Por Mario Candia
18/2/26
MORENA Morena se acerca al proceso electoral de 2027 con el poder intacto, pero con la cohesión en entredicho. Lo que durante años se presentó como un movimiento monolítico, disciplinado y cohesionado por un propósito superior, comienza a mostrar fisuras que no son accidentales ni menores. Son grietas estructurales, visibles en distintos puntos del país, que revelan una transformación silenciosa: Morena ya no actúa como un solo cuerpo político, sino como un conjunto de fuerzas territoriales que comparten una marca, pero no necesariamente una voluntad común.
ZACATECAS En Zacatecas, uno de sus liderazgos históricos, Ricardo Monreal, ha dejado entrever su distanciamiento de las decisiones internas, marcando una línea de autonomía que hubiera sido impensable en los años de consolidación del movimiento. En Veracruz, las acusaciones cruzadas entre actores del propio partido han exhibido un ambiente de sospecha interna que erosiona la confianza política. En Tabasco, el estado que vio nacer el obradorismo, las tensiones entre figuras prominentes reflejan que ni siquiera el territorio más simbólico está exento de disputas.
CAMPECHE Campeche ofrece otro ejemplo inquietante: legisladores del mismo bloque político han confrontado directamente a la titular del Ejecutivo estatal, rompiendo la narrativa de disciplina institucional. En Guerrero, las aspiraciones personales han comenzado a generar fricciones que anticipan conflictos mayores conforme se acerquen los tiempos electorales. Incluso en la Ciudad de México, el bastión histórico del movimiento, las disputas entre figuras relevantes han dejado ver que la competencia interna ha reemplazado a la antigua cohesión ideológica.
SAN LUIS San Luis Potosí representa una dimensión distinta, pero igualmente reveladora. Ahí, el Partido Verde, aliado formal de Morena, ha operado con una lógica propia, asegurando posiciones estratégicas sin que Morena pudiera ejercer control efectivo sobre las decisiones clave. La postulación al Senado de Ruth González por doble vía garantizó su acceso al cargo, mientras la candidatura impulsada por Morena, encabezada por Rita OzaliaRodríguez, quedó sin margen real de éxito. No fue un enfrentamiento con la oposición, sino la confirmación de que el poder territorial responde a dinámicas que escapan al control del partido dominante.
LÍMITES Lo que une todos estos episodios no es la coincidencia geográfica, sino la coincidencia estructural. Morena fue construido como un instrumento de conquista, articulado alrededor de un liderazgo central que funcionaba como eje de cohesión. Ese liderazgo no solo tomaba decisiones, también resolvía disputas, contenía ambiciones y establecía límites claros. Hoy, ese mecanismo de contención ya no opera con la misma eficacia. La autoridad institucional existe, pero la autoridad política territorial se encuentra fragmentada.
PARADOJA La paradoja es evidente. Morena posee más poder que nunca en términos formales, pero enfrenta un fenómeno que históricamente ha debilitado a los movimientos hegemónicos: la dispersión del control. Cuando el poder se expande demasiado rápido, la capacidad de administrarlo se vuelve más compleja. Los liderazgos regionales comienzan a consolidar sus propias estructuras, las alianzas se vuelven transaccionales y la unidad deja de ser una convicción para convertirse en una conveniencia.
FRAGMENTACIÓN El riesgo no es inmediato, pero es real. La historia política demuestra que los partidos no comienzan a debilitarse cuando pierden elecciones, sino cuando pierden cohesión interna. Morena aún domina el escenario nacional, pero las señales que emergen desde Zacatecas, Veracruz, Tabasco, Campeche, Guerrero, la Ciudad de México y San Luis Potosí indican que el mayor desafío del partido no está en sus adversarios externos, sino en su propia configuración interna. Los movimientos políticos pueden sobrevivir a la oposición. Lo que rara vez sobreviven es a su propia fragmentación.
Hasta mañana.