Los migrantes y los caminos de Tamaulipas

Uncategorized

El pasado 6 de junio el Ejército mexicano rescató a 165 migrantes centroamericanos y mexicanos secuestrados en el municipio de Gustavo Díaz Ordaz, Tamaulipas.

En este contexto, expongo el testimonio inédito de una de las víctimas de los secuestros ocurridos en ese estado en el primer trimestre de 2011, días antes de que fueran descubiertas las fosas clandestinas en San Fernando. El relato ilustra la crueldad con que operan los narcotraficantes y muestra que los propósitos del secuestro son diversos. La historia de Kes la siguiente:

Junto con dos primos, salió a las cinco de la tarde del 25 de marzo de 2011 de un municipio del suroeste del Estado de México. Los tres iban ilusionados, porque el autobús en el que viajaban iba directo a Reynosa. Una ruta de autobús como hecha especialmente para ellos, los migrantes. Eran más o menos 30 pasajeros.

En las primeras horas del 26 de marzo el autobús se detuvo a las afueras de San Fernando, Tamaulipas. Ahí subieron tres hombres armados. Obligaron a los pasajeros a identificarse. “¿Adónde vas?”, preguntaban. Bajaron a los varones; a las mujeres y a los niños los dejaron continuar el viaje. Se quedaron una veintena de mexicanos y tres guatemaltecos. Les quitaron carteras y celulares. A K lo subieron con otros ocho a una camioneta roja. “Quién sabe qué pasó con los otros. No volví a verlos.” Luego de un trayecto de 15 minutos, llegaron a una casa amarilla, donde había más de 40 hombres armados, quienes, sin motivo, los golpearon con palos y luego los amarraron. “Entonces hubo algo así como una alerta”. Los hombres armados se movilizaron. Estaban a punto de subirlos a otra camioneta, amarrados, cuando algo sucedió. K no sabe la razón, pero a uno de sus primos, José, le metieron tres balazos. Los subieron al vehículo, incluso a José, sin vida. Los arrojaron unos sobre otros. El recorrido fue un infierno. El cadáver de José se desangró sobre ellos. Al final del recorrido descubrieron que uno murió asfixiado.

Al anochecer los llevaron al monte, los bajaron amarrados de manos y cuello: “Allí se puso más dura la tortura. Nos golpearon para que dijéramos si íbamos a trabajar con los del cártel del Golfo en Reynosa”. Fueron golpeados durante varias horas. Les preguntaron quién estaría dispuesto a trabajar para ellos. “Un cristiano de Guatemala les dijo que no sabía utilizar armas. Le estrellaron la cabeza con un marro”. Más horrores: a un hombre como de 40 años le cortaron los dedos del pie. “A mí no me hicieron nada a cambio de que no dijera que se habían quedado con el dinero que llevaba. A mi primo que había sobrevivido le cortaron un dedo del pie”.

En el lugar había bidones de gasolina. “Nos dijeron que eran para quemarnos”. Como a las seis llegaron varias camionetas de doble cabina. En una de ellas, blanca, venía el jefe. Era un hombre obeso de cabello corto. “Dijo que no nos mataran, que trabajaríamos para ellos”. Los amontonaron en un carro y los llevaron a la carretera, donde había otras ocho camionetas de doble cabina. Los metieron a una casa con dos cuartos. Estaba a la orilla de un pequeño poblado. “Allí nos dijeron que éramos de su propiedad, que si huíamos y nos agarraban, nos matarían”. Les llevaron medicinas, alcohol, agua oxigenada para las heridas. Durmieron amontonados, unos pocos en la única cama y los demás en el suelo.

Habían otros 15 secuestrados trabajando para sus captores. “Nos pusieron a trabajar para ellos. Le hacíamos de halcones. Nos amenazaban con que si nos quejábamos con los militares, nos iría mal. Pasaban helicópteros y soldados. Nos amenazaban de muerte

si no guardábamos silencio”. Los secuestradores les advirtieron que tenían que cuidarse de los militares, de los federales y de los marinos. De los municipales no, les dijeron, pues a ellos les pagaban por su complicidad.

Habían transcurrido cinco días desde que los bajaron del autobús. En compañía de otro secuestrado, El TysonK halconeó, día y noche, desde el monte a un lado de la carretera. Su trabajo consistía en dar aviso de camionetas que viajaran en grupo, “que porque así viajan los del cártel del Golfo”. Trabajaban en jornadas que iban de 24 a 48 horas. Así lo hicieron durante cuatro días. Sus captores les ordenaron abrir un nuevo punto de vigilancia, a 20 minutos del que habían ocupado previamente. “Me pusieron a vigilar, con otro de los secuestrados, para saber si pegado a Reynosa había gente del Golfo. Ya llevábamos nueve días secuestrados. Trabajábamos con miedo, pues sabíamos que si nos agarraban los contrarios, nos matarían”. Les habían dejado un celular para avisar de movimientos sospechosos. Estuvieron trabajando dos días y medio, pero no regresaron por ellos. Discutieron qué hacer. El Tyson pensaba que debían regresar con los secuestradores, pues era un lugar seguro. K creía que era mejor esperar.

Sin comida y agotada la batería del celular, decidieron abandonar el puesto. “Comíamos milpa, y así llegamos a un molino de viento. Salimos a la carretera y en la curva de Los Indios un señor nos dio 50 pesos. Nadie quería levantarnos, hasta que nos subimos a un autobús”. A bordo de éste pasaron un retén y llegaron a San Fernando, en cuya terminal se quedaron. Pidieron un celular y Kllamó a su esposa a Estados Unidos. Ella les mandó dinero. Ya con recursos fueron a una casa de huéspedes. K compró un celular y llamó a su familia para explicarles lo que les había pasado. Habían transcurrido 20 días desde el secuestro.

Al lugar donde se hospedaron llegaron los agentes federales. Les contaron su historia. Primero los trataron como secuestradores y luego como víctimas. Los trasladaron a Ciudad Victoria, luego al Distrito Federal. Ahí, en la SIEDO, K identificó a varios de sus captores. Durante 15 días estuvieron declarando hasta que terminó el papeleo. No tuvieron protección como testigos ni como víctimas. Al concluir la indagatoria, ninguna autoridad los apoyó. “Nos fuimos sin que ni siquiera nos dijeran adiós”.

El relato de K es parte de la misma tragedia del caso de los migrantes rescatados en el municipio de Gustavo Díaz Ordaz. Es lamentable que sigan existiendo los secuestros de migrantes, muchos de los cuales son retenidos con el propósito de exigir rescate o para engrosar las filas de los cárteles. No obstante, gracias al Ejército mexicano, los 165 centroamericanos y mexicanos rescatados no compartieron la suerte de los 193 cadáveres encontrados en las fosas de San Fernando.

Pero es muy probable que hoy, mañana o la próxima semana haya más migrantes secuestrados, luchando y rogando por su vida, sirviendo por fuerza a la delincuencia, golpeados, mutilados, asesinados. Con el rescate de la semana pasada no termina la pesadilla, pues no se trata de un hecho aislado, sino de un flagelo sistemático y continuo.

Hay formas de investigación y recursos de inteligencia que deben aplicarse a fin de recuperar para la libertad y la seguridad los caminos de Tamaulipas. Si no se hace, ese estado, como otros, seguirá siendo escenario silencioso e invisible de una de las más indignantes y dolorosas tragedias del México actual. ¿Hasta cuándo?

http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9183502

Compartir ésta nota:
Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp