POPOL VUH 362

Por Mario Candia

24/4/26

EL LENGUAJE Hay una corrupción más profunda que la del dinero. Más silenciosa, más difícil de rastrear. No deja huellas contables ni contratos inflados, pero termina por erosionarlo todo. Es la corrupción del lenguaje, ese deterioro progresivo que no se percibe de inmediato, pero que acaba por deformar la realidad misma. Cuando las palabras se desgastan, el mundo que intentan describir también se descompone.

CRISIS Hoy no solo enfrentamos una crisis de instituciones o de credibilidad política. Lo que está en juego es algo más delicado: la capacidad de nombrar con precisión. El lenguaje, que debería ser herramienta de claridad, se ha convertido en un campo de disputa donde las palabras se estiran, se manipulan o simplemente se vacían de contenido. Se gobierna con palabras, pero también se encubre con ellas.

LÍMITES “Transformación” ya no implica cambio estructural, sino continuidad disfrazada. “Bienestar” dejó de ser una condición verificable para convertirse en una consigna emocional. “Pueblo” funciona más como un símbolo político que como una realidad social concreta. No se trata de un descuido semántico, sino de una operación deliberada: nombrar mal para pensar menos, para cuestionar menos, para aceptar más.Quien define el lenguaje, define los límites de la discusión.

LA PALABRA En ese terreno, la política ha encontrado una zona de confort peligrosa. Los discursos se llenan de palabras grandilocuentes, cargadas de emoción pero pobres en precisión. Se habla mucho, se dice poco. La palabra sustituye al hecho, y el relato desplaza al dato. Lo importante deja de ser lo que ocurre, para centrarse en cómo se narra. Es una forma sofisticada de control.

SIGNIFICADO Cuando todo es “histórico”, nada lo es realmente. Cuando todo es “prioritario”, todo se vuelve irrelevante. Cuando todo se invoca en nombre del “pueblo”, se diluye la responsabilidad individual. Es una inflación del lenguaje donde el exceso termina por anular el significado. Las palabras siguen ahí, pero ya no pesan. Y ese vacío no es inocente.

PRECISIÓN La degradación del lenguaje también tiene un componente cultural. La velocidad de las redes sociales ha impuesto una lógica de inmediatez donde la precisión estorba. Se escribe rápido, se piensa menos, se matiza casi nada. El lenguaje se adapta, sí, pero en ese proceso pierde profundidad. Y cuando el lenguaje se simplifica en exceso, también lo hace la forma en que entendemos el mundo. Ahí está el verdadero riesgo.

CLARIDAD Una sociedad que pierde la capacidad de nombrar con claridad, pierde también la capacidad de comprender. Y cuando la comprensión se debilita, el cuestionamiento desaparece. Lo que queda entonces es una ciudadanía que repite, que consume discurso, que habita una realidad construida desde el lenguaje de otros. No es evolución, es desgaste.

CORRUPCIÓN DEL LENGUAJE La corrupción del lenguaje no se corrige con nuevos términos ni con diccionarios actualizados. Se enfrenta con rigor, con precisión, con la decisión de llamar a las cosas por su nombre, incluso cuando incomoda. Porque en ese acto, aparentemente simple, se juega algo más profundo: la posibilidad de entender —y de confrontar— la realidad. La pregunta queda en el aire, incómoda pero necesaria. Si las palabras ya no significan lo que dicen, entonces ¿qué es exactamente lo que estamos escuchando cuando nos hablan?

Hasta el lunes.

Compartir ésta nota:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp