8/4/26
MITOS Hay ideas que incomodan porque desmontan mitos fundacionales. Durante siglos nos hemos contado la misma historia: la civilización es obra del más fuerte, del líder natural, del macho alfa que impone orden a golpes. Pero la antropología, esa disciplina que escarba en los huesos de lo que fuimos, viene a decir exactamente lo contrario: la humanidad no avanzó gracias al macho dominante, sino a pesar de él.
DOMESTICADOS El antropólogo Richard Wrangham lo plantea con una claridad incómoda: los humanos nos domesticamos eliminando a los machos alfa. No con heroísmos individuales, sino mediante algo más sofisticado y, si se quiere, más inquietante: la conspiración colectiva. Grupos de individuos aparentemente más débiles —los “betas”— aprendieron a organizarse, a comunicarse y, llegado el momento, a neutralizar al abusivo. Así nació el germen de la moral, de la ley y, en última instancia, del Estado.
PODER La civilización, entonces, no es el triunfo del más fuerte. Es el triunfo de los que se hartaron del más fuerte. Pero hay una trampa en esta historia. Porque si bien logramos domesticar la violencia impulsiva —esa que estalla en el arrebato—, nunca renunciamos a la violencia calculada. La transformamos. La hicimos más eficiente, más fría, más burocrática. Dejamos de golpearnos en la cueva para empezar a desaparecer personas con protocolos, a reprimir con instituciones, a administrar el miedo desde el poder.
ARTIFICIAL Y ahí es donde la teoría se vuelve espejo. Porque el macho alfa no desapareció. Se recicló. Hoy no ruge: gobierna. No impone su voluntad con la fuerza bruta, sino con algo mucho más sofisticado: la lealtad organizada, la narrativa, el aparato. Su poder ya no es natural, es artificial. Depende de una coalición que decide, todos los días, sostenerlo.
PERMISO El autoritarismo moderno no es fuerza. Es permiso. México es un caso de estudio incómodo. En un país atravesado por la violencia, las desapariciones y la impunidad, la pregunta no es por qué existen los abusivos —eso es casi antropológico—, sino por qué dejamos de castigarlos. Por qué la coalición social que debería contenerlos se fragmentó, se cansó o, peor aún, se volvió cómplice.
CIVILIZACIÓN Hemos confundido domesticación con civilización. Creímos que contener la violencia individual bastaba, mientras la violencia estructural crecía como humedad en los muros del Estado. Y así, el viejo macho alfa regresó, pero ahora investido de legitimidad, rodeado de aplausos, protegido por narrativas que lo justifican todo.
TOLERANCIA La paradoja es brutal: la misma especie que aprendió a organizarse para derribar al abusivo, hoy parece incapaz de hacerlo. Quizá porque olvidamos el origen. Porque dejamos de conspirar. Porque el problema nunca fue el macho alfa… sino la disposición colectiva a tolerarlo.
Hasta mañana.