Por Mario Candia
18/2/26
ESPEJO El poder tiene una relación profundamente selectiva con los espejos. Los utiliza cuando reflejan fortaleza y los oculta cuando devuelven vulnerabilidad. Durante años, uno de los espejos predilectos de López Obrador fue la encuestadora Morning Consult, citada con insistencia desde la tribuna presidencial como prueba irrefutable de su legitimidad global. Aquella medición internacional lo colocaba entre los líderes mejor evaluados del mundo, una validación externa que fortalecía su narrativa interna. Pero ese espejo dejó de ser mencionado. No porque la encuestadora dejara de existir, sino porque el reflejo cambió. Claudia Sheinbaum aparece ahora en posiciones más modestas, con niveles de aprobación que rondan el 43 por ciento. La diferencia es más que estadística. Es simbólica. Es el tránsito de la hegemonía incuestionable a la legitimidad disputada. El silencio en torno a esa medición no es un descuido, es una decisión. El poder nunca abandona una herramienta que lo favorece, solo abandona la que lo contradice.
CLASE MEDIA Ese cambio en el reflejo coincide con un viraje que comienza a percibirse en la estrategia del régimen. Durante el sexenio anterior, la clase media fue convertida en antagonista moral. El término aspiracionista fue utilizado como una etiqueta de sospecha, como si el deseo de prosperar fuera una forma de desviación ideológica. Se construyó una narrativa donde el mérito era sospechoso y la movilidad social, moralmente cuestionable. Aquella retórica fue útil para consolidar una base electoral, pero profundamente corrosiva para el tejido social. Porque ningún régimen puede aspirar a la permanencia si convierte a la clase media en su enemigo estructural. La clase media no solo vota. La clase media opina, produce, comunica y legitima. Es el segmento que moldea la percepción pública de la estabilidad o del deterioro.
CINE Y BTS Por eso comienzan a aparecer señales que, observadas en conjunto, revelan un intento de reconciliación. El respaldo a la industria cinematográfica, un sector históricamente marginado por el obradorismo bajo la sospecha de pertenecer a una élite cultural adversa. La participación del Estado como facilitador y gestor de conciertos de la banda coreana de KPOP BTS, gestos que no responden a una urgencia social, sino a una necesidad simbólica: reconstruir el vínculo con una clase media urbana, profesional y culturalmente integrada al mundo. La moderación progresiva del discurso presidencial, menos confrontativo, menos beligerante, más orientado a la estabilidad que al conflicto. No es un cambio ideológico. Es una adaptación estratégica.
MARX ARRIAGA Pero todo proceso de reconciliación externa exige una depuración interna. Los regímenes que buscan estabilizarse deben despresurizar sus propios excesos. La salida de Marx Arriaga no es un relevo administrativo, es una señal política. Arriaga representaba la dimensión más doctrinaria del obradorismo, el intento de convertir la educación en un instrumento de transformación ideológica antes que en un espacio de formación académica. Su desplazamiento marca el inicio de una desactivación progresiva de los perfiles más radicales. A ese proceso se suma el debilitamiento de Jesús Ramírez Cuevas, el arquitecto de la narrativa obradorista, el hombre que convirtió la polarización en método de gobierno y la comunicación en un instrumento de confrontación permanente. El golpeteo en su contra, amplificado a través del libro de Julio Scherer Ibarra, no parece un ataque externo, sino una reconfiguración interna. Los regímenes no eliminan a sus arquitectos por traición, sino por obsolescencia.
CIDE En ese mismo contexto debe entenderse el relevo en el CIDE, uno de los espacios académicos más prestigiosos del país, cuya autonomía intelectual fue severamente erosionada durante el obradorato. La intervención en esa institución no solo fragmentó una comunidad académica, sino que envió un mensaje inequívoco al mundo intelectual: el pensamiento crítico sería tolerado solo dentro de los márgenes del poder. El relevo reciente no es una simple rotación administrativa. Es un intento de reconstrucción simbólica. El poder entendió que no puede aspirar a legitimidad duradera si permanece en guerra con el conocimiento, con los investigadores, con los intelectuales. La confrontación puede someter instituciones, pero no puede producir credibilidad.
OPERADORES La desactivación progresiva de figuras como Adán Augusto López también forma parte de este proceso. Durante el sexenio anterior, Adán Augusto encarnó el músculo político más duro del régimen, el operador del control, el garante de la disciplina interna. Su eclipse no es casual. Es funcional. Los operadores de la confrontación son eficaces en la conquista, pero incómodos en la consolidación. El poder que busca estabilidad necesita administradores, no combatientes.
RUPTURA Lo que estamos presenciando no es una ruptura con el obradorismo, sino su mutación. El tránsito de un movimiento que se alimentaba del conflicto a un régimen que necesita estabilidad para sobrevivir. López Obrador construyó su poder señalando adversarios. Sheinbaum parece entender que su permanencia depende de reducirlos. El obradorismo fue una maquinaria de conquista. El sheinbaumismo intenta convertirse en una arquitectura de permanencia.
ADAPTACIÓN Porque incluso los proyectos más ideológicos terminan subordinándose a la realidad más elemental del poder: ningún régimen puede sostenerse indefinidamente si permanece en guerra con la clase media, con los intelectuales y con su propio reflejo. La pregunta ya no es si el régimen está cambiando. La evidencia sugiere que sí. La verdadera incógnita es si este viraje es el inicio de una reconciliación genuina, o simplemente la adaptación calculada de un poder que entendió, quizá demasiado tarde, que la confrontación permanente es incompatible con la permanencia.
Hasta mañana