El Radar por Jesús Aguilar
La fotografía política de San Luis Potosí tiene una rareza que pocas veces aparece con tanta claridad en los estados: el hombre que mejor convive con el poder dominante es, al mismo tiempo, el único que realmente podría disputárselo.
Ese es el caso del alcalde reelecto Enrique Galindo.
No porque el PAN haya construido durante años una figura impecable rumbo al 2027,cómo lo apuntó a la perfección mi maestra Adriana Ochoa en su última Cábala.
No porque exista una oposición sólida, articulada y con narrativa dominante. Mucho menos porque el alcalde capitalino transite un camino cómodo. Su posición actual nace justamente de lo contrario: de navegar en medio de contradicciones que a muchos ya habrían hundido.
Gobernar la capital potosina en tiempos del gallardismo exige algo más complejo que administrar calles, agua, seguridad o alumbrado. Exige entender una regla no escrita de la política mexicana contemporánea: sobrevivir sin desaparecer.
Y Galindo ha logrado exactamente eso. Incluso Gallardo lo sabe y por eso han podido, a pesar de los fuegos artificiales transitar.
La declaración reciente de la dirigencia estatal panista funciona más como síntoma político que como simple postura partidista. El PAN reiteró su respaldo al alcalde capitalino y sostuvo que en 2027 competirá solo. La frase parece rutinaria, pero debajo de ella se esconde un reconocimiento tácito: hoy, fuera de Enrique Galindo, Acción Nacional no tiene otro perfil con volumen real para disputar el poder estatal.
No lo tuvo en la capital con buenos resultados desde Jorge Lozano cuando compitió en 2006, hace 20 años y no lo ha tenido desde Marcelo de los Santos en la gubernatura.
La “nueva lógica” del PAN de Jorge Romero, ya había “tenido” que suceder acá, desde hace tiempo y conlleva muchas más complejidades que las que se ven en la superficie.
El problema para el PAN es que su principal activo no es completamente suyo.
Galindo nunca ha sido un panista tradicional. Su origen institucional, su tránsito priista, su perfil técnico-policial y su construcción propia (sin un padrino local formal), lo colocan en una categoría distinta: la del político híbrido. Y eso, en el México actual, puede ser una fortaleza o una condena.
Porque los tiempos donde los partidos fabricaban liderazgos monolíticos prácticamente terminaron.
El politólogo Mauricio Merino advirtió desde hace años que los partidos mexicanos comenzaron a perder capacidad de representación cuando dejaron de construir identidades colectivas sólidas y empezaron a depender de figuras capaces de conectar más allá de las siglas. “Los partidos ya no producen ciudadanía; producen candidaturas”, escribió al analizar el deterioro de la confianza política en México. Y Galindo encaja exactamente en esa lógica contemporánea: un personaje que pesa más por su viabilidad pública que por su pureza partidista.
Ahí radica su potencia.
Pero también su enorme complejidad.
Desde hace casi tres años ha tenido que caminar una línea peligrosísima: colaborar institucionalmente con Ricardo Gallardo sin ser absorbido políticamente por él; mantener gobernabilidad metropolitana sin entrar a una guerra suicida con el Ejecutivo estatal; y conservar perfil opositor sin convertirse en un dirigente estridente de redes sociales.
No es casualidad que muchos sectores anti-gallardistas a veces lo consideren demasiado prudente, mientras ciertos grupos oficialistas todavía lo observan como el único actor con capacidad territorial suficiente para competirles.
Eso convierte a Galindo en algo peculiar dentro del tablero potosino: una figura incómoda para todos, pero necesaria para muchos.
El académico y analista José Woldenberg suele repetir que en democracia “los contrapesos no siempre nacen desde la confrontación frontal, sino desde la existencia de espacios autónomos de poder”. La capital potosina hoy representa justamente eso: un territorio institucional que no pertenece por completo al proyecto estatal y que, por lo tanto, se convierte automáticamente en referencia opositora.
La historia política mexicana está llena de personajes que confundieron oposición con confrontación permanente. Terminaron convertidos en comentaristas del poder, no en alternativas reales de gobierno. Galindo parece haber entendido otra lógica: el poder estatal no se derrota solamente denunciándolo; primero hay que resistirlo, administrarlo y sobrevivirle.
Ya habrá tiempos de subirse al ring directo y sin piedad, y debe estar listo para dar y recibir lo que de una pelea de campeonato mundial se espera, pero hoy debe transitar y entender que lo que sucede, de muchas formas lo “vacuna”.
Por eso su principal atributo hoy no es la popularidad. Es la permanencia.
Mientras Morena en San Luis todavía depende de acomodos nacionales, mientras el PRI vive una lenta evaporación territorial y mientras el Verde construye una maquinaria cada vez más compacta alrededor del gobernador y de Ruth González, Galindo sigue ocupando el mismo espacio: el del único liderazgo opositor con estructura administrativa real, exposición diaria y capacidad de interlocución transversal.
Eso explica por qué el PAN lo necesita incluso más de lo que él necesita al PAN.
Porque el alcalde capitalino sí tiene una plataforma visible. El partido, en cambio, todavía no logra reconstruir una narrativa estatal competitiva por sí misma.
El sociólogo y analista político Roger Bartra definía este tipo de fenómenos como “liderazgos de sustitución”: figuras que emergen cuando las estructuras partidistas dejan vacíos emocionales y operativos que alguien tiene que llenar. No necesariamente representan una doctrina clara; representan viabilidad.
Y aunque el voto duro del PAN en San Luis es una realidad incontrovertible, el partido está desdibujado y fuera de Rubén Guajardo y un par de posiciones más, el tema está entre podrido y oxidado.
Así que el desafío hacia adelante será brutal.
Galindo tendrá que dejar de ser únicamente un administrador eficiente de la capital para convertirse en una idea política estatal. Y eso implica modificar el tamaño de su discurso.
Un candidato a gobernador no puede vivir solamente de la obra pública, de la agenda cultural o de los servicios municipales. Necesita representar emocionalmente algo más profundo: estabilidad, equilibrio, capacidad de mando y visión de estado.
En otras palabras: pasar de alcalde a símbolo.
Ahí empieza la verdadera prueba.
Porque enfrentará una narrativa oficial muy poderosa: la del gallardismo como movimiento dominante, territorial y popular. Y ante eso no bastará con el anti-gallardismo clásico, que muchas veces se reduce a círculos políticos, empresariales o mediáticos.
Galindo tendrá que construir algo mucho más sofisticado: una alternativa creíble de gobierno que no huela a restauración del viejo régimen ni a salto al vacío.
El historiador y ensayista Héctor Aguilar Camín ha explicado que los electores mexicanos suelen castigar dos extremos: “la arrogancia del poder absoluto y la nostalgia vacía de la oposición”. Justamente ahí se moverá la candidatura que eventualmente represente Galindodebe evitar parecer continuidad disfrazada y no convertirse en una oposición anclada únicamente en el resentimiento político.
Esa será su batalla más difícil.
No romper con Gallardo demasiado pronto para no parecer irresponsable.
No acercarse demasiado para no parecer subordinado.
No depender totalmente del PAN para no encogerse.
No alejarse del PAN para no quedarse sin estructura.
Es una ecuación extremadamente delicada.
Quizá por eso su historia política empieza a parecerse menos a la de un candidato tradicional y más a la de un sobreviviente profesional del sistema mexicano.
Y a veces, en política, sobrevivir ya es una forma de poder.