Por Mario Candia
5/2/26
MORENA Morena enfrenta hoy el riesgo más antiguo de todos los partidos dominantes: no la derrota externa, sino la implosión interna. El síntoma más reciente no ocurrió en una plaza pública ni en una elección, sino en el Senado. La salida de Adán Augusto López de la coordinación parlamentaria no fue un simple relevo administrativo; fue la confirmación de un reacomodo de poder en curso. Su sustituto, Ignacio Mier, llega con una encomienda implícita: reparar fracturas. Pero la necesidad misma de esa reparación revela la magnitud del daño. Los partidos cohesionados no necesitan reconstruirse en medio del ejercicio del poder. Los partidos cohesionados avanzan. Los que se fragmentan, negocian su propia sobrevivencia.
DISCIPLINA Morena es hoy una estructura donde conviven grupos con intereses divergentes que apenas se toleran bajo la lógica de la victoria electoral. Gobernadores convertidos en polos autónomos de poder, aspirantes presidenciales en campaña anticipada, liderazgos regionales que responden más a su propia supervivencia que a la disciplina partidista, y aliados que ya han comenzado a marcar distancia. La declaración de Adán Augusto López anticipando el triunfo de Andrea Chávez en Chihuahua no fue interpretada como una expresión de confianza, sino como una señal de imposición. En Campeche, legisladores del propio Morena han confrontado abiertamente a su gobernadora. En Zacatecas, el poder se concentra en estructuras familiares que contradicen la narrativa oficial. En Baja California, las crisis políticas han erosionado la cohesión interna. El partido que prometió terminar con el viejo régimen comienza a reproducir sus reflejos.
ALIADOS Los aliados tampoco esconden su cálculo. El Partido del Trabajo ha lanzado acusaciones directas contra gobiernos morenistas, y el Partido Verde ha dejado claro que su respaldo no es incondicional. Permanecen mientras el poder garantiza rendimientos. Se distancian cuando perciben vulnerabilidad. La lealtad en política rara vez es ideológica; es, sobre todo, probabilística. Los aliados permanecen mientras creen que el triunfo es inevitable. Cuando esa percepción cambia, comienzan a preparar su salida.
TERRITORIO Todo esto ocurre mientras el país vuelve a sumergirse en escenas de violencia que exponen los límites del control territorial del Estado. La brutalidad que se multiplica no sólo desafía la capacidad de gobierno; también debilita la cohesión política. Cuando el poder pierde la capacidad de garantizar orden, cada grupo comienza a proteger su propia parcela. La unidad deja de ser un principio y se convierte en una ficción operativa.
TRAICIONES Este proceso no es nuevo. México ya vio esta historia antes. El PRD nació como una coalición de fuerzas heterogéneas que compartían un enemigo común, pero no una estructura orgánica unificada. Estaba compuesto por corrientes internas —las llamadas tribus— que coexistían bajo una tregua sostenida por la expectativa del poder. Durante años, el PRD logró triunfos que parecían consolidarlo como una alternativa histórica. Gobernó la capital del país, expandió su presencia nacional y construyó una identidad política poderosa. Pero sus conflictos internos nunca desaparecieron. Sólo esperaron el momento oportuno. La competencia entre sus propios liderazgos se volvió más intensa que la confrontación con sus adversarios. Las traiciones dejaron de ser excepcionales y se volvieron estructurales. El partido no fue destruido por la oposición. Fue erosionado desde dentro. Perdió cohesión, perdió credibilidad y finalmente perdió su registro. No por falta de historia, sino por exceso de fracturas.
LEALTADES Morena enfrenta hoy esa misma paradoja. Su mayor fortaleza —la concentración de poder— es también su mayor vulnerabilidad. El poder absoluto elimina los enemigos externos, pero multiplica los internos. Cada grupo comienza a proyectarse hacia el momento en que la hegemonía deje de ser garantizada. La disciplina se vuelve temporal. La lealtad se vuelve condicional. La historia política es brutal en su consistencia. Los partidos no colapsan cuando pierden el poder. Colapsan cuando dejan de creer en su propia permanencia. Morena aún no ha llegado a ese punto. Pero por primera vez, comienza a acercarse peligrosamente a él.
Hasta mañana.