Por Mario Candia
28/1/26
EL MAQUINISTA En México, cuando una obra del poder se cae —o se descarrila— nunca es culpa del poder. Siempre hay un último eslabón disponible para el sacrificio: el operador, el técnico, el obrero. Esta vez le tocó al maquinista. La Fiscalía General de la República, encabezada por Ernestina Godoy, decidió que el descarrilamiento del Tren Interoceánico no fue un fracaso del proyecto, ni de la obra, ni del diseño, ni de la supervisión. Fue —según su informe— un exceso de velocidad. Y con eso, asunto resuelto.
NARRATIVA La narrativa es cómoda, casi elegante: una caja negra infalible, un conductor imprudente, un sistema que funcionaba “adecuadamente”. El problema no es que el tren fuera rápido, sino que el maquinista fuera humano. La infraestructura, en cambio, aparece como una criatura perfecta: rieles inmaculados, balasto inocente, curvas obedientes. Una obra pública sin pecado original.
INGENIERÍA Pero la realidad es más vulgar. En cualquier sistema ferroviario serio del mundo, el error humano no es causa suficiente, porque está previsto. La ingeniería existe justamente para que una equivocación no se convierta en sentencia de muerte. Si un tren puede alcanzar 111 kilómetros por hora en un corredor con límites claros, el problema no es quién aceleró, sino quién diseñó un sistema incapaz de impedirlo.
POLÍTICA La fiscalía insiste: “no se encontraron fallas”. Lo que no dice es qué buscó. No habla de peraltes, de radios de curva, de tolerancias geométricas, de estándares internacionales, de sistemas automáticos de protección. No explica por qué un tren de pasajeros depende exclusivamente de la disciplina del operador. No publica parámetros técnicos, solo conclusiones políticas.
ORDEN Y luego viene la confesión involuntaria: mientras aún “continúan” los estudios de materiales, geometría e interacción rueda–riel, ya hay orden de aprehensión. Primero el culpable, luego la investigación. Así funciona la justicia cuando su tarea no es esclarecer, sino cerrar el caso antes de que escale.
LIBRETO Este método no es nuevo. Es el mismo libreto que se usó tras la caída de la Línea 12 del Metro: responsabilidades atomizadas, decisiones estratégicas blindadas, y una verdad oficial diseñada para no tocar al poder. Hoy, otra vez, la culpa se detiene exactamente donde conviene que se detenga.
EL MAQUINISTA El maquinista no diseñó la vía. El maquinista no certificó la obra. El maquinista no eligió proveedores. El maquinista no definió estándares. Pero el maquinista es prescindible. El proyecto no. El mensaje del Estado es brutal en su claridad: la infraestructura puede fallar, siempre que haya alguien a quien culpar antes. Y mientras esa lógica se mantenga, las tragedias no serán accidentes, sino consecuencias previsibles. En México no fallan los trenes. Falla la verdad.
Hasta mañana.