POPOL VUH 351

Por Mario Candia

9/4/26

CIEN AÑOS El 7 de abril de 1926 nació en la Ciudad de México Julio Scherer García. Hay periodistas que informan, otros que interpretan y unos pocos, muy pocos, que alteran para siempre la relación entre el poder y la palabra. Don Julio pertenece a esa rarísima estirpe. A cien años de su nacimiento, recordarlo no es un acto de nostalgia gremial ni una reverencia automática al bronce: es una obligación ética en un país donde el poder sigue soñando con una prensa domesticada, arrodillada, obediente, convertida en oficina de trámites de la propaganda. Scherer fue exactamente lo contrario: un periodista que entendió que callar ante el poder no es prudencia, sino complicidad

PROCESO El 8 de julio de 1976, el golpe contra Excélsior —operado desde el poder presidencial de Luis Echeverría Álvarez— no sólo expulsó a un director incómodo: dejó al desnudo el ADN autoritario del régimen. Scherer fue desalojado, pero no derrotado. Apenas unos meses después, en noviembre de 1976, fundó Proceso, y con ello redefinió el periodismo mexicano: menos complaciente, más incisivo, radicalmente incómodo.

DON JULIO “El poder se ejerce, no se explica”, dijo alguna vez. Y él lo entendió mejor que muchos políticos: por eso lo enfrentó. Sin eufemismos. Sin miedo a perder privilegios. Sin esa enfermedad tan extendida hoy: la fascinación por el poder. Porque si algo dejó claro Scherer es que el periodismo no está para ser corte, ni coro, ni eco del gobierno en turno. Y aquí es donde su centenario deja de ser homenaje y se convierte en pregunta incómoda: ¿qué escribiría hoy Don Julio?

HÁBITOS ¿Aplaudiría a la autodenominada Cuarta Transformación? ¿Se sumaría al coro que repite consignas o desmontaría, pieza por pieza, el discurso oficial? La respuesta es casi obvia: Scherer no era propagandista, era periodista. Y el periodista, cuando es de verdad, incomoda al poder, no lo acompaña. Si viviera, probablemente estaría escarbando en las grietas del relato: en la crisis de desapariciones que el Estado no logra contener, en la militarización persistente, en la tentación —cada vez menos disimulada— de descalificar a la prensa crítica desde la tribuna presidencial. Porque el poder cambia de siglas, pero rara vez cambia de hábitos.

EL MAYO Scherer entrevistó a todos: presidentes, criminales, disidentes. Su conversación con Ismael ‘El Mayo’ Zambada no fue una apología del crimen, sino una radiografía brutal del país real, ese que el discurso oficial siempre intenta maquillar. Entendía que para narrar México había que meterse en sus sombras, no sólo en sus boletines.

INCOMODO No era un periodista cómodo. Tampoco era neutral en el sentido tibio del término: tomaba partido, sí, pero por la verdad, por la libertad, por el derecho a incomodar. En tiempos donde abundan medios que negocian su línea editorial a cambio de convenios, contratos o cercanía, Scherer sigue siendo un recordatorio incómodo de lo que se ha perdido. Murió el 7 de enero de 2015. Pero su ausencia no es silencio: es contraste. Cada vez que un periodista se autocensura, cada vez que un medio decide no publicar, cada vez que el poder logra imponer su narrativa sin resistencia, la distancia con Scherer se vuelve abismo.

RIESGOS A cien años de su nacimiento, la pregunta no es si México necesita otro Julio Scherer. La pregunta es más incómoda: ¿queda en el periodismo mexicano alguien dispuesto a pagar el costo de serlo? Porque Don Julio ya nos enseñó algo que hoy parece olvidado: la libertad de expresión no se administra… se ejerce. Y ejercerla, en México, sigue siendo un acto de riesgo.

Hasta mañana.

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp