Relojes de élite: por qué no cualquiera puede comprarlos

En el universo de la alta relojería, pagar no es suficiente. Aunque el precio puede abrir la puerta, no garantiza el acceso a las piezas más codiciadas. En este sector, lo que realmente pesa es el conocimiento, la relación con las marcas y la credibilidad como coleccionista. Los relojes más exclusivos no se venden a cualquiera: se asignan a quienes entienden su historia, su ingeniería y el valor cultural que representan.

La autenticidad es uno de los temas más delicados dentro de este mercado. Distinguir entre un reloj original y uno falso no siempre es posible a simple vista. Existen piezas que solo pueden verificarse al abrir el mecanismo y revisar el calibre, los números de serie y cada componente interno. Por eso, especialistas como Eric Kogan insisten en que comprar con distribuidores autorizados es fundamental. En el mercado de segunda mano, donde también circulan piezas modificadas o con certificados alterados, el respaldo técnico puede marcar la diferencia entre una inversión segura y un riesgo costoso.

Más allá del aspecto financiero, el reloj de alta gama tiene una carga emocional importante. Puede simbolizar una graduación, una boda o un aniversario, y convertirse en herencia familiar. Para quienes forman parte de este mundo, no se trata solo de adquirir un objeto caro, sino de comprar una historia y un legado.

Eric Kogan, fundador de Kogan Luxury House en la Ciudad de México, lleva más de dos décadas en la industria. Su propuesta es clara: el lujo dejó de ser una simple transacción. Según explica, la mayoría de sus clientes son empresarios y coleccionistas informados que no compran por impulso, sino después de entender el trasfondo técnico y cultural de cada pieza. En este entorno, el reloj no es un trofeo, sino una decisión pensada.

La selectividad es una constante. Firmas como Audemars Piguet o Tudor limitan el acceso a ciertos modelos y buscan conocer el perfil de sus compradores. Otras marcas privilegian a clientes frecuentes y distribuidores con trayectoria. Incluso hay manufacturas que producen apenas unos miles —o decenas— de relojes al año, lo que eleva su exclusividad y valor simbólico.

Las cifras muestran el peso económico del sector. Aunque China fabrica cientos de millones de relojes cada año, el valor del mercado se concentra en Suiza, que domina el segmento de lujo. En 2025, los relojeros suizos registraron ingresos superiores a los 23 mil millones de dólares en piezas de alto valor. Asia concentra casi la mitad de la demanda global, pero México se ha consolidado como el mercado más importante de Latinoamérica, con más de 400 millones de dólares en compras durante ese mismo año.

Kogan Luxury House opera bajo una lógica distinta al comercio tradicional. Ubicada en una casona histórica en Polanco, el espacio funciona como una residencia privada más que como una tienda convencional. No hay campañas masivas de publicidad; el crecimiento llega por recomendación y relaciones de largo plazo. Cada marca cuenta con especialistas que explican la historia y la ingeniería detrás de cada modelo, reforzando la idea de que el conocimiento también forma parte del lujo.

El modelo se basa en la experiencia. Hay salas privadas, espacios diseñados para cada firma y medidas de seguridad integradas al mobiliario. La intención es que el cliente viva un proceso completo, desde el primer contacto hasta la entrega final.

Al final, el mensaje es claro: en la alta relojería el dinero es solo el comienzo. Lo que realmente determina el acceso a las piezas más exclusivas es la reputación, la relación con las casas relojeras y la comprensión profunda de lo que se lleva en la muñeca. En esta “logia del tiempo”, el verdadero estatus no se mide únicamente en cifras, sino en cultura y criterio.

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