Por Mario Candia
26/2/26
MIEDO El miedo no grita: susurra. No siempre se presenta como pánico; a veces adopta la forma de prudencia, de sensatez, de “no es el momento”. Es el arquitecto invisible de nuestras decisiones colectivas e individuales. Y, sin embargo, fingimos que no gobierna.
CÁLCULO RACIONAL Nos gusta creer que actuamos por convicción, por ideales, por cálculo racional. Pero si escarbamos un poco, si retiramos la capa del discurso y la corrección política, encontraremos casi siempre el mismo cimiento: el miedo a perder, el miedo a quedar fuera, el miedo a no pertenecer, el miedo a quedarnos solos. El miedo a morir, en última instancia. Toda biografía humana está atravesada por esa corriente subterránea.
PROTECCIÓN El miedo funda civilizaciones. El temor al caos justifica el orden; el miedo al otro legitima fronteras; el miedo a la violencia produce Estados cada vez más musculosos. Cedemos libertades a cambio de promesas de protección. Aceptamos vigilancia a cambio de tranquilidad. Nos convencemos de que es madurez cuando, en realidad, muchas veces es resignación.
ESTADO DE ALERTA Pero el miedo no sólo estructura sistemas políticos; también modela almas. Hay personas que viven en permanente estado de alerta: temen opinar, temen disentir, temen incomodar. El miedo social es más eficaz que cualquier policía. No necesita garrote; le basta la posibilidad del rechazo. Y así se domestican generaciones enteras: no con cadenas visibles, sino con la ansiedad de quedar fuera del rebaño.
CONVICCIÓN El problema no es sentir miedo. Eso es constitutivo de nuestra condición. El problema es no reconocerlo. Cuando el miedo se oculta, se vuelve dogma. Se convierte en moral rígida, en fanatismo, en necesidad obsesiva de control. Muchas de las posturas más radicales del debate público no nacen de la convicción, sino del pánico. El que grita más fuerte suele ser el que más teme perder su identidad, su estatus o su relato.
VÉRTIGO Sin embargo, el miedo también puede ser una frontera fértil. Hay un miedo que paraliza, pero hay otro que revela. Ese vértigo que sentimos ante una decisión importante no es sólo amenaza: es conciencia de libertad. Nos asusta elegir porque elegir implica responsabilidad. Nos aterra el cambio porque nos obliga a dejar atrás una versión conocida de nosotros mismos.
VALENTÍA Tal vez la valentía no consista en eliminar el miedo —empresa imposible— sino en desenmascararlo. Nombrarlo. Admitir: “tengo miedo”. Ese gesto, aparentemente sencillo, es profundamente subversivo. Porque cuando el miedo se vuelve consciente, deja de gobernar en la sombra.
LIBERTAD Una sociedad que reconoce sus miedos puede discutirlos; una que los niega termina esclavizada por ellos. Y un individuo que acepta su fragilidad está en mejor posición para actuar con autenticidad que aquel que presume una fortaleza ficticia. El miedo es una cárcel sin barrotes, pero también puede ser una puerta. La diferencia no está en su existencia, sino en nuestra disposición a mirarlo de frente. Al final, quizá la libertad no sea la ausencia de miedo, sino la decisión de no arrodillarnos ante él.
Hasta mañana.