POPOL VUH 372

Por Mario Candia

18/5/26

LA MARCHA La marcha que Morena convocó en Chihuahua para “defender la soberanía nacional” terminó convirtiéndose en una metáfora perfecta del momento político que vive el oficialismo: mucho aparato, mucha propaganda, mucho discurso incendiario… y cada vez menos capacidad de generar entusiasmo auténtico fuera de los territorios donde el poder federal todavía controla la narrativa. Lo que pretendía ser una demostración de músculo terminó pareciendo un acto de ansiedad política. Un partido intentando convencerse a sí mismo de que sigue siendo invencible.

PERCEPCIÓN Porque las imágenes fueron demoledoras. Mientras Ariadna Montiel y los dirigentes morenistas hablaban de una concentración de veinte mil personas, las tomas aéreas, las estimaciones independientes y hasta la percepción pública dejaron otra impresión: una movilización muy por debajo de las expectativas que el propio oficialismo había construido. La narrativa triunfalista chocó frontalmente con la realidad visual. Y en política moderna, las fotografías pesan más que los discursos.

FRACASO Pero quizá el aspecto más interesante del episodio no es el fracaso de convocatoria, sino la profunda contradicción moral que terminó exhibiendo Morena. Los dirigentes del partido salieron indignados denunciando que el gobierno panista de Chihuahua habría intentado obstaculizar la marcha: bloqueos carreteros, control de accesos, dificultades logísticas, presión institucional, campañas de desacreditación y hasta zanjas abiertas en algunas rutas. Morena se presentó como víctima de un aparato estatal intolerante que quiso minimizar la protesta y controlar el impacto mediático de la movilización.

ZÓCALO El problema es que exactamente eso mismo ha hecho el obradorismo durante años en la Ciudad de México. Lo hicieron cuando las marchas feministas comenzaron a desbordar el discurso oficial. Lo hicieron cuando la oposición llenó el Zócalo. Lo hicieron cuando la generación más joven salió a protestar contra decisiones del gobierno federal. Lo hicieron cada vez que una movilización amenazaba con romper la narrativa de unanimidad que el oficialismo necesita para sostener su hegemonía simbólica.

INFILTRADOS Ahí estaban las vallas metálicas rodeando Palacio Nacional como si el gobierno estuviera sitiando a sus propios ciudadanos. Ahí estaban los accesos cerrados, las movilizaciones paralelas sembradas estratégicamente, los grupos de choque infiltrados, el uso del aparato gubernamental para fragmentar visualmente las plazas públicas y evitar que la imagen de descontento se apoderara del espacio mediático. Eso hicieron. Lo normalizaron. Lo institucionalizaron.

INGENUIDAD Por eso resulta casi cómico observar ahora a Morena escandalizarse porque un gobierno estatal opositor decidió jugar exactamente con las mismas reglas que el oficialismo federal lleva años utilizando. ¿De verdad esperaban que Chihuahua entregara dócilmente la plaza pública para una marcha cuyo objetivo explícito era dinamitar políticamente a su gobernadora? ¿De verdad alguien creyó que el gobierno panista se quedaría cruzado de brazos mientras intentaban instalar la narrativa de “traición a la patria” contra Maru Campos? La ingenuidad en política suele ser una forma de soberbia.

TROPIEZO Y el problema para Morena es que este episodio termina golpeando directamente a sus nuevos operadores políticos. Ariadna Montiel apenas se estrenaba como presidenta nacional del partido y ya cargó con su primer tropiezo visible. La movilización no transmitió fortaleza; transmitió desesperación por demostrarla. No proyectó hegemonía; proyectó necesidad de aparentarla. En lugar de consolidar liderazgo, abrió dudas sobre la verdadera capacidad territorial de la nueva dirigencia.

CARISMA Y por supuesto, el daño alcanza inevitablemente a Andrés Manuel López Beltrán, el célebre “Andy”, cuya operación política lleva meses rodeada de expectativas infladas y resultados mucho más modestos de lo prometido. El apellido López Obrador sigue teniendo peso electoral, pero cada vez parece más claro que el carisma no se hereda, la épica no se decreta y la movilización social auténtica no se fabrica desde oficinas partidistas.

FISURAS La oposición tampoco debería caer en triunfalismos ingenuos. Chihuahua no redefine por sí solo el mapa político nacional. Morena sigue siendo la fuerza dominante del país. Pero sí dejó una señal importante: fuera del ecosistema controlado de las mañaneras, de los programas sociales y de la narrativa presidencial permanente, el oficialismo empieza a mostrar fisuras más visibles. 

MOVIMIENTO Ya no todo lo que toca moviliza multitudes. Ya no toda convocatoria genera entusiasmo automático. Y eso, para un movimiento construido sobre la idea de inevitabilidad histórica, puede ser mucho más peligroso de lo que aparenta. Porque cuando un partido necesita explicar demasiado por qué una marcha “sí fue un éxito”, normalmente es porque las imágenes ya contaron otra historia.

Hasta mañana.

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