Por Mario Candia
18/6/26
EL NARANJO Hay personajes que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en la metáfora perfecta de su tiempo. Esta semana le tocó el turno a Rafael Olvera Torres, mejor conocido como “El Peluchín”, alcalde de El Naranjo y militante del Partido Verde Ecologista de México, quien decidió invitar a los padres de familia de su municipio a un festejo por el Día del Padre con una oferta que, al parecer, consideró irresistible: comida, bebida, regalos, sorpresas y, por supuesto, “unas chicas buena onda para que pongan más ambiente en la noche”.
ESSTRATEGIA Y entonces surgen las preguntas inevitables. ¿En qué momento alguien grabó ese video, lo editó, lo revisó, lo aprobó y lo publicó sin que una sola persona levantara la mano para advertir que algo estaba profundamente mal? ¿Nadie en el Ayuntamiento pensó que reducir a las mujeres a un elemento decorativo para animar una fiesta masculina era una idea desafortunada? ¿No existe una dirección de Atención a la Mujer? ¿No hay asesores? ¿No hay regidores? ¿No hay funcionarios capacitados en derechos humanos? ¿O todos escucharon el mensaje, soltaron una carcajada y concluyeron que era una excelente estrategia de comunicación?
ADORNOS Tal vez la pregunta más inquietante sea otra: ¿qué imagen tienen algunos políticos de las mujeres? Porque cuando una autoridad pública anuncia que habrá “chicas buena onda” para poner ambiente, no está describiendo personas, está describiendo accesorios. Está colocando a las mujeres en la misma categoría que la botana, las bebidas, los regalos y las sorpresas. Como si fueran parte del paquete de entretenimiento. Como si su función fuera adornar la fiesta de los hombres. Como si en pleno 2026 todavía estuviéramos atrapados en una caricatura rancia de cantina de carretera.
ENGAÑO Pero no nos engañemos. El problema no es únicamente Rafael Olvera. El problema es el ecosistema político que produce, tolera y premia este tipo de conductas. Porque después los partidos políticos llenan auditorios para hablar de igualdad sustantiva, violencia de género, empoderamiento femenino, nuevas masculinidades y lenguaje incluyente. Después organizan foros, seminarios, capacitaciones y conferencias. Después publican comunicados solemnes condenando cualquier expresión discriminatoria. Y luego aparece uno de sus alcaldes promoviendo un evento oficial con “chicas buena onda” y todo ese discurso se desploma como castillo de naipes.
SALIDA ¿Dónde están las dirigencias partidistas? ¿Van a guardar silencio? ¿Van a justificarlo diciendo que fue una broma? ¿Van a decir que fue sacado de contexto? ¿Van a argumentar que la gente es demasiado sensible? Porque esa suele ser la salida más cómoda: culpar a quienes se indignan en lugar de cuestionar a quien se equivoca.
IRÓNICO Resulta particularmente irónico observar cómo desde ciertos espacios de poder se exige profesionalismo absoluto a periodistas, comunicadores y medios de comunicación. Se pide rigor. Se pide ética. Se pide certificación. Se pide preparación académica. Se pide responsabilidad social. Se pide perspectiva de género. Y todo eso está muy bien. Pero surge una duda legítima: ¿esas mismas exigencias aplican para quienes gobiernan? ¿O basta con ganar una elección para quedar exento de cualquier estándar mínimo de sensibilidad, cultura cívica o sentido común?
VULGARIDAD Porque si de profesionalización hablamos, convendría empezar por casa. Tal vez antes de impartir lecciones a la prensa habría que preguntarse cómo llegan ciertas personas a ocupar cargos públicos. Tal vez habría que revisar qué filtros existen para seleccionar candidatos. Tal vez habría que evaluar si quienes representan a un partido comprenden los valores que supuestamente defienden. O quizá la explicación sea mucho más simple: que el problema no es una desafortunada declaración, sino la vulgaridad convertida en método de gobierno.
BANALIDAD Lo verdaderamente preocupante no es el video. Los videos pasan. Las polémicas se olvidan. Lo preocupante es la banalidad con la que se ejerce el poder. Esa sensación de impunidad que lleva a algunos funcionarios a creer que todo es una ocurrencia, un chiste, una puntada. Esa certeza de que no habrá consecuencias. Esa convicción de que cualquier despropósito será perdonado porque mañana habrá otro escándalo.
Hasta mañana









