Por Mario Candia
13/4/26
SISTEMAS Hay fiestas que no celebran cumpleaños, sino sistemas. En Tabasco, una joven —hija de una trabajadora de Petróleos Mexicanos con ingresos mensuales de 38 mil pesos— celebró los 15 años de su hija, como si se tratara de un festival privado de celebridades: en el escenario estuvieron J Balvin, Belinda y el grupo Matute. Autos de lujo, producción desbordada, espectáculo de alto nivel. No fue una fiesta: fue una exhibición de poder económico en clave de impunidad.
MAFIA DEL PODER La pregunta no es moral, es matemática: ¿cómo se paga eso con un salario público? Y más importante aún: ¿quién la permite? Durante años, el discurso dominante fue claro: acabar con la “mafia del poder”, erradicar privilegios, imponer una austeridad casi franciscana. La narrativa fue eficaz, emocionalmente poderosa, políticamente rentable. Pero en los hechos, algo mutó. No desapareció la élite: se recicló.
BURGUESÍA POLÍTICA Hoy asistimos al nacimiento de una nueva burguesía política y empresarial, incubada al calor del poder, alimentada por contratos opacos, asignaciones discrecionales y una preocupante ausencia de controles. Ya no son los apellidos de siempre. Son otros: más jóvenes, más cercanos, más leales… y, paradójicamente, más invisibles.
SÍNTOMAS El fenómeno no es exclusivo de Tabasco. Sería ingenuo pensarlo. En cada estado gobernado por Morena o sus aliados comienzan a repetirse los mismos patrones: proveedores recurrentes que ganan sin competir, empresarios que crecen al ritmo del presupuesto público, funcionarios cuyo nivel de vida desborda cualquier tabulador. No son casos aislados: son síntomas.
FORTUNAS San Luis Potosí no es una excepción. Aquí también circulan historias —cada vez menos discretas— de fortunas súbitas, de negocios que florecen en tiempos récord, de relaciones peligrosamente cercanas entre el poder político y el económico. No se trata aún de nombres propios, sino de una lógica que se instala: la del acceso como principal activo.
EXCESOS La tragedia no es solo económica, es moral. Porque quienes hoy protagonizan estos excesos son, en muchos casos, los mismos que ayer denunciaban la corrupción como si fuera un pecado original exclusivo de sus adversarios. Cambió el discurso, pero no la tentación. Cambiaron los rostros, pero no las prácticas. La austeridad quedó reducida a consigna. El lujo, en cambio, se volvió costumbre… aunque se ejerza en privado.
ÉLITE México no erradicó su élite. La sustituyó. Y en ese relevo incubó algo más peligroso: una clase que no solo concentra poder y riqueza, sino que además se asume moralmente superior, blindada por un relato que ya no admite crítica. Porque cuando la corrupción deja de ser un problema y se convierte en sistema, lo verdaderamente alarmante no es el exceso… es la normalidad. Y eso —aunque se celebre con fuegos artificiales— nunca termina bien.
Hasta mañana.