POPOL VUH 325

Por Mario Candia

27/2/26

CINE Durante más de una década México construyó una reputación cinematográfica que no se explica solo por los premios, sino por el tipo de cine que los hizo posibles. En el Festival de Cannes, Carlos Reygadas y Amat Escalante ganaron Mejor Director en años consecutivos, consolidando una autoría radical que no pedía permiso ni disculpas. En los Academy Awards, Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro arrasaron en Hollywood, aunque —conviene decirlo con precisión— sus películas premiadas no retrataban el México contemporáneo. Eran universales, fantásticas, íntimas o industriales. El único de ese grupo que sí puso la violencia mexicana en el centro fue Escalante con Heli, una disección brutal del narcoestado periférico.

INCÓMODO El verdadero espejo incómodo no estaba en los Oscar, sino en la línea autoral que insistía en filmar la herida nacional. Ahí están Temporada de huracanes, adaptación feroz de la novela de Fernanda Melchor; Ruido, de Natalia Beristáin, que convierte la desaparición en búsqueda existencial; Una película de policías, de Alonso Ruizpalacios, que desmonta la institución policial desde dentro; o Noche de fuego, de Tatiana Huezo, donde la infancia aprende a esconderse antes que a soñar. Ese cine no ofrece redención. No construye épicas. No tranquiliza conciencias. Es un país narrado sin maquillaje.

VIOLENCIA Aquí está la tensión de fondo. El proyecto político de la llamada transformación nacional se sostiene sobre la idea de que el país vive un proceso de regeneración moral y refundación histórica. Pero el cine de la violencia estructural insiste en lo contrario: en la continuidad del horror, en la impunidad que muta pero no desaparece, en la fragilidad del Estado frente a poderes fácticos. No es que el gobierno prohíba estas películas; es que su mera existencia contradice el relato optimista de la regeneración.

NARRATIVAS Cuando se desmontan fideicomisos y se rediseñan incentivos, no solo se modifican partidas presupuestales; se altera el ecosistema simbólico. Un estímulo fiscal puede fortalecer industria y atraer rodajes de alto presupuesto, pero difícilmente protege al cine de riesgo que suele nacer con recursos limitados y vocación crítica. El resultado no es censura explícita, sino desplazamiento gradual: menos continuidad para el cine incómodo, más espacio para narrativas compatibles con la identidad oficial o con la lógica de mercado.

HERIDAS México ganó prestigio internacional cuando fue brutalmente honesto consigo mismo. Cuando mostró la violencia sin filtros y la fractura sin moraleja. El riesgo actual no es que el talento desaparezca; el riesgo es que la prudencia sustituya a la incomodidad. Y un país que deja de filmar su herida comienza a negarla.

Hasta el lunes.

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