El Radar por Jesús Aguilar X @jesusaguilarslp
En el dominó político mexicano, pocas jugadas son tan humillantes como el zapato.
No basta ganar. Se trata de cerrar la mesa, dejar al adversario sin punto, sin aire, sin explicación inmediata.
Eso ocurrió en Coahuila: el PRI de Manolo Jiménez ganó 16 de 16 distritos frente a Morena, mientras el PAN y Movimiento Ciudadano quedaron reducidos a una presencia casi testimonial, al grado de perder el registro local.
La lectura fácil sería decir que el PRI resucitó.
La lectura cómoda para Morena sería hablar de operación de Estado, compra de votos o viejo régimen.
La lectura más seria obliga a mirar otra cosa: Coahuila no votó como si estuviera dentro del tablero nacional. Votó como un estado con reglas propias, códigos propios, miedos propios, lealtades propias y una maquinaria territorial que no se improvisa en una mañanera ni se desmonta desde una oficina federal.
El dato es brutal: Morena no perdió por poco. No se quedó a un distrito.
No estuvo cerca de romper la hegemonía.
Fue derrotada en todos los frentes.
Y cuando una fuerza nacional con el poder de Palacio Nacional detrás no logra abrir una sola grieta en un Congreso local, la pregunta ya no es solamente qué hizo bien el PRI. La pregunta incómoda es qué entendió Coahuila que otros no están entendiendo.
Manolo Jiménez parece haber leído algo elemental: en política local, la identidad pesa tanto como la ideología. Coahuila no se movió por abstracciones nacionales, sino por una narrativa concreta: estabilidad, seguridad, estructura, cercanía, control territorial.
Puede gustar o no, pero el votante no siempre castiga al poder local cuando siente que ese poder le ofrece orden y atención y mucho OJO, así como una bandera revivida de la 4T es la “soberanía” a estados broncos como Coahuila, les importa la “autonomía”, y por tanto no les gusta que se metan los que llegan “de fuera”. Si no me creen recuerden que hasta el chilangosqueño mega junior de la cuatroté Andy el implacable andaba metidísimo, hasta que lo sacaron, al parecer, demasiado tarde.
No podemos olvidar que en estados marcados por la memoria de la violencia, la palabra “orden” no suena burocrática: suena vital.
Morena, en cambio, llegó con la potencia de una marca nacional, pero no necesariamente con la profundidad de una comunidad política local. Esa es una diferencia enorme. Una cosa es tener presidenta, programas sociales, narrativa nacional y maquinaria electoral federalizada.
Otra muy distinta es tener operadores de colonia, liderazgos intermedios, vínculos municipales, estructura seccional, memoria de agravios y códigos emocionales del territorio.
Coahuila demostró que la ola nacional no siempre rompe los diques locales. Sobre todo cuando esos diques fueron construidos durante décadas.
También queda una sospecha política que debe plantearse con cuidado: ¿de verdad toda la 4T quiso ganar Coahuila?
¿O hubo sectores del poder nacional que, por cálculo, conveniencia o equilibrio, prefirieron no dinamitar por completo uno de los últimos bastiones priistas?
La política mexicana rara vez se juega en línea recta. A veces los adversarios se combaten en público y se administran en privado. A veces conviene dejar vivo a un rival si ese rival contiene a otro, estabiliza una región o sirve como contrapeso funcional en el tablero nacional.
No hay que afirmar sin pruebas que Morena ayudó al PRI, pero si cabe la duda razonable que implica ¿si lo “ayudaron” otros?. Pero sí es válido preguntar si todo Morena jugó contra Manolo Jiménez con la misma intensidad. Porque una cosa es la retórica del obradorismo duro, que ve en el PRI al símbolo de todo lo que debe desaparecer, y otra muy distinta son los acuerdos, omisiones, silencios y cálculos de quienes entienden que el poder también se preserva administrando excepciones.
Coahuila tiene casi 3.5 millones de habitantes y un padrón de casi 2.5 millones y su situación puede ser muchas cosas al mismo tiempo: un triunfo priista auténtico, una operación territorial implacable, una derrota morenista por falta de arraigo, una advertencia para la oposición nacional y un recordatorio para la 4T de que no todos los estados se conquistan desde el centro.
Para los más pragmáticos puede ser una “ratificación de mandato” de Jimenez, cuando hay que observar que esta es una elección intermedia local, es decir, estamos justo a la mitad del sexenio del priísta y como pasó en 2024 en San Luis Potosí, el gobierno verde se llevó casi el carro copmleto.
Pero cuidao con importar mecánicamente la lección.
Coahuila no es San Luis Potosí. No es Nuevo León. No es Jalisco. No es Veracruz. Cada estado tiene su gramática. En unos manda la estructura partidista; en otros, la figura personal. En unos pesa la seguridad; en otros, el hartazgo. En unos funciona la marca nacional; en otros, el apellido local. En unos gana quien trae más votos; en otros, quien entiende mejor el miedo, la esperanza o la costumbre.
La gran enseñanza de Coahuila no es que el PRI pueda ganarle a Morena en todas partes. Tampoco que Morena sea invencible salvo en territorios excepcionales.
La enseñanza es más fina: la política local sigue existiendo. Y quien no la entienda, pierde aunque traiga encima toda la fuerza de una marca nacional.
El zapato de Coahuila no sólo dejó a Morena en cero. También dejó una advertencia para todos: ninguna elección se gana únicamente con ideología, encuesta o discurso nacional. Se gana con territorio, estructura, narrativa y conocimiento íntimo de la sociedad que se pretende gobernar.
La pregunta de fondo no es si Coahuila es el inicio de una rebelión priista.
La pregunta es más incómoda:
¿Quién va a entender el código de lo que viene en el estado potosino?
La lección de Coahuila es clara, no hay reglas que apliquen para todos, ni matemática electoral única.
El que averigüe y descifre los códigos reales de cada espacio gana porque lo que viene en San Luis Potosí, es una extraña carrera de obstáculos, en campo minado, excesos visibles, cachirules y una incomodísima ruta cuesta arriba, aún para los verdes a pesar de que fingan no quererla ver.









