Por Mario Candia
1/4/26
COLECCIÓN GELMAN La polémica estalló cuando se supo que la Colección Gelman —uno de los acervos privados más importantes del arte moderno mexicano, con obras de Rivera, Kahlo y Orozco— podría salir del país durante años rumbo a Europa. El gobierno intentó contener el incendio con una frase tranquilizadora: “no se va, sólo se exhibe”. Pero la filtración del convenio entre el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), la Fundación Santander y los propietarios de la colección terminó por desmentir la narrativa: no sólo se va, se va con permiso institucional… y con puerta abierta a quedarse.
CONVENIO Hay filtraciones que incomodan. No por lo que inventan, sino por lo que confirman. El convenio entre el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), la Fundación Santander y los propietarios de la Colección Gelman no abre un escándalo nuevo; revela, con precisión quirúrgica, lo que ya se sospechaba: que el Estado mexicano no está defendiendo su patrimonio, lo está administrando para que salga. El documento es claro. No hay ambigüedad jurídica en lo esencial: la colección podrá permanecer fuera del país hasta 2030. Pero lo verdaderamente relevante no es la fecha, sino la cláusula que abre la puerta a lo inevitable: prórrogas “necesarias”. Es decir, el límite no es un límite, es una referencia. Y en política pública, cuando los plazos son flexibles, también lo es la voluntad de hacerlos cumplir.
CERTEZA El argumento oficial insiste en la narrativa tranquilizadora: no se vende, no se pierde, regresará. Pero el propio convenio introduce un lenguaje que contradice esa certeza. Se habla de evitar “retornos periódicos y recurrentes” para no dañar las obras. Traducido: la colección no sólo se va, se va con la intención de no regresar en el corto plazo. La conservación, en este caso, se convierte en coartada logística. Más aún: el INBAL se compromete a facilitar los permisos de exportación temporal y a acompañar las prórrogas necesarias para cumplir los plazos acordados. Es decir, no es un árbitro, es parte operativa del acuerdo. No regula: ejecuta. Y ese matiz, aparentemente técnico, es en realidad profundamente político.
INSTITUCIONAL El documento también confirma otra pieza clave del rompecabezas: la colección sigue siendo privada, pero su gestión está mediada por acuerdos con una institución financiera. Propiedad fragmentada, responsabilidades compartidas, decisiones diluidas. El resultado es un esquema donde nadie parece tener la obligación plena de responder por el interés público. Y ahí es donde el caso deja de ser cultural para convertirse en institucional.
PROTECCIÓN Porque el mandato del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura no es facilitar itinerancias internacionales, sino proteger patrimonio artístico. No se trata de impedir que el arte mexicano viaje —eso ocurre todos los días—, sino de establecer reglas claras, transparentes y proporcionales. Aquí, en cambio, lo que hay es un convenio que normaliza la excepción. La defensa oficial ha optado por el camino más predecible: minimizar. “Se puede ver en otros países”, “nadie se interesó antes”, “es un acuerdo legal”. Argumentos que esquivan lo central: el problema no es la legalidad formal, sino la política pública que se está construyendo a partir de ella.
TRANSPARENCIA Porque si hoy se acepta que una colección con declaratoria de monumento artístico puede salir por años, con prórrogas abiertas y bajo condiciones poco transparentes, mañana será más difícil negarlo en otros casos. No por ley, sino por precedente. Y los precedentes, en instituciones débiles, son más poderosos que cualquier reglamento.
PERCEPCIÓN El convenio filtrado no prueba corrupción, pero sí exhibe algo igual de preocupante: una lógica de gestión donde el Estado se adapta al acuerdo, en lugar de imponer las condiciones del interés público. México no está perdiendo su patrimonio de un día para otro. Está aprendiendo a cederlo, con firma, con sello y con lenguaje técnico. No se está vendiendo el arte. Se está institucionalizando la salida. Y esa diferencia, apenas perceptible en el papel, es abismal en la realidad.
Hasta el lunes.