POPOL VUH 345

Por Mario Candia

31/3/26

MAQUILLAJE Hay una vieja tentación en el poder: la de construir realidades alternas a base de discurso. No importa si la economía se estanca, si la inversión titubea o si la violencia se normaliza; mientras la narrativa se mantenga intacta, todo lo demás puede maquillarse. México lleva años atrapado en esa ficción cuidadosamente administrada: un país que, según el relato oficial, avanza con paso firme hacia la justicia social, pero que en los datos duros apenas logra moverse.

DIAGNÓSTICO El reciente análisis de The Economist no es una embestida ideológica ni una pieza de propaganda opositora. Es, más bien, un diagnóstico clínico. Y como todo diagnóstico serio, incomoda. La conclusión es tan simple como devastadora: el problema económico de México no viene de fuera, es en buena medida autoinfligido. No es el entorno global, no es la sombra de Washington, no es el destino. Es el modelo.

CERTIDUMBRE El crecimiento de apenas 0.8% no es un accidente estadístico; es el síntoma visible de una enfermedad más profunda. México tiene, en teoría, todos los elementos para despegar: ubicación estratégica, cercanía con Estados Unidos, una oportunidad histórica con el nearshoring. Y sin embargo, no ocurre. ¿Por qué? Porque el país decidió cambiar certidumbre por lealtad, reglas por ocurrencias y técnica por ideología.

CONTRAPESOS El debilitamiento del Estado de derecho no es una abstracción académica; es una señal concreta para quien invierte. Cuando las reglas pueden cambiar por decreto, cuando los contrapesos se erosionan y cuando la justicia se politiza, el capital —ese actor frío y pragmático— simplemente se va o no llega. No hay discurso que sustituya la certeza jurídica.

FUTURO A esto se suma una política energética que mira más al pasado que al futuro. El empeño por devolverle al Estado el control absoluto de sectores estratégicos puede ser ideológicamente seductor, pero económicamente restrictivo. La inversión privada se retrae, la innovación se frena y el costo lo paga el crecimiento. Pero quizás el punto más revelador no es lo que dice The Economist, sino lo que ocurre después. En redes sociales, su diagnóstico se convierte en caricatura. Se exagera, se deforma, se llena de cifras dudosas, se convierte en munición. Y en ese proceso, se pierde lo más valioso: la oportunidad de discutir en serio.

INSOSTENIBLE Porque México no está en ruinas, pero tampoco está despegando. No es un país colapsado, pero sí uno contenido. Y esa diferencia es crucial. El problema no es que todo esté mal, sino que lo que podría estar mejor, no lo está. Es el costo de gobernar con narrativa en lugar de resultados.  La paradoja es brutal: nunca se habló tanto de justicia social y, al mismo tiempo, nunca fue tan evidente que sin crecimiento sostenido esa justicia es insostenible. Se puede repartir, sí, pero primero hay que producir. Se puede asistir, pero también hay que generar. De lo contrario, el modelo termina siendo un castillo construido sobre arena fiscal.

MEDIOCRIDAD El verdadero riesgo no es el estancamiento, sino acostumbrarse a él. Convertir el bajo crecimiento en normalidad, la precariedad en política pública y la mediocridad en virtud. Porque entonces ya no se trata de un error de gobierno, sino de una renuncia colectiva. México no está condenado. Pero tampoco está avanzando como podría. Y en economía, como en la vida, la diferencia entre avanzar poco y no avanzar lo suficiente… termina siendo la misma: perder el futuro.

Hasta mañana.

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