La velocidad selectiva del Congreso. Cuando unas causas esperan y otras avanzan.

LA VERDAD Y EL CAMINO

POR: Aquiles Galan

Hay algo profundamente revelador en la forma en que un Congreso decide qué iniciativa merece prisa y cuál merece olvido. En San Luis Potosí, la llamada Ley Hope —una propuesta ciudadana para endurecer la protección contra el maltrato animal— sigue sin aterrizar del todo en una decisión de fondo, pese a que ha sido impulsada por colectivos y retomada en la agenda pública como respuesta a una exigencia real: que los animales domésticos y callejeros no sigan condenados a la indiferencia institucional. La propuesta busca aumentar penas, multas y agravantes en casos de crueldad extrema, pero hasta finales de mayo de 2026 seguía atorada en el trámite legislativo.

Eso, por sí solo, ya dice mucho. Porque cuando una causa nace desde la ciudadanía, desde la empatía más básica y desde la idea de dignidad para seres vulnerables, el sistema suele responder con lentitud, con tecnicismos o con la vieja costumbre de “darle el avión”. Pero cuando el poder encuentra una herramienta útil para controlar, castigar o exhibir, entonces sí aparece la velocidad, la sesión de urgencia y la redacción expedita. Ese contraste no es accidental: es la radiografía de un Congreso que muchas veces parece más atento al cálculo político que a la construcción de justicia.

La discusión sobre la Ley Hope no es menor. En el fondo, plantea una pregunta elemental: ¿de qué sirve reconocer un problema si el Estado no le da forma efectiva de solución? San Luis Potosí ya cuenta con disposiciones penales sobre maltrato animal, pero la propia existencia de una iniciativa como Hope demuestra que la realidad le quedó grande a la norma vigente. La exigencia social no es simbólica; es concreta. Se pide que el Estado deje de tolerar la crueldad y deje de tratar la protección animal como un asunto secundario.

Ahora bien, el contraste con la llamada ley de inteligencia artificial —popularmente señalada como Ley Serrano— es brutal. Esa reforma sí avanzó y sí entró al terreno penal, con tipos que sancionan el uso de IA para suplantar identidad, alterar imagen, generar contenido íntimo sin consentimiento y hasta producir afectaciones institucionales. El problema es que su redacción ha sido duramente cuestionada por organizaciones como ARTICLE 19 por su potencial efecto inhibidor sobre el periodismo, la crítica y la libertad de expresión.

 

Y el problema dejó de ser teórico. El 21 de mayo de 2026 fueron detenidas personas comunicadoras y creadoras de contenido en San Luis Potosí; entre ellas, Christian Herrera, quien recuperó su libertad el 20 de junio tras una suspensión condicional del proceso por presunta usurpación de funciones públicas. ARTICLE 19 documentó el caso como parte de un patrón preocupante de uso abusivo del derecho penal frente a voces críticas.

Ahí está la herida institucional. Una cosa es legislar para proteger derechos; otra muy distinta es construir normas tan vagas o tan maleables que terminan convirtiéndose en una herramienta de intimidación. Cuando una ley nace con redacción pobre, ambigua o sobredimensionada, el ciudadano no queda protegido: queda expuesto. Y cuando esa ley cae en manos de autoridades con ánimo de castigo, lo que se castiga no es solo una conducta, sino también el disenso.

Por eso la comparación entre Hope y la ley de IA no es forzada. Ambas nos hablan del mismo problema, aunque desde sentidos opuestos. Una iniciativa ciudadana con vocación humanista se enfría en el proceso legislativo. Una reforma punitiva con riesgos claros se aprueba y se ejecuta. En una orilla, la compasión espera; en la otra, el poder actúa. Y eso dice mucho más del Congreso que cualquier discurso sobre modernización o cercanía con la gente.

Si uno mira esto desde una perspectiva republicana, la decepción es todavía mayor. Un poder legislativo de verdad no está para obedecer impulsos del Ejecutivo, ni para servir de caja de resonancia de intereses coyunturales. Está para equilibrar, deliberar, corregir y poner límites. Cuando eso no ocurre, cuando el Congreso se vuelve un órgano que figura más de lo que representa, entonces deja de ser contrapeso y empieza a parecer comparsa.

La ciudadanía no necesita un parlamento ornamental. Necesita un Congreso capaz de distinguir entre la urgencia social y el oportunismo político; entre una ley que protege vidas y una ley que puede usarse para frenar voces. Necesita un sistema donde la compasión no sea postergada y donde el castigo no sea una excusa para la arbitrariedad.

Porque al final, el verdadero problema no es solo que una iniciativa tarde en pasar de la mesa a la ejecución. El problema es que, mientras unas causas esperan, otras se usan como garrote. Y un Congreso que actúa así no legisla para la comunidad: administra el poder. Y eso, en cualquier democracia, es una señal de alarma.

Bonito día…