Por Mario Candia
19/3/26
INCENDIO En Dos Bocas no se incendió únicamente un predio. Se incendió una narrativa. Cinco muertos bastaron para hacer visible lo que durante meses —o años— se quiso normalizar: que una refinería puede convivir, sin conflicto, con la vida cotidiana de una comunidad. Que el acero, el gas y los hidrocarburos pueden ser vecinos inofensivos de un salón de clases.
RIESGOS La tragedia no comenzó con el fuego. Comenzó cuando padres de familia denunciaron que sus hijos estudiaban a unos cuantos metros de una instalación industrial. Olores penetrantes, ruido constante, vibraciones y emisiones que, bajo cualquier criterio técnico elemental, encenderían alertas inmediatas. Pero no para el discurso oficial, que optó por minimizar, relativizar y, en última instancia, desestimar el problema.
NEGACIÓN La respuesta institucional fue tan reveladora como inquietante: había que “aprender a convivir”. Convivir con el riesgo, con la incertidumbre, con la negación. En México, cuando el poder decide, la realidad deja de ser un dato y se convierte en un estorbo. La planeación deja de ser técnica para convertirse en narrativa, y la seguridad deja de ser prioridad cuando entra en conflicto con el símbolo político.
TRAGEDIA El incendio de esta semana, con saldo de cinco vidas, no solo expone una posible falla operativa. Exhibe la fragilidad de un modelo que apuesta por imponer proyectos sin resolver su interacción con el entorno. No importa si la causa fue un rayo, un desbordamiento o un error humano; lo verdaderamente relevante es que existían las condiciones para que cualquier incidente escalara a tragedia.
CONTRADICCIÓN Y entonces vino el giro. Después de meses de negar el riesgo, de sostener que no existía peligro alguno, ahora sí se plantea la reubicación de la escuela. No porque los dictámenes hayan cambiado, sino porque la realidad terminó por imponerse de la forma más brutal posible. La contradicción es evidente: si no había riesgo, no habría razón para mover a los estudiantes; si sí lo había, entonces la omisión fue deliberada.
EMBLEMA Dos Bocas no es solo una refinería; es un emblema político. Y como todo emblema, exige coherencia discursiva, aunque la realidad la contradiga. Por eso las advertencias se diluyen, las protestas se descalifican y los riesgos se administran como percepciones. Hasta que dejan de serlo. Porque la realidad, a diferencia del discurso, no se contiene ni se negocia.
ADVERTENCIA Hoy, el fuego obliga a corregir lo que la razón no logró. Pero la corrección llega tarde, como casi siempre: después del daño, después del susto, después de los muertos. Y en ese desfase entre advertencia y reacción se instala la verdadera falla estructural del sistema: la incapacidad —o la negativa— de anticipar. En Dos Bocas, el problema no fue el incendio. Fue la convicción de que nunca iba a ocurrir.
Hasta mañana.