POPOL VUH 310

Por Mario Candia

6/2/26

FRACKING Las traiciones más profundas no ocurren en los discursos, sino en las decisiones. No se anuncian como rupturas, se presentan como ajustes. No se reconocen como renuncias, se justifican como necesidades. Morena acaba de cruzar esa línea invisible. El giro a favor del fracking no es una política energética más. Es el momento en que el movimiento decidió contradecirse a sí mismo para poder sostenerse en el poder.

EMBLEMA Durante años, el rechazo al fracking fue una de las piedras angulares del discurso lopezobradorista. No era un tema técnico, era un posicionamiento moral. Representaba la frontera simbólica entre el viejo régimen depredador y el nuevo régimen regenerador. Andrés Manuel López Obrador lo condenó públicamente, lo convirtió en emblema de la defensa de la soberanía energética y lo utilizó como prueba de que Morena no sería una continuidad disfrazada, sino una ruptura auténtica. El fracking no era solo una técnica. Era el enemigo.

SOBERANÍA Hoy, ese enemigo ha sido rehabilitado por quienes prometieron erradicarlo.Este giro no es producto de una revelación ideológica. Es producto de una realidad estructural que el discurso no pudo modificar. México depende del gas natural de Estados Unidos para sostener su sistema eléctrico, su industria y su estabilidad económica. La soberanía energética prometida nunca se consolidó. Fue una aspiración política que no logró convertirse en una capacidad material. Y frente a esa vulnerabilidad, el gobierno ha decidido hacer lo que todos los gobiernos terminan haciendo cuando la retórica colisiona con la realidad: adaptarse.

TRAICIÓN Ese acto de adaptación tiene un nombre más preciso. Se llama traición. No una traición en el sentido emocional, sino en el sentido histórico. Es la traición que ocurre cuando un proyecto político abandona los principios que le dieron origen para poder sobrevivir dentro de las condiciones que prometió transformar. Es el instante en que el poder deja de ser un instrumento de cambio y se convierte en un mecanismo de conservación. Es el momento en que el movimiento deja de avanzar y comienza a administrarse.

PUNTO DE INFLEXIÓN El fracking representa ese punto de inflexión. No porque sea nuevo, sino porque antes era inaceptable y ahora es necesario. El subsuelo no cambió. Los riesgos ambientales no desaparecieron. Las implicaciones económicas no se transformaron mágicamente. Lo único que cambió fue la posición de quien gobierna. Morena dejó de ser oposición. Y al dejar de ser oposición, perdió el privilegio de la pureza. Ese es el precio real del poder.

Todos los movimientos políticos creen que podrán ejercerlo sin convertirse en aquello que combatían. Todos creen que su legitimidad los hará inmunes a la lógica que destruyó a sus predecesores. Todos creen que su historia los protegerá de su destino. Pero el poder no distingue entre creyentes y escépticos. El poder transforma. El poder desgasta. El poder obliga a elegir entre la coherencia y la permanencia. Morena ha elegido la permanencia.

LA REALIDAD El fracking no es el problema. Es la evidencia. Es la señal inequívoca de que el movimiento que nació prometiendo una transformación estructural ahora opera bajo las mismas restricciones que alguna vez denunció. Es la confirmación de que gobernar no es sostener promesas, sino administrar límites. Es la prueba de que la realidad, tarde o temprano, termina imponiéndose sobre la narrativa. Y cuando un movimiento comienza a traicionarse a sí mismo, el desenlace deja de ser una incógnita. Se convierte en una secuencia.

Hasta el lunes.

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