El Radar
Por Jesús Aguilar
El INE abrió la puerta y entraron dos nuevos partidos.
Uno llevaba tres actas de nacimiento y dos certificados de defunción.
El otro llegó vestido de rosa, acompañado por exconsejeros electorales, antiguos perredistas, panistas desencantados, priistas desplazados y ciudadanos que alguna vez marcharon para defender al árbitro electoral de los partidos.
Se llaman Partido PAZ y Personas Sumando, la organización que todavía pretende conservar el nombre Somos México.
Los dos cumplieron los requisitos legales.
Los dos tendrán financiamiento público, espacios en radio y televisión, dirigencias nacionales, comités estatales y miles de candidaturas disponibles.
Lo que ninguno ha demostrado todavía es que represente algo verdaderamente nuevo.
PAZ es la tercera encarnación nacional del mismo proyecto que primero fue Encuentro Social y después Encuentro Solidario.
Su historia parece escrita por alguien que se niega a aceptar el último capítulo.
Encuentro Social obtuvo el registro, se alió con Morena en 2018, acompañó el triunfo de Andrés Manuel López Obrador y perdió el registro por no alcanzar el tres por ciento.
Regresó como Encuentro Solidario en 2020.
Volvió a competir.
Volvió a quedarse debajo del tres por ciento.
Volvió a desaparecer.
Ahora reaparece bajo una palabra difícil de cuestionar: paz.
¿Quién podría estar contra ella?
El problema no es el nombre, sino la genealogía.
Detrás permanece una organización de inspiración cristiana, socialmente conservadora, vinculada históricamente con comunidades evangélicas y extraordinariamente pragmática para construir alianzas políticas.
Puede oponerse al aborto y al matrimonio igualitario mientras negocia posiciones con una fuerza que se presenta como izquierda.
Puede defender la familia tradicional y, simultáneamente, acompañar presupuestos, gobiernos o reformas del oficialismo.
No es necesariamente una contradicción.
Es su modelo de negocios políticos.
La identidad moral sirve para reunir militantes. La flexibilidad sirve para negociar poder.
Somos México presenta una contradicción distinta.
Nació de las marchas ciudadanas en defensa del INE, de la Marea Rosa y del rechazo a la concentración de poder de Morena.
Su discurso es liberal, institucionalista y socialmente progresista. Habla de contrapesos, organismos autónomos, derechos de las mujeres, democracia, medio ambiente, salud, juventudes y libertades.
Pero la primera fotografía de su dirigencia se parece menos a una asamblea ciudadana que a una reunión de antiguos profesionales de la política.
Guadalupe Acosta Naranjo fue dirigente nacional del PRD.
Emilio Álvarez Icaza ha sido senador, ombudsman y secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Cecilia Soto fue candidata presidencial y legisladora.
Alrededor aparecen antiguos consejeros electorales, exfuncionarios del INE, experredistas, panistas y priistas que conocen perfectamente los pasillos, las leyes, los presupuestos y las listas plurinominales.
La experiencia no debería ser un pecado.
La simulación sí.
Somos tendrá que demostrar si los políticos experimentados están ayudando a construir un partido ciudadano o si los ciudadanos solamente están ayudando a rehabilitar a políticos experimentados.
La respuesta no estará en sus documentos básicos.
Estará en las candidaturas.
Cuando se publiquen sus listas sabremos si el nuevo partido abrió las puertas a liderazgos comunitarios, académicos, jóvenes, empresarios, defensores de derechos humanos y ciudadanos sin militancia, o si se convirtió en una sala de espera para quienes ya no encontraron candidatura en el PAN, el PRI, el PRD o Movimiento Ciudadano.
Ahí se medirá la novedad.
No en el logotipo.
No en el color.
No en el discurso.
En los nombres.
Los dos partidos enfrentarán además una regla determinante: deberán competir solos en su primera elección.
No podrán esconder su debilidad dentro de una coalición.
No podrán recibir votos prestados de una candidatura presidencial.
No podrán subirse a la estructura de un partido mayoritario.
Tendrán que obtener por sí mismos al menos tres por ciento de la votación para conservar el registro.
La barrera parece pequeña hasta que se cuentan los votos.
Encuentro Social obtuvo 2.50 por ciento en diputaciones federales en 2018.
Encuentro Solidario alcanzó 2.85 por ciento en 2021.
Murieron a unos cuantos pasos de la puerta.
En política electoral, sin embargo, casi llegar equivale a no llegar.
La existencia de PAZ y Somos modifica desde ahora la elección de 2027, incluso si después desaparecen.
Cada uno podrá presentar candidatos a diputados federales, diputaciones locales, presidencias municipales y gubernaturas.
Cada candidatura recogerá votos.
Cada voto que se desprenda de otro partido puede alterar el resultado de un distrito, impedir una mayoría municipal o modificar la distribución de las diputaciones plurinominales.
Los partidos pequeños no necesitan ganar para resultar decisivos.
A veces basta con quitarle cuatro puntos al segundo lugar.
Y San Luis Potosí es un territorio especialmente sensible.
El estado llegará a 2027 con una disputa que difícilmente será convencional.
El Partido Verde pretende conservar la gubernatura y ha construido alrededor del gobernador Ricardo Gallardo una maquinaria territorial, administrativa, electoral y comunicacional mucho más poderosa que la de cualquier otro partido en la entidad.
Morena deberá decidir si acepta nuevamente el liderazgo verde o intenta construir una candidatura propia.
