Por Mario Candia
12/3/26
POLÉMICA La polémica comenzó con una de esas frases que solo pueden nacer en una época adicta al espejo. Timothée Chalamet despreció a la ópera y al ballet al insinuar que son disciplinas que ya no le importan a nadie y que sobreviven porque alguien insiste en mantenerlas vivas. La reacción fue inmediata: instituciones como la Metropolitan Opera, la Ópera de París, la Scala de Milán y el Teatro Real respondieron defendiendo la vigencia de ambas expresiones. Más que una ocurrencia desafortunada, el comentario exhibió una miseria intelectual muy contemporánea: creer que el valor de una obra depende de su visibilidad en el mercado.
ÓPERA La ópera no nació para agradar al algoritmo. Nació a comienzos del siglo XVII en Italia, y uno de sus grandes momentos fundacionales fue L’Orfeo de Claudio Monteverdi, estrenada en 1607. Desde entonces ha sobrevivido a monarquías, revoluciones, guerras mundiales, al nacimiento del cine, la radio, la televisión, internet y ahora a las opiniones instantáneas de celebridades que confunden popularidad con estatura cultural. Si una forma artística ha atravesado más de cuatro siglos de historia, quizá no necesita que Hollywood le extienda un certificado de relevancia.
ESTÉTICA Pero la ópera y el ballet no son productos de temporada ni prótesis del espectáculo. Son expresiones depuradas de la sensibilidad humana, construcciones estéticas que sobrevivieron no por campañas de promoción, sino porque tocan una fibra profunda de la experiencia humana: la belleza, el dolor, el amor, la disciplina, la tragedia, la elevación del cuerpo y la voz a un rango casi sagrado.
PERMISO La ópera lleva más de cuatro siglos resistiendo entierros prematuros. El ballet, con siglos de tradición y rigor, ha atravesado cortes, revoluciones, guerras y modernidades sucesivas sin perder su núcleo. Ambos han sobrevivido a imperios, a ideologías, a la radio, al cine, a la televisión, a internet y ahora a la verborrea instantánea de las celebridades. Han resistido porque no dependen de la aprobación del presente. Lo verdaderamente grande no necesita pedir permiso para perdurar.
PEQUEÑEZ Lo más revelador del comentario no es su ignorancia, sino su pequeñez. Solo una cultura degradada puede imaginar que aquello que exige atención, formación, paciencia y sensibilidad está “muerto” simplemente porque no cabe en la velocidad de TikTok. No está muriendo la ópera. No agoniza el ballet. Lo que se pudre es la capacidad contemporánea de contemplar. Lo que se atrofia es el músculo espiritual que permite permanecer en silencio ante una gran obra sin exigirle que, además, entretenga.
PERMANECE Hay que decirlo con claridad: cuando una sociedad empieza a creer que solo vale lo que vende masivamente, ya no está juzgando el arte; está revelando su propia ruina interior. La ópera y el ballet seguirán ahí cuando hayan pasado las modas, los influencers y los ídolos de temporada. No porque alguien los “mantenga vivos”, sino porque pertenecen a esa escasa categoría de obras y disciplinas que no necesitan propaganda para justificar su existencia. El arte no mendiga atención. Permanece. Y a veces, como ahora, su sola permanencia exhibe la vulgaridad de su tiempo.
Hasta mañana.