Tras casi 12 años, dictan 175 años de prisión a feminicida de Tamuín

Desiree Madrid

Después de 11 años de amparos, reposiciones de procedimiento y audiencias que obligaron a las familias a revivir una y otra vez el dolor, este miércoles se dictó una sentencia de 175 años de prisión contra Filiberto N. por el secuestro, abuso sexual y asesinato de Itzel, de 11 añosDulce María, de nueve; y Eliohenai, de 32 años, en el municipio de Tamuín.

La audiencia se llevó a cabo alrededor de las 11:40 horas en Ciudad Valles. Sin embargo, aún falta justicia para Rosa María Sánchez y Adriana Martínez Campuzano, señaladas como las primeras víctimas vinculadas al mismo agresor.

Desde temprano, familiares de las víctimas se reunieron en las inmediaciones del recinto judicial. Al confirmarse la condena por feminicidio agravado, los abrazos fueron largos, las lágrimas inevitables. No era celebración, era alivio después de una espera que pareció interminable.

“Aunque es justa la sentencia, no nos va a devolver a nuestros seres queridos”, expresaron a las afueras, mientras sostenían fotografías y se acompañaban unos a otros.

Con el grito de “¡Queremos justicia ahora!”, que durante años resonó, las familias recordaron que el camino estuvo marcado por dilaciones y resoluciones que retrasaron el proceso. Cada amparo significó volver a empezar, volver a escuchar peritajes, volver a narrar lo ocurrido. La revictimización fue constante, señalaron, pero nunca dejaron de insistir.

Guadalupe Chávez, padre de Eliohenai, explicó que la medida no repara la pérdida, pero representa un paso importante.

“Es un gran paso de justicia”, dijo ante medios locales de Ciudad Valles y la Huasteca que acudieron al lugar.

Comentó que se les ha informado sobre la posibilidad de una apelación por parte de la defensa, pero mantienen confianza en que la sentencia se sostenga.

La hermana de Eliohenai, con la voz quebrada, relató que la tristeza continúa porque siguen extrañándola todos los días. Frente a cámaras y micrófonos dedicó un mensaje.

“Sé que no me ves, sé que no me escuchas, pero obtuvimos justicia”. Sus palabras fueron acompañadas por el silencio respetuoso de quienes la rodeaban.

También se recordó la constancia del padre de Eliohenai, quien durante años acudió puntualmente a cada diligencia. A sus 76 años, señalaron sus familiares, no dejó de presentarse en el juzgado, convencido de que la perseverancia era la única forma de honrar la memoria de su hija.

Familiares de Dulce María compartieron que, tras más de diez años de espera, sienten que finalmente hubo una respuesta. “Estoy contenta porque se hizo justicia tras más de 10 años”, expresaron.

Su madre dijo que por fin sienten “un poquito de paz”, aunque ninguna familia ha olvidado a su hija y el vacío que dejó en su hogar.

Dulce fue descrita como una niña de cabello chino, piel morena y sonrisa que apenas levantaba su nariz chata cuando se alegraba. Era tímida, dulce y muy observadora. Formaba parte de la banda de guerra de su escuela y tocaba el tambor con disciplina y emoción, como si cada golpe dijera: “Estoy aquí, estoy viva, estoy soñando”. Su familia la recuerda como vida pura.

Itzel, de 11 años, fue evocada con especial ternura. Era una niña muy estudiosa a la que le gustaba profundamente leer. Participó en concursos de lectura y redacción, orgullosa de sus logros. Disfrutaba bailar y cantar, y tenía una habilidad especial para crear pulseras, collares y aretes artesanales. Era creativa y paciente; le gustaba combinar colores y regalar sus piezas a quienes quería.

Soñaba con llegar a la universidad como su hermana mayor y convertirse en policía como su mamá. Hablaba de su futuro con ilusión y determinación. Era dulce y cariñosa con todos, de esas niñas que abrazan sin medida y que encuentran alegría en los pequeños detalles. Su ausencia, dicen sus familiares, se siente en cada rincón de la casa.

Eliohenai, por su parte, fue recordada como una mujer que amaba la vida y lo demostraba con su alegría constante. Le gustaba el baile y la comedia; hacía chistes e imitaba personajes para hacer reír a los demás. Disfrutaba la comida y hacía ejercicio porque se preocupaba por su bienestar. Ayudaba a las personas, ya fuera con apoyo económico dentro de sus posibilidades o simplemente escuchándolas, incluso si no las conocía. Era amable, amorosa y profundamente unida a su familia.

El padre de Eliohenai señaló que los hechos no solo arrebataron la vida de sus hijas y hermana, sino también la tranquilidad del pueblo de Tamuín. La comunidad quedó marcada por el miedo y la indignación. La sentencia, dijeron, devuelve un poco de calma, aunque no borra el dolor.

Colectivos como el Grupo de Acción por los Derechos Humanos y la Justicia Social acompañaron el proceso y difundieron información sobre el caso. Su respaldo fue constante durante los años en que el expediente parecía estancado.

Once años después, la condena de 175 años de prisión representa un reconocimiento legal de la gravedad de los crímenes. No devuelve las risas de Itzel, ni el tambor firme de Dulce, ni la alegría luminosa de Eliohenai, pero para sus familias significa que la lucha persistente, las consignas y la presencia constante en tribunales no fueron en vano. Es, dijeron, un poco de paz en medio de un duelo que no termina.

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