El PAN busca sobrevivir a sus divisiones.
El PRI conserva operadores y alcaldías, pero carga el desgaste de una marca nacional debilitada.
Movimiento Ciudadano intenta crecer sin entregar completamente su identidad a los personajes que se incorporan.
Y alrededor de Enrique Galindo se construye la posibilidad de una candidatura opositora con fortaleza en la capital, pero con el desafío de convertirse en una propuesta verdaderamente estatal.
En medio de esa pelea aparecerán dos nuevas ventanillas para repartir candidaturas.
PAZ puede recoger antiguos integrantes de Encuentro Solidario, organizaciones religiosas, sectores conservadores del PAN y operadores que queden fuera de Morena o del Verde.
Su discurso puede encontrar eco en comunidades donde las iglesias conservan capacidad de organización y donde la política partidista tradicional ha perdido credibilidad.
Pero PAZ carga en San Luis Potosí un antecedente particularmente incómodo.
Encuentro Solidario San Luis Potosí compitió apenas en 2024, obtuvo poco más de dos por ciento de la votación para diputaciones locales, perdió su registro y actualmente se encuentra en liquidación.
La marca murió localmente mientras su familia política preparaba otro nacimiento nacional.
PAZ no llega a una tierra virgen.
Llega al lugar donde su antecedente acaba de fracasar.
Tendrá que demostrar si posee nuevos liderazgos o si simplemente volverá a registrar a los mismos operadores, cambiar el letrero de la oficina y esperar un resultado distinto.
Somos enfrenta otro desafío.
En San Luis Potosí ya tiene una coordinación identificable, encabezada públicamente por Ricardo Meade Villarreal y acompañada por Laura Quintana Valladares y Antonio Valerio Campos.
Realizó asambleas en los siete distritos federales y ha anunciado que pretende contender por todos los cargos, incluida la gubernatura.
Su mercado electoral parece estar principalmente en la zona metropolitana.
Puede atraer a ciudadanos que participaron en la Marea Rosa, electores de clase media, antiguos votantes del PRD, panistas liberales, empresarios inconformes, académicos, organizaciones civiles y personas que rechazan tanto al gallardismo como a Morena, pero que tampoco desean regresar al PRI.
Ese espacio existe.
La pregunta es cuánto mide.
Somos puede convertirse en una alternativa opositora moderna o en un competidor directo de la misma oposición que afirma querer fortalecer.
Si Enrique Galindo encabeza una candidatura competitiva contra el Verde, una candidatura de Somos a la gubernatura podría quitarle votos precisamente entre los sectores urbanos, institucionalistas y antigallardistas que necesitaría para crecer fuera de la estructura tradicional del PAN y del PRI.
La paradoja sería perfecta.
Un partido nacido para contener la concentración del poder nacional podría terminar ayudando a conservar la concentración del poder estatal.
No porque exista necesariamente un acuerdo oculto.
La aritmética no necesita conspiraciones.
Si el voto contrario al gobierno se divide entre PAN, PRI, Movimiento Ciudadano, Somos y alguna candidatura adicional, la estructura más fuerte puede ganar con una proporción menor del electorado.
El gallardismo no requiere convencer a todos.
Le basta con impedir que sus adversarios se concentren alrededor de una sola opción.
PAZ también puede fragmentar, aunque en direcciones distintas.
Podría quitarle votos conservadores al PAN, pero también captar electores populares de Morena y del Verde que comparten valores religiosos tradicionales.
Puede reclutar a aspirantes excluidos del oficialismo, postularlos por separado y después, si obtiene representación legislativa, convertirse en una fuerza negociadora cercana al gobierno.
Primero competir solo.
Después votar acompañado.
Eso ya forma parte de su historia.
La verdadera disputa de los próximos meses no será ideológica.
Será por los candidatos.
Los dos nuevos partidos saldrán a buscar empresarios con recursos, alcaldes sin espacio, diputados inconformes, liderazgos regionales, comunicadores con reconocimiento, dirigentes sociales y aspirantes que no ganen las encuestas internas de Morena, el Verde, el PAN o Movimiento Ciudadano.
En algunos municipios serán alternativas.
En otros serán refugios.
Y en varios podrían convertirse simplemente en vehículos de renta electoral: partidos con registro buscando candidatos con dinero y candidatos con dinero buscando partidos con registro.
Por eso la pregunta no es si México necesitaba más partidos.
Una democracia puede admitir nuevas expresiones y permitir que los ciudadanos intenten organizarse.
La pregunta es si necesitábamos más organizaciones políticas construidas con los restos de las anteriores.
San Luis Potosí será una prueba privilegiada.
PAZ deberá explicar por qué será diferente al Encuentro Solidario que acaba de desaparecer.
Somos tendrá que demostrar que representa ciudadanos y no únicamente exdirigentes.
Ambos deberán transparentar quién los financia, cómo elegirán a sus candidatos, qué intereses los acompañan y qué harán después de la elección.
Porque en 2027 los potosinos no solamente elegirán gobernador, ayuntamientos y diputados.
También decidirán si estas nuevas siglas ampliaron la representación o solamente hicieron más pedazos la boleta.
PAZ y Somos necesitan tres por ciento para sobrevivir.
San Luis Potosí necesita saber quién se quedará con el otro noventa y siete.
Y, sobre todo, quién terminará gobernando gracias a la fragmentación.







