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A diez años de violencia en Irak

Plan de ataque, del famoso reportero Bob Woodward, el gobierno de Bush comenzó a planear la guerra contra Irak desde diciembre de 2001 sobre tres asunciones importantes: que Irak había apoyado a Al-Qaeda, que pese a su derrota y condiciones impuestas diez años antes había reanudado sus programas de armas de destrucción masiva y que el dictador Saddam Hussein sólo podría ser depuesto por la fuerza. El apoyo a Al-Qaeda fue rápidamente desechado: Saddam Hussein tenía pésimas relaciones con los fundamentalistas religiosos; un año de intensas búsquedas de armas de destrucción masiva no arrojó más que pistas falsas y un constante debate entre portavoces de Estados Unidos y técnicos de Naciones Unidas. La fragilidad del gobierno de Saddam Hussein sería comprobada con rapidez. Para la izquierda, el periodo que transcurrió entre diciembre de 2001 y marzo de 2003 sería lo que la revista mensual Mother Jones definió simplemente como “mentira tras mentira”, y de hecho varios ex funcionarios estadunidenses, incluso el entonces secretario de Estado Colin Powell, se sintió “quemado” por haber presentado al mundo, en un famoso discurso ante Naciones Unidas el 20 de febrero de 2003, un alegato por la guerra basado en información falsa. Para la derecha, ese periodo no se trataba tanto de si era cierto o no, sino de una necesidad real de eliminar a un régimen dictatorial que veían como un peligro regional. Además, alguien tenía que pagar los “platos rotos” el 11 de septiembre de 2001 y Al-Qaeda y el Talibán decidieron evitar un choque frontal con Estados Unidos, pero en cambio se refugiaron en la complicada orografía de esa región. Irak y el despótico régimen de Saddam Hussein eran además los villanos favoritos de los estadunidenses. Las actitudes norteamericanas eran reforzadas no sólo por los propios prejuicios de su gobierno, donde un equipo de “halcones” encabezados por el vicepresidente Dick Cheney parecía empeñado en lanzar al poderío militar estadunidense contra Irak. Su deseo era complementado con información que en alguna medida les suministraba un informante iraquí, Ahmed Chalabi, que se convirtió también en una fuente de información para Judith Miller, una reportera de asuntos de seguridad nacional de The New York Times, que a lo largo de 2002 publicó varios reportes sobre la existencia de armas de destrucción masiva, usados luego por el gobierno Bush como corroboración de su propia información. Sobre la base de su propia convicción, información de inteligencia que sólo a veces contradecía su propias creencias y la disposición a acusar a disidentes como traidores, cobardes a sueldo de Saddam Hussein, el gobierno de Bush construyó un caso que convenció a los estadunidenses y le sirvió como base para convencer a casi medio centenar de gobiernos para crear lo que llamó la “Coalición de los Dispuestos” (Coalition of the Willing): pero sólo tres de esos países –Gran Bretaña, Australia y Polonia– contribuyeron con tropas de combate y 37 enviaron un número simbólico de soldados. Pero la ofensiva de Bush fracasó en dos instancias importantes para él: México y Chile, que entonces eran miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. En el caso chileno, el presidente Ricardo Lagos rechazó presiones estadunidenses, británicas y españolas y sus sucesores los conocen como “el estadista”. En el caso mexicano, el presidente Vicente Fox señaló por un lado que los recursos diplomáticos no habían sido agotados y luego evitó responder llamados del presidente Bush, con el que hasta ese momento había tenido una muy cercana relación. Diez años después de la guerra, la sensación de que fue algo inútil y hasta contraproducente es creciente en Irak, que sufrió y sufre enormes pérdidas en lo humano y lo económico, y en Estados Unidos que sigue pagando costos en todos los sentidos. Y si Irak ha acumulado más de un millón 455 mil muertos, según reportes no oficiales, Estados Unidos bien podría atribuir a esa guerra en particular cuatro mil 488 soldados muertos en combate, pero más de cien mil heridos y más