EL ESTRECHO… Y AMENAZANTE VÍNCULO CON WASHINGTON

El Radar por Jesús Aguilar

Cuando Donald Trump termina una pelea, suele empezar a buscar la siguiente.

Esta semana habló de Irán. Pero entre líneas volvió a hablar de México.

No fue un comentario aislado. Tampoco una ocurrencia de campaña. Fue otra pieza de un discurso que lleva años construyendo y que hoy parece tomar una forma más definida: presentar a México no como un socio incómodo, sino como un problema de seguridad para Estados Unidos.

La diferencia parece semántica.

No lo es.

Las palabras importan. Sobre todo cuando salen de la boca del hombre más poderoso del mundo.

Durante décadas, Washington vio a México como un vecino complejo. A veces molesto. A veces indispensable. Pero vecino al fin.

Trump está intentando otra cosa.

Convertirlo en amenaza.

No es casualidad que ocurra justo ahora.

La tensión con Irán ocupó durante meses buena parte de la atención internacional. La posibilidad de un conflicto mayor, el riesgo para los mercados energéticos, el cierre del estrecho de Ormuz, la incertidumbre global. Hoy el escenario parece entrar en otra etapa y la política estadounidense vuelve a mirar hacia donde siempre termina mirando: hacia adentro.

Y cuando Estados Unidos mira hacia adentro, inevitablemente termina mirando hacia México.

Porque el fentanilo cruza por México.

Porque la migración cruza por México.

Porque los cárteles operan en México.

Porque políticamente resulta rentable hablar de México.

Trump lo entiende perfectamente.

Por eso no habla de una estrategia binacional. No habla de cooperación. No habla de corresponsabilidad en el consumo de drogas o en el tráfico de armas.

Habla de cárteles.

Habla de control territorial.

Habla de un gobierno rebasado.

Habla de un vecino incapaz de resolver sus propios problemas.

Es un relato diseñado para una audiencia muy específica: el votante estadounidense.

Y hay que reconocer algo incómodo.

No es un relato construido completamente desde la ficción.

México puede discutir el tono, la intención o la oportunidad política de Trump. Lo que resulta mucho más difícil es negar que existen regiones donde el Estado perdió presencia, carreteras donde manda el crimen organizado y actividades económicas enteras condicionadas por grupos criminales.

Ese es el terreno más peligroso.

Porque las exageraciones son fáciles de desmontar.

Las verdades incómodas no.

La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta aquí uno de sus desafíos más delicados.

No se trata solamente de defender la soberanía nacional.

Eso es relativamente sencillo desde el discurso.

Lo complejo es defenderla mientras se corrigen las razones que permiten a otros cuestionarla.

Porque cada homicidio de alto impacto, cada municipio capturado, cada autoridad infiltrada y cada expediente congelado terminan convirtiéndose en munición para quienes buscan justificar una mayor presión desde Washington.

Y presión no significa necesariamente soldados.

La imaginación mexicana suele brincar de inmediato a los marines cruzando la frontera.

La realidad suele ser mucho más sofisticada.

Presión financiera.

Presión comercial.

Presión diplomática.

Presión tecnológica.

Presión judicial.

Presión de inteligencia.

Herramientas que Estados Unidos conoce bien y utiliza mejor.

La historia demuestra que Washington rara vez empieza sus ofensivas moviendo tanques.

Empieza moviendo conceptos.

El verdadero riesgo no es una intervención espectacular.

El verdadero riesgo es algo mucho más silencioso: que la élite política estadounidense, republicanos y demócratas por igual, termine aceptando como un hecho que México representa una amenaza para su seguridad nacional.

Una vez que una idea alcanza ese nivel de consenso, las consecuencias llegan tarde o temprano.

No importa quién ocupe la Casa Blanca.

El símbolo de estos días ha sido el estrecho de Ormuz.

Un paso angosto por el que circula buena parte de la energía del planeta.

Pero para México existe otro estrecho.

Mucho más cercano.

Mucho más importante.

El que nos conecta con Washington.

Por ahí pasan nuestras exportaciones, nuestras inversiones, millones de empleos y buena parte de nuestra estabilidad económica.

También por ahí pasan los humores políticos de Estados Unidos.

Y esos humores comienzan a cambiar.

Quizá por eso la pregunta relevante ya no es si Trump exagera.

Trump exagera por naturaleza.

La pregunta es otra.

¿Estamos haciendo algo para que sus exageraciones encuentren cada vez menos argumentos donde sostenerse?

Las amenazas más serias casi nunca llegan gritando.

Primero aparecen como discurso.

Después se convierten en consenso.

Y cuando finalmente se transforman en política pública, generalmente ya es demasiado tarde para fingir sorpresa.