Por Mario Candia
CUBA Cuba es hoy una de las paradojas más dolorosas del siglo XXI. Una isla rodeada de mar, con clima tropical, tierra fértil y una tradición agrícola que alguna vez alimentó a medio Caribe, hoy enfrenta apagones interminables, escasez de alimentos y una migración masiva que vacía pueblos enteros. No es una caricatura ideológica: es una crisis humana visible en las colas para comprar pan, en los hospitales sin medicamentos y en las balsas que siguen saliendo rumbo a Florida.
EMBARGO Durante décadas, el discurso oficial explicó esa precariedad con una sola palabra: embargo. El llamado “bloqueo” de Estados Unidos se convirtió en el argumento omnipresente para justificar la falta de crecimiento, la escasez de divisas y el deterioro de la vida cotidiana. Sin embargo, reducir la tragedia cubana únicamente a ese factor externo es, cuando menos, una explicación incompleta.
HISTORIA La historia económica demuestra que los países no prosperan únicamente por sus recursos naturales ni por su tamaño territorial. Japón es el ejemplo más contundente. Un archipiélago con menos tierra cultivable que Cuba, devastado por la guerra y marcado por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, logró convertirse en pocas décadas en una potencia industrial. Corea del Sur, que en los años cincuenta era más pobre que muchos países latinoamericanos, hoy es una economía tecnológica de primer nivel.
CENTRALIZADO La diferencia no está en la geografía. Está en las instituciones. Mientras Japón y Corea apostaron por economías abiertas, exportaciones industriales y fuerte inversión tecnológica, Cuba consolidó durante décadas un sistema de control estatal casi absoluto sobre la producción, el comercio y la iniciativa económica. La agricultura quedó atrapada en estructuras burocráticas que desincentivaron la productividad, mientras la pesca y otros sectores estratégicos permanecieron centralizados.
PARADOJA El resultado es una paradoja brutal: una isla rodeada de peces que importa alimentos. Hoy Cuba importa buena parte de lo que consume. Paradójicamente, algunos de esos alimentos provienen incluso de Estados Unidos, el mismo país al que el discurso oficial responsabiliza de todos los males de la isla. La dependencia externa no desapareció con la revolución: simplemente cambió de socios. Primero fue la Unión Soviética; después Venezuela. Cuando esas fuentes de apoyo se debilitaron, la fragilidad estructural de la economía cubana quedó expuesta.
MIGRACIÓN El problema no es solo económico. Es también político. Durante décadas, el sistema penalizó la iniciativa individual y criminalizó buena parte del autoabasto informal que permite sobrevivir en muchas economías caribeñas. Cuando producir, comerciar o pescar fuera del control estatal se vuelve sospechoso, el incentivo natural para generar riqueza simplemente desaparece. Hoy la consecuencia es visible: apagones que paralizan ciudades enteras, inflación que erosiona salarios y una generación joven que ve en la emigración la única salida.
CONTRADICCIÓN Cuba no es pobre por falta de recursos. Es pobre por falta de incentivos. El mar sigue ahí. La tierra también. Pero mientras el sistema económico continúe restringiendo la energía productiva de su propia gente, la isla seguirá atrapada en esa contradicción histórica: un país potencialmente rico administrado como si estuviera condenado a la escasez. Y ninguna narrativa, por poderosa que sea, puede ocultar eternamente esa realidad.
Hasta mañana.