Por Mario Candia
19/2/26
CONFINAMIENTO Hay un síntoma que rara vez se discute fuera de internet, y que sin embargo dice mucho sobre nuestro tiempo: los therians, jóvenes que afirman identificarse —no físicamente, sino simbólica o psicológicamente— con animales. Para algunos es una exploración identitaria; para otros, un refugio emocional; para sus críticos, una señal de confusión colectiva. Lo cierto es que su aparición visible coincide con un momento histórico preciso: el mundo posterior al confinamiento.
SALUD MENTAL La pandemia no inventó la fragilidad psicológica, pero la volvió visible. La Organización Mundial de la Salud advirtió que las medidas como el aislamiento social, los cierres escolares y la ruptura de rutinas tuvieron efectos directos en el bienestar emocional de niños y adolescentes; una proporción importante de jóvenes reportó impactos negativos en su salud mental y en sus relaciones sociales. En lenguaje sencillo: el mundo adulto pidió disciplina sanitaria, pero una generación entera lo vivió como interrupción de su proceso natural de construcción del yo.
THERIAN El fenómeno therian no puede reducirse automáticamente a una patología —ni la propia comunidad lo considera así— sino más bien como una forma de identidad que busca sentido y pertenencia. Sin embargo, ignorar el contexto sería ingenuo. Durante la pandemia se incrementaron los sentimientos de soledad, estrés y desconexión social, especialmente entre jóvenes, y la vida digital se convirtió en el principal escenario para experimentar nuevas formas de identidad. Cuando el contacto físico se volvió sospechoso, la imaginación tomó el relevo.
CONSECUENCIAS CULTURALES Nietzsche advertía que el ser humano necesita narrativas para soportar la realidad; cuando las viejas certezas colapsan, el individuo crea nuevas máscaras para existir. Sartre hablaría de la angustia radical de la libertad: si todo es elección, la identidad se convierte en un proyecto inacabado que puede tomar formas insospechadas. Y Michel Foucault, obsesionado con la relación entre poder y subjetividad, quizá preguntaría qué tipo de sujeto produce una sociedad que, durante años, reguló cuerpos, desplazamientos y contacto humano mediante protocolos estrictos. No se trata de discutir su necesidad sanitaria, sino sus consecuencias culturales.
AVATAR Porque algo cambió en la percepción del cuerpo. Durante meses, el cuerpo fue riesgo, contagio, amenaza. El espacio digital, en cambio, fue seguro, maleable, editable. En ese terreno, convertirse en “otro” —animal, avatar o identidad híbrida— dejó de parecer una fantasía extraña y comenzó a sentirse como una posibilidad legítima. No es casual que las comunidades en línea crecieran justamente en ese periodo, ofreciendo pertenencia cuando el mundo físico ofrecía distancia.
MOVIMIENTOS Pero reducir este fenómeno a una simple “locura colectiva” sería tan simplista como celebrarlo sin reservas. La historia muestra que las sociedades producen nuevas identidades cuando atraviesan crisis profundas. Después de guerras, revoluciones o grandes rupturas culturales surgen movimientos estéticos y existenciales que desafían la noción tradicional del ser humano. La pregunta no es si los therians están bien o mal; la pregunta es qué vacío están intentando llenar.
ANSIEDAD Tal vez la respuesta incómoda sea que la pandemia no sólo dejó secuelas sanitarias, sino una sensación persistente de vulnerabilidad, soledad y pérdida de sentido. Estudios recientes vinculan directamente el aislamiento prolongado con aumentos en ansiedad, depresión y sentimientos de desconexión. En ese escenario, la identidad deja de ser un dato y se convierte en refugio.
ESPEJO Quizá esta generación no quiera ser animal por rebeldía, sino porque en el mundo humano encontró demasiadas reglas, demasiada vigilancia y poca certeza. El problema no es que algunos jóvenes quieran escapar simbólicamente del ser humano; el verdadero problema sería preguntarnos por qué tantos sienten la necesidad de hacerlo. Y ahí, más que juzgar, conviene mirar el espejo: cuando una época produce individuos que sueñan con no ser lo que son, tal vez el síntoma no esté sólo en ellos… sino en la cultura que les tocó habitar.
Hasta mañana.