El RADAR por Jesús Aguilar.
El domingo parecía una visita más.
Una agenda improvisada. Un cambio de ruta provocado por las protestas de la CNTE en Zacatecas. Una cancha inaugurada. Algunos premios entregados. Fotografías institucionales y regreso a Palacio Nacional.
Pero la política rara vez ocurre en el escenario. La política ocurre en los pasillos.
Y en San Luis Potosí el dato más importante de la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum no fue lo que hizo frente a las cámaras. Fue lo que ocurrió lejos de ellas.
Porque la mandataria llegó de manera sorpresiva, desarrolló una agenda cerrada y sostuvo un encuentro con el gobernador Ricardo Gallardo. Nadie ha explicado a detalle el contenido de esa conversación. Nadie ha dicho cuánto duró. Nadie ha revelado qué se habló realmente.
Sin embargo, cuarenta y ocho horas después comienzan a acomodarse algunas piezas.
La primera apareció a nivel nacional.
El PVEM confirmó que irá en alianza con Morena y el PT en 16 de las 17 gubernaturas que estarán en juego en 2027. Dieciséis sí. Una no.
Y esa excepción tiene nombre y apellido: San Luis Potosí.
La segunda pieza apareció en Morena.
Mientras el Verde mantiene su apuesta de competir solo en San Luis y continúa impulsando la eventual candidatura de la senadora Ruth González Silva, la dirigencia nacional morenista ha endurecido su discurso sobre nepotismo, sucesiones familiares y filtros internos para evitar candidaturas que puedan convertirse en problemas políticos para la presidenta.
La tercera pieza apareció ayer.
En una entrevista que sucedió en un encuentro con periodistas, Rita Ozalia Rodríguez Velázquez no sólo reconoció que conocían desde un día antes la visita presidencial. También admitió que no estuvo presente porque cumplía actividades partidistas y, de paso, dejó abierta la puerta a participar en el proceso de selección de Morena para 2027.
Y entonces surge la pregunta.
Si Morena realmente va a competir solo en San Luis Potosí, ¿quién puede encabezar ese proyecto?
Porque más allá de las legítimas aspiraciones de quienes ya levantaron la mano —Gabino Morales, Cuauhtli Badillo, Luis Emilio Rosas, Darío González, Guillermo Morales y otros actores mencionados en la discusión interna— la nueva lógica nacional parece estar moviéndose hacia perfiles con control político, conocimiento territorial, identidad morenista y bajo nivel de conflicto con Palacio Nacional.
Y bajo esos criterios la lista comienza a reducirse.
Mucho.
Quizá más de lo que algunos quisieran reconocer.
Por eso la pregunta que hoy ronda en los corrillos políticos no es si Morena tendrá candidata.
La pregunta es si la candidata ya está definida en los hechos.
Porque si la Presidencia realmente decidió cerrar la puerta a las sucesiones familiares dentro del movimiento; si San Luis quedó fuera de la gran coalición nacional; si el Verde insiste en competir solo; y si Morena necesita una figura propia con legitimidad interna para enfrentar a la maquinaria gallardista, el nombre de Rita Ozalia empieza a aparecer cada vez con mayor frecuencia en las conversaciones relevantes.
Gerardo Sánchez Zumaya cumple perfectamente con todo lo que no debe ser, perfil agresivo, campaña adelantadísima con recursos de absoluta dudosa procedencia, liga directa con el grupo en jaque en la presión de Estados Unidos a Palacio Nacional que atraviesa por Villahermosa y además cero lealtad al movimiento pues ya busca incluso otros partidos, la narrativa de sus lacayos también ya cambió y ahora guardaron las corbatas guindas para una fiesta de disfraces… Es ya un problema para MORENA y no va a ser su candidato a nada. Si aplican los filtros generales, no podría ser candidato más que a ser llamado a cuentas por un juez.
Y ahí está Rita. Con reconocimiento de casi todos los sectores internos del partido (con verdadero peso), dominio del territorio, identificación de marca y sin cola que le pisen. Así es como puede ya convertirse en la única opción políticamente compatible con las nuevas reglas que están bajando desde la Ciudad de México.
Y ahí es donde la historia adquiere otra dimensión.
Porque este ya no parece un debate sobre quién quiere ser gobernador.
Parece un debate sobre quién puede ser candidato sin entrar en conflicto con el proyecto político de Claudia Sheinbaum.
La visita inesperada del domingo quizá no resolvió nada.
Pero dejó una señal.
Y en política las señales suelen llegar mucho antes que los anuncios.
Por eso la pregunta que comienza a cobrar fuerza es otra.
Después de años construyendo una ruta sucesoria, después de reformas, posicionamientos y estructuras territoriales, ¿Ricardo Gallardo logrará imponer a su candidata o tendrá un alfil secreto, un “rómpase en caso de emergencia”?
O, frente a las nuevas reglas de la Cuarta Transformación, ¿terminará descubriendo que esta vez la última palabra no se pronuncia en San Luis Potosí?
Esa es la pregunta.
Y si las piezas siguen acomodándose como hasta ahora, la respuesta podría llegar mucho antes de 2027.









