Por Mario Candia
13/2/26
PRESENCIA INCOMODA Hay visitas que no incomodan por lo que hacen, sino por lo que representan. La llegada a México de Rosa María Payá, comisionada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, no movilizó tropas ni convocó multitudes, no anunció sanciones ni presentó acusaciones formales. Vino a hacer algo mucho más peligroso para el poder: vino a escuchar. Y en un país donde escuchar a las víctimas se ha convertido en un acto subversivo, esa sola intención basta para encender las alarmas del Estado.
LEGITIMIDAD La reacción de la Secretaría de Relaciones Exteriores fue inmediata, quirúrgica y reveladora. No negó su presencia, pero cuestionó su legitimidad. No confrontó sus palabras, pero intentó despojarla de autoridad. El argumento fue técnico: no hubo notificación oficial previa. Pero el fondo es político. Porque cuando el poder se siente seguro, no discute protocolos; los ignora. Cuando el poder se siente vulnerable, en cambio, se aferra a ellos como murallas de papel, intentando contener lo que en realidad teme: el juicio de la historia.
CREDIBILIDAD Rosa María Payá no vino con un ejército, vino con algo más incómodo: credibilidad. Como comisionada de la CIDH, representa una institución que durante décadas ha documentado las heridas abiertas de América Latina: desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, persecuciones, silencios impuestos. Su presencia no condena, pero observa. No sentencia, pero registra. Y en el universo del poder, ser observado es el primer paso hacia ser juzgado.
OBSERVADORA México carga hoy con una cifra que pesa más que cualquier discurso: más de 110 mil desaparecidos. Es una ausencia masiva, una herida estadística que desborda cualquier narrativa oficial. Son nombres que el Estado no ha podido encontrar, pero que tampoco ha podido olvidar. Familias que buscan con sus propias manos lo que las instituciones no han querido o no han podido devolverles. En ese contexto, la llegada de una observadora internacional no es una amenaza en términos jurídicos, pero sí en términos simbólicos. Porque su presencia valida el dolor que el poder preferiría administrar en silencio.
CACILLERÍA Los gobiernos que se saben sólidos no temen a los observadores; los gobiernos que se saben cuestionados intentan controlar quién observa. Por eso la aclaración de la cancillería no fue un gesto administrativo, sino un acto de contención narrativa. No buscaba informar, sino delimitar. No pretendía aclarar, sino advertir. Era un mensaje dirigido no a la comisionada, sino al país entero: el poder quiere decidir quién tiene derecho a mirar y quién no.
PERMISO Pero hay una verdad que el poder aprende siempre demasiado tarde: el escrutinio no necesita permiso. La historia no pide autorización para escribir sus veredictos. Cada desaparición no resuelta, cada expediente archivado, cada madre que cava con sus propias manos, es ya una acusación permanente. No contra un gobierno en particular, sino contra la ilusión de que el poder puede administrar la realidad sin enfrentar sus consecuencias. La presencia de Rosa María Payá en México no es el problema. El problema es el país que necesita justificar por qué alguien vino a escuchar. Porque cuando escuchar incomoda, lo que está en crisis no es el protocolo, sino la verdad.
Hasta el lunes.