Por Mario Candia
20/5/26
URGENCIA México descubrió de pronto que sí podía buscar desaparecidos. Que sí podía instalar mesas de diálogo. Que sí podía abrir canales de negociación con maestros, transportistas, agricultores y colectivos sociales. Que sí había recursos, voluntad política, capacidad operativa y urgencia institucional. Lo extraordinario no es que finalmente lo estén haciendo. Lo verdaderamente brutal es preguntarse por qué tuvo que acercarse un Mundial de futbol para que ocurriera.
ACELERAR Durante años, las madres buscadoras caminaron solas entre fosas clandestinas, desiertos, predios abandonados y oficinas gubernamentales cerradas. Aprendieron a excavar con sus propias manos porque el Estado mexicano decidió administrar su tragedia antes que enfrentarla. Fueron ignoradas, minimizadas, revictimizadas e incluso criminalizadas. Pero ahora que la FIFA, la prensa internacional y millones de turistas pondrán los ojos sobre México, de pronto Gobernación acelera reuniones, fortalece mecanismos de búsqueda y despliega una actividad inédita. Resulta que sí se podía.
ESCÁNDALO La escena retrata con crudeza el verdadero motor del sistema político mexicano: no la justicia, no la empatía, no los derechos humanos, sino el miedo al escándalo internacional. El Mundial de 2026 se convirtió en una gigantesca auditoría global y el gobierno entendió que ya no bastará controlar la narrativa desde la mañanera. Las cámaras del mundo no obedecen líneas editoriales oficiales ni campañas propagandísticas. Y frente a ese riesgo, comenzó la operación maquillaje.
PRESIÓN Porque no solamente se intenta contener el tema de los desaparecidos. También la CNTE endureció presiones advirtiendo protestas durante la justa mundialista. Transportistas y agricultores amagaron igualmente con movilizaciones. Todos entendieron algo fundamental: nunca habían tenido tanto poder de presión como ahora, cuando el gobierno necesita vender la imagen de un país estable, funcional y pacificado.
REFLECTORES El problema es que México no puede esconder eternamente sus heridas bajo una lona mundialista. Puede limpiar avenidas, blindar rutas turísticas y desplegar operativos monumentales, pero debajo del césped recién pintado continúan enterradas las tragedias que el propio Estado permitió crecer durante años. El Mundial no desaparecerá las fosas. No borrará las extorsiones. No reducirá por decreto la violencia ni la crisis forense. Apenas colocará reflectores más intensos sobre ellas.
INDIFERENCIA Y quizá ahí reside la mayor ironía de todas. Las víctimas terminaron entendiendo que en México solamente existe verdadera capacidad de reacción cuando el prestigio internacional está en riesgo. Durante años pidieron ayuda en silencio y encontraron indiferencia. Hoy amenazan con manifestarse frente al escaparate futbolístico más grande del planeta y, de pronto, aparecen mesas, funcionarios, recursos y voluntad. Así funciona la política mexicana contemporánea: el dolor humano rara vez mueve estructuras; la vergüenza internacional, sí.
CRISIS El gobierno quiere que el Mundial sea la consagración de un país moderno, fuerte y transformado. Pero corre el riesgo de que termine exhibiendo exactamente lo contrario: una nación donde las crisis solamente se atienden cuando amenazan con volverse virales frente al mundo.
Hasta mañana.