de un millón de millones de dólares en pérdidas acumuladas a cuenta del déficit financiero nacional y de la crisis financiera iniciada en 2007 que apenas parece comenzar a ceder. La cuenta de la guerra no ha terminado de aumentar en lo económico, lo social ni lo político para Irak o Estados Unidos. La guerra como tal fue lo que los expertos califican como una “guerra de opción”, es decir, no necesaria, aunque bien podría alegarse que en 2001-2003 no parecía así. Pero diez años después es evidente que no valió la pena, dice Richard Haas, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York y entonces presidente de la Junta de Planeación del Departamento de Estado. De hecho, un reciente reporte de la Universidad de Brown titulado Los costos de la guerra precisó que la invasión a Irak causó 190 mil muertos y costará al final más de 2.2 millones de millones de dólares si se incluye el costo del cuidado a los veteranos Y es que son más de dos millones de estadunidenses, miembros del ejército regular o reservistas y Guardia Nacional los que han pasado por Irak; se estima que más de 300 mil de ellos han pedido o pedirán algún tipo de apoyo médico, con lo que el costo de la guerra durará mas años de lo que pueda creerse. Hace diez años, el presidente George W. Bush afirmaba que el conflicto costaría 50 mil o 60 mil millones de dólares. La predicción forma parte de un caso en el que difícilmente alguien cree ahora, sin importar qué tan convencidos estuvieran hace diez años y contribuye al aislamiento del ex mandatario, que se deja ver poco. De hecho, el nombre Bush quedó tan golpeado que su hermano Jeb, que fue un popular gobernador de Florida visto como el candidato presidencial republicano ideal, debió dejar pasar la oportunidad en 2008 y 2012 y tal vez busque la candidatura en 2016. La impopularidad de Bush, tanto por la guerra como por la crisis económica declarada en 2008, fue importante para la elección del demócrata Barack Obama, el primer afroestadunidense en llegar al puesto y que en 2003 era un activista comunitario opuesto a la guerra en Chicago. Al mismo tiempo, pese a que las tropas estadunidenses dejaron Irak el año pasado, la relación de Estados Unidos con la región no han mejorado: Si Irak era antes de 2002 un territorio no necesariamente abierto a Al-Qaeda, ahora lo es al menos en parte. El férreo control que Saddam Hussein tenía sobre su país limitaba las posibilidades de un movimiento religioso. De acuerdo con Stephen Hadley, quien fuera consejero adjunto de Seguridad Nacional de Bush en su primer mandato y consejero en el segundo, en 2008 se estimaba que había unos 15 mil combatientes de Al-Qaeda, y su presencia ha sido notada en áreas donde antes eran privilegiados los sunitas –vistos como pro Saddam– y donde ahora los chiítas tienen la mano superior. Diez años después de la invasión liderada por Estados Unidos, Irak es todavía un país quebrantado y si bien su gobierno es electo democráticamente, es universalmente visto como disfuncional. Y muchos de sus problemas son herencia directa de la ocupación estadunidense. Al cumplirse diez años de la invasión de Estados Unidos a Irak, las armas de destrucción masiva que fueron el motivo declarado siguen sin aparecer y de hecho ahora hasta algunos cercanos al entonces presidente Bush, como Hadley, se preguntan qué hubiera pasado si hubiesen sido más escépticos. “Nadie de la comunidad de (servicios de) inteligencia (espionaje y análisis) o de cualquier otro lado vino y preguntó ‘¿y qué si Saddam hace todo este engaño porque ya se deshizo de las armas de destrucción masiva pero no quiere que los iraníes lo sepan? Alguien debió haber preguntado eso. Yo debí haberlo hecho.” Pero la realidad es que hace diez años plantear objeciones hubiera sido el final de la carrera política o burocrática ante un ambiente que era literalmente de linchamiento social para quien no estuviera de acuerdo. Hoy muchos hablan del papel de los medios, pero pocos, si acaso, estaban ahí. (Con información de José Carreño Figueras)   http://www.excelsior.com.mx/global/2013/03/19/889659]]>

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