Por Mario Candia
25/2/26
REFORMA ELECTORAL Hoy la presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa su iniciativa de reforma electoral y, más que un paquete técnico, lo que presentó fue una prueba de mando dentro de su propia coalición. La reforma llega con el discurso de “abaratar la democracia” —reducir el costo total de las elecciones y recortar recursos a INE, partidos, OPLES y tribunales— pero el verdadero temblor está en otro lado: no hubo concesiones sustantivas al PVEM ni al PT, justo en los puntos que les dan oxígeno político.
LAS PLURIS El corazón del proyecto es simple: que los “pluris” dejen de ser un seguro de vida de las cúpulas. La presidenta insiste en terminar con las listas cerradas y obligar a que incluso la representación proporcional pase por el voto y el territorio. En Diputados se mantiene el número (500), pero cambia la mecánica: 300 por mayoría relativa y 200 por proporcional con reglas nuevas que privilegian votación directa y mejores perdedores. En el Senado, el golpe es más nítido: baja de 128 a 96 y desaparece la lista nacional, quedando escaños por mayoría y primera minoría.
ARGUMENTOS Para Morena, el argumento es moral: “que se acaben los privilegios”. Para el Verde y el PT, es cirugía sin anestesia: menos dinero público y menos ingeniería electoral para sostener bancadas. Esa fricción no es menor, porque esta reforma —al tocar diseño constitucional— requiere mayoría calificada; sin aliados, Morena se mete a un callejón legislativo.
EXPEDIENTES Y aquí está la pregunta: si Sheinbaum no cedió, ¿cómo pretende que le aprueben? Hay dos rutas clásicas. La primera es la visible y “legítima”: negociación de agenda, candidaturas, presidencias de comisión, presupuestos, obras, posiciones en órganos, trato preferencial en el reparto de poder. La segunda es la que nadie firma pero todos conocen: la política mexicana como carpeta archivadora. Cuando una alianza se traba, aparecen súbitamente “observaciones”, auditorías, revisiones, expedientes que antes dormían el sueño burocrático.
PERSUACIÓN No hace falta inventar villanos: basta reconocer el mecanismo. En un país donde el Estado tiene más palancas que un elevador viejo, la presión no siempre se ejerce con argumentos; a veces se ejerce con sellos, oficios y visitas de inspección. Si los liderazgos más pesados del Verde o del PT arrastran pendientes administrativos o cuestionamientos en cuentas —como suele ocurrirle a cualquiera que lleva años orbitando presupuesto—, la tentación de convertir eso en persuasión política es enorme.
TÉRMOMETRO Por eso esta reforma, además de electoral, es un termómetro de régimen: ¿será una discusión de diseño democrático —fiscalización, voto migrante, reglas sobre reelección y nepotismo, ajustes en la organización de cómputos—? ¿O será un episodio más donde la “austeridad” sirve de coartada y el voto de los aliados se consigue con el catálogo de presiones del Estado?
PRIVILEGIOS Sheinbaum decidió no desdibujar su iniciativa. El costo real no está en el presupuesto del INE: está en si su coalición aguanta una reforma que le recorta privilegios… o si la presidenta tendrá que demostrar, a la antigua, que en política el que manda no pide permiso, cobra factura.
Hasta mañana.