lo erradicó: lo recicló y lo presentó como parte natural de la gobernabilidad. Aquello que ayer era denunciado como charrismo hoy es defendido como estabilidad política.
LEALTAD Durante años se condenó que el PRI entregara diputaciones, senadurías e incluso gubernaturas a dirigentes sindicales a cambio de lealtad política. Hoy, Morena reproduce exactamente ese modelo bajo nuevas etiquetas. Las plurinominales ya no son cuotas del poder, sino “representaciones del pueblo”; los cargos ya no son pagos, sino “reconocimientos a la lucha”; la subordinación sindical ya no es control, sino “acompañamiento a la transformación”. El mecanismo es idéntico. El relato es distinto.
DIFERENCIA Ahí radica la diferencia más grave. El PRI nunca pretendió que aquello fuera democracia; era control sin pudor. La Cuarta Transformación, en cambio, insiste en presentarlo como avance histórico. El corporativismo priista era cínico; el morenista es hipócrita. Uno operaba sin pedir perdón; el otro exige aplausos.
RETÓRICA Se prometió liberar a los sindicatos y se les volvió a atar, ahora con retórica moral. Se ofreció acabar con los líderes charros y se les reincorporó como aliados estratégicos. Se habló de dignificar al trabajador y se negoció, una vez más, con sus intermediarios de siempre.
DISCIPLINA Nada de esto es un error táctico ni una contradicción involuntaria. Es la confirmación de que el poder, una vez conquistado, prefiere las herramientas que ya demostraron ser eficaces. Morena descubrió lo que el PRI entendió durante décadas: ningún discurso moviliza tanto como un sindicato disciplinado. El corporativismo no murió; cambió de patrón. Y la izquierda, que juró combatirlo, terminó abrazándolo con entusiasmo. Porque al final, la transformación no fue ética ni estructural: fue administrativa.
Hasta mañana.